VaticaMedia
Por Marie-Lucile Kubacki
París (Agencia Fides) – El 26 de septiembre, una marea humana de 800.000 personas se extendió por los Campos Elíseos para participar en la Misa del Papa en la Plaza de la Concordia. Una afluencia excepcional, a la que habría que sumar a quienes siguieron la celebración por televisión.
¿Es realmente tan paradójica esta Francia a la que se aplica sistemáticamente el adjetivo «secularizada»?
Si atendemos a la etimología de para-doxa («contrario al pensamiento común»), uno de los grandes méritos del viaje del Papa León XIV al Hexágono ha sido precisamente poner en cuestión algunos lugares comunes y frases hechas.
¿Qué buscaban aquellas 800.000 personas, más allá de la experiencia de participar en un momento histórico?
Tal vez una respuesta pueda encontrarse en la visita que precedió a aquella gran celebración.
¿Qué buscaban aquellas 800.000 personas, más allá de la experiencia de participar en un momento histórico?
Tal vez una respuesta pueda encontrarse en la visita que ha precedido a esta gran celebración.
Las vidas “miradas” de Maison Bakhita
Durante la mañana, León XIV ha visitado Maison Bakhita, un centro de acogida de la diócesis de París abierto a personas exiliadas, migrantes y refugiadas. También han estado presentes otras asociaciones, como Aux captifs, la libération, que acompaña a personas sin hogar y a personas que ejercen la prostitución, y À Bras Ouverts, que acompaña a niños, adolescentes y jóvenes adultos con discapacidad intelectual o psíquica.
Tres personas acompañadas por estas asociaciones han compartido con gran sencillez sus historias. Meysam, afgano de 35 años y sastre, que ha llegado a Francia en 2015, se ha mostrado feliz de poder colaborar ahora como voluntario, «feliz de formar a las mujeres», porque en su país «no tienen derecho a formarse ni a trabajar». Con mucha discreción, ha reconocido que ha caído «varias veces en la desesperación». «Lo que quiero contar con mi testimonio -ha subrayado- es que en la vida nunca hay que rendirse. Cada vez que estaba a punto de abandonar, siempre encontraba a alguien que me tendía la mano y me permitía seguir adelante, a pesar de todo. En farsi hay una expresión que significa: “Todo pasa”».
Después ha tomado la palabra Lise-Marie, de 30 años, que tiene síndrome de Down. Ha contado que le gusta «cocinar, sobre todo preparar tarta de chocolate y champiñones con Boursin para el aperitivo», pero también «rezar, participar en la adoración al Santísimo Sacramento y confesarme». «Me ha gustado venir a la vigilia de las Jornadas Mundiales de la Juventud, donde hemos dormido bajo las estrellas después de la adoración. Estaba feliz de encontrarme con el Papa Francisco. Hoy estoy contenta de poder hablar de À Bras Ouverts ante el Papa», ha afirmado, de pie frente a León XIV.
El rostro de la última testigo, Blessing, de 31 años, no ha sido grabado para no poner en riesgo su seguridad. «Me obligaron a hacer cosas que no quería hacer -ha confiado-. Me gustaría contarles más, pero para mí es difícil hablar de aquel periodo. Esa no era la vida que yo quería, y conocer a la asociación me ha permitido darme cuenta de que mi vida podía ser diferente». Después ha añadido: «Recuerdo que me fui unos días al campo con Les Captifs. El objetivo era reflexionar sobre el lugar que ocupan las personas acogidas dentro de la asociación. Tuve la suerte de participar en esa reflexión; sentí que mis ideas contaban, que se me escuchaba». Cada uno de estos testimonios, y de manera especial el de Blessing, evoca las palabras de Bernadette en Lourdes, donde el Papa ha acudido al final de la tarde. Al hablar de la Virgen que se le había aparecido, Bernadette dijo: «Me miró como a una persona».
Una Iglesia que está siempre empezando
Detrás de las barreras de seguridad de los Campos Elíseos, por las calles de París y ante las pantallas de televisión, se ha manifestado un mismo deseo: ser mirados como personas y vivir un momento de comunión.
A ese deseo ha respondido el Papa en su homilía, afirmando: «Sí, hermanos y hermanas: Jesucristo, el Buen Pastor, nos conduce, como el pastor guía a sus ovejas, hacia la fuente de la felicidad y la paz. Él conoce a cada uno y cada una de nosotros por nuestro nombre. Ninguno de nuestros secretos, de nuestras intenciones, de nuestras debilidades se le escapa. Él escruta las profundidades de nuestro corazón. Él dio su vida por nosotros y sigue entregándola a través de los sacramentos. Lleva sobre sus hombros a las ovejas cansadas o heridas, y trae de regreso con delicadeza a las que se han descarriado. Jesús revela el amor incondicional de Dios por nosotros. Para Él, ninguno de nosotros es un número en una identificación, ni un número de serie, sino una persona, una persona única e insustituible.»
El Papa ha retomado esta misma mirada al dirigirse a los catecúmenos y neófitos en el Institut Catholique de Paris. No les ha hablado como de una categoría sociológica, sino como de personas sedientas de gracia y deseosas de encontrar la felicidad. Ha recordado también la llamada a una Iglesia «en estado de iniciación», siempre dispuesta a acoger y acompañar a quienes emprenden o retoman su camino de fe. Si «todo pasa», como dice Meysam, permanece la sed de lo esencial: una mano tendida, una mirada que reconoce a cada persona y la promesa de Cristo que el Papa ha venido a recordar: nadie está nunca solo ni olvidado.
(Agencia Fides 27/9/2026)