por Marie-Lucile Kubacki
Biškek (Agencia Fides) - Hoy, 29 de septiembre, el cardenal Giorgio Marengo impone las manos sobre la cabeza del padre Anthony Corcoran, jesuita de origen estadounidense, para consagrarlo obispo. De este modo, queda confirmado, por el sacramento de la sucesión apostólica, en una misión que le fue encomendada hace casi una década por el Papa Francisco cuando lo nombro Administrador apostólico del Kirguistán para ser pastor de unos pocos cientos de católicos dispersos en este país de Asia Central de mayoría musulmana.
Ante la pregunta sobre cómo ha llegado hasta allí, sonríe antes de responder. «Me encanta esta pregunta: ¿cómo ha conseguido un chico de Texas convertirse en obispo de Kirguistán? Solo puede explicarse por el misterio de la Providencia de Dios. Creo que cada paso que damos forma parte de un plan más amplio para nuestra vida. Cuando tratamos de decirle que sí y de ponernos en sus manos, Él nos guía hacia el paso siguiente», cuenta a la Agencia Fides con la que se ha reunido durante los días del curso de formación para nuevos obispos organizado por el Dicasterio para la Evangelización.
En realidad, aquel chico de Texas nació en Arizona, el 19 de abril de 1963, en Tucson. Según los perfiles publicados por la diócesis de Tucson, sus dos padres procedían de Bisbee, en el condado de Cochise, y dos de sus abuelos eran también hijos del sur de Arizona. Fue bautizado en la iglesia de San Andrés, en Sierra Vista, antes de que la familia se trasladara a Texas durante su infancia.
En los recuerdos familiares que compartió en una entrevista anterior publicada por la diócesis, la fe formaba parte del tejido de la vida cotidiana y estaba estrechamente vinculada a una comunidad integrada por personas de diferentes orígenes y confesiones. Uno de los primeros testimonios concretos de esa fe fue el mejor amigo de su padre, un católico polaco-estadounidense practicante. Corcoran recuerda también la admiración de sus padres por sus vecinos mexicanos católicos: no por cumplir una idea abstracta de convivencia, sino porque reconocían la generosidad y la dignidad con las que aquellos vecinos vivían su fe.
Aquella experiencia temprana de una zona fronteriza plural y acogedora permanecería con él. Sin embargo, el sacerdocio no estaba entre sus planes, al menos al principio. «Había emprendido unos estudios que no tenían nada que ver con el sacerdocio», recuerda a Fides. «Estudiaba en una universidad en la que daban clase los jesuitas y allí conocí a los jesuitas. No me consideré jesuita hasta el final de mis estudios, cuando nos invitaron a hacer los Ejercicios Espirituales. Me enamoré de Ignacio, de los Ejercicios y de la idea de ser misionero».
En Siberia, después de la caída de la URSS
Anthony Corcoran ingresó en la Compañía de Jesús en Grand Coteau, Luisiana, en 1985. Detrás de aquella decisión había algo más antiguo, algo que había aprendido de rodillas cuando era niño. «De allí pasé al noviciado. Siempre había soñado con ser misionero. De pequeños rezábamos cada día tres Avemarías por la conversión de Rusia, tal como había pedido la Virgen de Fátima. Creo que eso permitió a María entrar en mi corazón y en mi alma y prepararme para llegar hasta aquellas personas».
Estudió Ciencias Políticas en la Universidad Marquette y posteriormente cursó un máster en Desarrollo Político y Económico Internacional en Fordham. Más tarde obtuvo la licenciatura y el doctorado en Teología Sagrada en la Weston Jesuit School of Theology. Fue ordenado sacerdote el 8 de junio de 1996 en el Spring Hill College de Mobile, Alabama. Para entonces, la historia había respondido ya, a su manera, a aquella oración de infancia. «Cuando estaba preparado para la ordenación sacerdotal, la Unión Soviética acababa de derrumbarse y san Juan Pablo II había pedido que algunos sacerdotes fueran a aquella región. Mi comunidad me envió a Rusia, inicialmente a Siberia. Allí conocí Kirguistán y, posteriormente, fui destinado allí», cuenta a Fides.
Pasó más de veinte años en Rusia, primero como vicario general en Novosibirsk y después como superior mayor de la Región rusa de los jesuitas en Moscú, donde emitió los votos perpetuos en 2002. En 2017, el Papa Francisco lo nombró administrador apostólico de Kirguistán.
Al mirar hoy todo el camino recorrido, rechaza las explicaciones demasiado sencillas. «Claro que sí», afirma. «Todo es obra de la Providencia de Dios: cuando tratamos de decir que sí a un paso, por imperfectamente que lo hagamos, ese paso nos lleva a algún lugar. Para nosotros no es tan importante saber exactamente dónde ni cómo. Lo que importa es saber con quién: con Dios. Así es como llegué a Kirguistán».
