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Por Marie-Lucile Kubacki
Los días 25 y 26 de septiembre, León XIV viajará a París y Saint-Denis, primeras etapas de un viaje por Francia que le llevará también a Lourdes y Metz. Durante estas dos jornadas, su recorrido permitirá pasar por distintos momentos de la historia cristiana de la capital.
Desde las tradiciones ligadas a Denis, su primer obispo, hasta los nuevos rostros de las comunidades de bautizados; desde los lugares de estudio hasta las casas de acogida, en París vuelve a plantearse, siglos después, la misma pregunta: ¿cómo anunciar el Evangelio en un mundo que cambia? También aquí la misión tiene su propia geografía, visible tanto en las piedras como en las vidas de las personas.
Tras las huellas legendarias de san Denis
Durante el encuentro con el pueblo de París, el viernes por la tarde, el Papa recorrerá en papamóvil los 2,5 kilómetros que separan la iglesia de Notre-Dame-des-Champs de la plaza Saint-Michel. Un verdadero viaje hasta los orígenes de la evangelización de París.
La historia recogida por la parroquia relaciona el nombre de Notre-Dame-des-Champs con un santuario desaparecido hace tiempo, situado en el entorno de la actual rue Pierre-Nicole. La tradición sitúa allí las predicaciones de san Denis a los habitantes de Lutecia y conserva también el recuerdo de otro nombre: Notre-Dame-des-Vignes. Cuesta imaginar, en medio del actual entramado urbano, aquellos espacios abiertos y aquellos viñedos a las puertas de las casas. La leyenda sitúa allí el comienzo de una historia que habría de marcar profundamente a París.
Aunque la figura de Denis fue ampliamente exaltada en la 'Leyenda Dorada', no pertenece únicamente al terreno de los relatos legendarios. A finales del siglo VI, Gregorio de Tours lo presenta como uno de los obispos enviados a evangelizar la Galia y relata su martirio durante las persecuciones romanas. Esta fuente, escrita varios siglos después de los hechos, debe distinguirse de los datos arqueológicos, que ponen de manifiesto la antigüedad del lugar funerario y del santuario de Saint-Denis, aunque no permitan confirmar todos los episodios de su vida.
En el centro de esta memoria permanece la figura de un obispo misionero. Una «misión ad gentes» en los albores del cristianismo parisino.
El antiguo priorato de Notre-Dame-des-Champs, convertido después en Carmelo, fue demolido durante la Revolución. La iglesia actual, construida a partir de 1867 en el boulevard du Montparnasse, recuperó aquel nombre. El contexto era ya otro. Ya no se trataba de anunciar el Evangelio a los habitantes de la antigua Lutecia, sino de abrirle un espacio en el París del siglo XIX, una ciudad inmersa en profundas transformaciones.
No muy lejos, en la rue de Vaugirard, aparece otro capítulo de la historia de la misión: el del Instituto Católico de París, fundado en 1875 en el antiguo convento de los Carmelitas gracias a la ley Laboulaye sobre la libertad de la enseñanza superior.
En la explicación de su escudo histórico, el Instituto recuerda que san Denis aparece junto a la Virgen y santa Catalina de Alejandría. El primer obispo de París ocupa así un lugar en una institución dedicada al estudio: otra manera de plantear, dentro de este recorrido, cómo se transmite la fe.
León XIV acudirá allí a la mañana siguiente para encontrarse con los miembros de la Asamblea Sinodal Provincial, los catecúmenos y los neófitos. El conocimiento y la experiencia de la fe se encontrarán así con quienes dan sus primeros pasos en ella. El viernes, el recorrido público terminará en la plaza Saint-Michel, a los pies de la fuente levantada entre 1858 y 1860 en el París de Haussmann. Napoleón I podría haber ocupado el nicho central; finalmente, fue allí donde se colocó el arcángel Miguel derrotando al demonio, imagen de la lucha entre el Bien y el Mal. Desde la memoria de los primeros evangelizadores hasta los debates sobre el papel de los católicos en la sociedad moderna, el barrio ofrece así un pequeño recorrido por la historia que termina ante la figura de un ángel.
Notre-Dame: la que volvió a levantarse
Será en Notre-Dame donde León XIV presidirá las vísperas con los obispos, sacerdotes, diáconos, personas consagradas y seminaristas de Francia.
Pocos lugares reúnen como esta catedral la memoria de Francia y la de la Iglesia. La novela de Victor Hugo hizo de ella un monumento conocido en todo el mundo, y por sus puertas pasan tanto los fieles como quienes buscan belleza, silencio o simplemente un poco de frescor. Se entra para rezar, para encender una vela votiva, para levantar la mirada. Y a veces, sencillamente, para quedarse un rato.