Junto a la frontera con China
En Kirguistán, un país de más de siete millones de habitantes que limita con China, los católicos son apenas unos cientos, explica Corcoran. El Papa Francisco encontró una expresión acertada para describir esta realidad. «La Iglesia en Kirguistán es encantadora», dice el padre Corcoran a Fides. «Es diminuta. El Papa Francisco llamó “brote” a la Iglesia de Asia Central y Mongolia. Porque somos un pequeño rebaño».
El brote entre los deportados
Su historia comenzó en el exilio. «Durante la guerra, Joseph Stalin deportó a sus familias a Asia Central y Siberia. Nosotros hemos trabajado sobre todo con sus hijos y nietos desde el final de la Unión Soviética». Sin embargo, apenas la comunidad había conseguido recuperar un punto de apoyo, comenzó a reducirse. «La inmensa mayoría de estas personas emigró al extranjero. No es exagerado decir que quizá el 98 o el 99 por ciento de nuestra población católica se ha marchado. Esperamos que, si Dios quiere, las bases que recibieron en la fe les permitan llevarlas consigo a otros lugares. He oído decir a las parroquias a las que se trasladaron -en Alemania, en Rusia- que las personas procedentes de Kirguistán eran a menudo muy devotas. Formaba parte del plan de Dios».
Lo que queda es muy poco, en todos los sentidos, y él no trata de ocultarlo. Nueve sacerdotes atienden actualmente a todo el país. Las oraciones se hacen principalmente en ruso; algunos sacerdotes, incluido él mismo, están aprendiendo kirguís. Algunos jóvenes de etnia kirguisa participan ahora en la Misa, junto a la comunidad diversa que permanece en el país.
Y, sin embargo, Corcoran habla de ello con alegría. «Es un hermoso testimonio de esperanza: que Jesús tenga aquí su Iglesia, allí donde Él quiere que esté. Quizá sea para la próxima generación o, si somos fieles, quizá veamos ya sus frutos en esta generación. Es obra suya. Como obispo, entiendo que a veces la gente dice que yo soy el jefe, pero en realidad espero ser un fiel colaborador a su lado. Así entendemos nuestra pequeña comunidad».
Tierras y pueblos unidos por la Ruta de la Seda
Habla de los kirguises con la atención de quien ha pasado años observando a un pueblo desde dentro, con fe y una gran sensibilidad. «La historia del pueblo kirguís es breve en comparación con la de muchas otras culturas del mundo, pero sin duda tiene un fuerte sentido de su propia identidad, de la dignidad que esa identidad encierra y del orgullo que de ella se deriva, en el buen sentido. Al mismo tiempo, gracias a su cultura, son bastante abiertos hacia otros pueblos. Esta era la región de la Ruta de la Seda, y la propia Ruta de la Seda fue posible, en parte, gracias a pueblos como el kirguís. Alguien señaló con gran lucidez que, por lo general, a los kirguises no les gusta el fanatismo. Afrontan la vida tal como viene, atentos a cómo se manifiesta la naturaleza, a cómo actúa Dios y a cómo son sus familias. Creo que son virtudes naturales que Dios concede a un pueblo y que este desarrolla para construir su sociedad y para encontrarse con Dios del modo en que Él quiere».
De manera espontánea, vuelve a una enseñanza de sus años en una escuela católica. «Cuando era niño y estudiaba en una escuela católica, nos enseñaban que una virtud es como un músculo: un don de Dios. Sin ella, no podríamos hacer nada, no podríamos movernos. Pero después depende casi por completo de nosotros desarrollarla cada día. Un músculo crece con mayor eficacia cuando existe una fuerza contraria que se le opone; incluso puede debilitarse para después fortalecerse de nuevo. Eso es lo que veo en los kirguises y en los pueblos de Asia Central: hospitalidad, apertura y, al mismo tiempo, un fuerte sentido de quiénes son y de su identidad. Es un rasgo característico de la gente de aquí».
Pertenecer a Cristo, perteneciendo a su pueblo
Convertirse en su obispo, explica, no es un título que le haya conferido ninguna comunidad. Es algo completamente distinto. «La llamada al sacerdocio, o al episcopado, viene del propio Jesucristo», asegura. «No es algo que nos dé una comunidad. Sin embargo, como ocurre con toda espiritualidad que se encarna, la espiritualidad propia del ser obispo se encarna en personas concretas, en un momento concreto y en circunstancias concretas. Dios lo sabe. Él lo sabe todo y decide hacer que las cosas encajen. Cuando Dios elige al obispo, también elige a las personas; la relación queda sellada en su amor por ellas y en su bondad. Todos pertenecemos a Jesucristo, y creo que esto se hace realidad de manera concreta: pertenecemos a Él a través de personas concretas, lugares concretos y momentos concretos. Como Él mismo dice, es Él quien nos ha llamado; no hemos sido nosotros quienes lo hemos llamado a Él».
Todos los nombres de su pequeño rebaño
No es solo una afirmación: es algo que ha experimentado personalmente. Recientemente ha obtenido la ciudadanía kirguisa y ahora es ciudadano del país. «Ser obispo lo hace aún más real. Uno se compromete por completo. Por eso, obtener la ciudadanía me parece algo completamente natural. El destino del rebaño es mi destino. Nunca seré uno de ellos de nacimiento, pero puedo hacer mío todo lo que les pertenece y, con suerte, llegar a ser uno de ellos, de manera que ellos estén en mi corazón». Ha conocido parroquias abarrotadas. Ahora conoce a casi todos por su nombre.
«Cuando fui ordenado sacerdote por primera vez, todavía en Estados Unidos, mientras terminaba mi preparación para ir a Rusia, estaba en una parroquia con cientos y cientos de personas, a veces con varias Misas al mismo tiempo. Ahora, llegar a un lugar donde hay unos pocos cientos de católicos resulta realmente conmovedor». Corcoran explica que interpretó la decisión del Papa León XIV como una señal de que, aunque allí sean muy pocos, también ellos deben tener su propio pastor, un obispo.
La oportunidad de ser pequeños
«Para mí es muy conmovedor conocer personalmente a casi todos los católicos y formar parte de sus vidas. Naturalmente, rezamos para que las personas se acerquen a Jesucristo y la Iglesia crezca». Para él, ser pocos no es un problema que haya que resolver. Es una de las formas que la misión ha adoptado siempre.
«Ser misionero y ser de ese lugar, aunque no hayas nacido allí ni seas autóctono, pero con la esperanza de estar arraigado, significa ser misionero como siempre, como todos aquellos que son misioneros, incluso cuando permanecen en la ciudad donde han nacido. Porque la misión no se limita al territorio o a la geografía, aunque también estas realidades forman parte del lugar en el que se encarna. La misión tiene que ver con el territorio de los corazones, las mentes y las almas.
Durante nuestra visita ‘ad limina’, y en otras ocasiones, el Papa Francisco repetía que, para Dios, lo pequeño no es un problema, sino una posibilidad, una oportunidad. Pensemos en la primera comunidad de Belén: ¡qué pocos eran y qué preciosos! Su plan está ahí, para cada persona, lo conozca o crea en Él o llegue un día a encontrarse ante Él y tenga que conocerlo, amarlo y compartirlo. Para mí, formar parte de una comunidad pequeña es una verdadera alegría y una consolación, pero también un desafío. Algún día, ojalá nuestra Iglesia sea más grande y haya más personas. Y, al mismo tiempo, que permanezca este núcleo que está aquí ahora. Dios actúa a través de su pequeño resto».
El pequeño resto
Dos recuerdos sostienen todo lo que piensa y cree sobre ese pequeño resto. El primero es reciente y cabe en la palma de una mano.
«Hay una historia que me encanta», recuerda con una sonrisa. «Un viernes, en una pequeña ciudad donde me encontraba, un muchacho salió de la mezquita. Yo iba vestido de sacerdote. Evidentemente, había oído hablar de nosotros en la escuela. Llevaba una gorra. Se acercó, me miró con total inocencia, curiosidad y verdadero respeto, y me dijo: “Tú eres un seguidor de Cristo”. No hablaba ruso y no conocía en kirguís la palabra “discípulo”. Creo que simplemente tenía curiosidad, como si nunca hubiera conocido a uno o nunca se le hubiera ocurrido preguntárselo a alguien. Recuerdo que me emocioné mucho y pensé: qué gracia poder responder que sí. Qué gracia que las personas puedan acercarse a nosotros y mirarnos con curiosidad, escepticismo o esperanza. Pero ¿qué palabras más grandes podríamos escuchar y dejar que llegaran hasta nuestro corazón que estas: “¿Eres un seguidor de Cristo?” Espero que, durante toda mi vida, pueda ser reconocido como una persona, como un seguidor de Cristo».
En una señal de la cruz, toda la fe recibida de las abuelas deportadas
El segundo recuerdo es mucho más antiguo y se remonta a antes incluso de que pisara Kirguistán.
«En los años noventa, cuando llegué por primera vez a Siberia, a veces visitaba Asia Central. Siempre me impresionaba encontrar personas que se definían como católicas. Las abuelas, las ‘babushkas’, habían sido detenidas en 1937, en 1941, y enviadas a Siberia y Asia Central. En gran medida, por Providencia, así es como hoy existe la Iglesia como estructura. Recuerdo haber conocido a personas que nunca habían visto a un sacerdote, pero estaban firmemente convencidas de que eran católicas. Les preguntaba: ¿qué significa ser católico si nunca habéis ido a Misa y no habéis recibido ningún sacramento aparte del Bautismo? Algunas habían sido bautizadas por sus abuelas. Les preguntaba: “¿Qué sabéis de lo que significa ser católico? ¿Cómo habéis conservado vuestra fe?”. Había tres cosas que tenían en común, aunque las respuestas fueran tan diversas como las propias personas. Una de ellas puede parecer muy sencilla: sabían hacerse la señal de la cruz, igual que nosotros. Me la mostraban con tanta devoción que todavía hoy me conmueve recordarlo».
Hoy, 29 de septiembre, con estas imágenes profundamente grabadas en el alma, Anthony Corcoran vuelve a decir «sí». (Agencia Fides 29/9/2026)