La historia que guardan sus bóvedas es muy anterior a la construcción gótica iniciada en el siglo XII. La antigua iglesia de Saint-Étienne y el baptisterio de Saint-Jean-le-Rond formaban parte de un complejo religioso anterior a la catedral actual. La cronología y la disposición de aquellos primeros edificios siguen siendo, sin embargo, objeto de debate entre los investigadores. Las piedras aún guardan secretos por descubrir. El propio edificio gótico conserva huellas de esa historia más antigua, especialmente en las esculturas del siglo XII reutilizadas en la portada de Santa Ana. Después llegarían las ampliaciones, las capillas, las fachadas del transepto, las decoraciones y los relicarios. También el culto a san Marcelo, antiguo obispo de París, fue enriqueciendo la memoria de la catedral.
No lejos de allí, san Luis hizo levantar la Sainte-Chapelle para custodiar las reliquias de la Pasión, entre ellas la Corona de espinas. Esta, junto con un fragmento de la madera de la Cruz y un Clavo de la Pasión, se conserva hoy en Notre-Dame.
A esta catedral llegará León XIV para rezar después de las destrucciones de la Revolución, las restauraciones y el incendio de 2019. Una catedral que ha vuelto a levantarse dos veces y cuya fuerza no reside únicamente en todo lo que ha vivido, sino también en lo que sigue sucediendo entre sus muros.
Durante las vísperas del 12 de septiembre de 2008, Benedicto XVI recordó allí la conversión de Paul Claudel y evocó aquel «teatro de conversiones menos conocidas, pero no por ello menos reales», aquel «púlpito donde predicadores del Evangelio, como los padres Lacordaire, Monsabré y Samson, supieron transmitir la llama de su pasión a uno de los públicos más heterogéneos».
Más allá del monumento, Notre-Dame es también un lugar en el que las personas cambian el rumbo de sus vidas. Y, para un catolicismo francés sometido a tantas crisis, representa la imagen de una historia que todavía tiene mucho que decir.
Bakhita: la misión en la ciudad
El sábado por la mañana, León XIV acudirá a la Maison Bakhita, en el XVIII distrito, un lugar dedicado al acompañamiento y la integración de personas exiliadas. Allí la misión adquirirá otro rostro: el de la acogida, el encuentro y la paciencia de cada día.
La Maison lleva el nombre de Joséphine Bakhita, la mujer sudanesa que fue esclavizada, torturada y vendida y que más tarde se hizo religiosa en Italia, antes de ser canonizada por Juan Pablo II el 1 de octubre de 2000. La iniciativa quiere responder al llamamiento lanzado por el Papa Francisco en 2017: «acoger, proteger, promover e integrar» a las personas en exilio. Cuatro verbos que convierten la acogida evangélica del extranjero en una tarea concreta.
En Francia, la novela que Véronique Olmi le dedicó en 2017 contribuyó a dar a conocer a Bakhita mucho más allá de los círculos católicos. Diez años antes, Benedicto XVI había convertido su historia en una de las figuras centrales de su encíclica ‘Spe salvi’, dedicada a la esperanza cristiana. En su encuentro con Dios, escribía, Bakhita había descubierto «no solo la pequeña esperanza de encontrar amos menos crueles, sino la gran esperanza: soy definitivamente amada y, pase lo que pase, soy esperada por este Amor» (Spe salvi, § 3). Y añadía: «Gracias al conocimiento de esta esperanza, estaba “redimida”, ya no se sentía esclava, sino hija libre de Dios».
Benedicto XVI destacaba asimismo el alcance misionero de esta experiencia: «Sentía el deber de difundir la liberación que había obtenido mediante el encuentro con el Dios de Jesucristo» (Spe salvi, § 3). Una esperanza recibida que se convierte también en algo que compartir ilumina la etapa parisina del Papa León XIV. Ante las divisiones que provoca la acogida de los migrantes, también dentro de las comunidades cristianas, la Maison Bakhita propone comenzar por algo tan sencillo como encontrarse.
Saint-Denis: raíces y alas
Durante el fin de semana, más de 80.000 jóvenes de entre 17 y 35 años están llamados a reunirse en el Stade de France para una vigilia de oración con León XIV. En Saint-Denis, el recorrido volverá al nombre con el que comenzó. El círculo será simbólico, no geográfico: el de una memoria misionera.
Según la leyenda, Denis, decapitado en Montmartre, recogió su propia cabeza y caminó hacia el norte hasta el lugar donde sería enterrado, en la actual Saint-Denis. Alrededor de esa tumba surgió la basílica, convertida posteriormente en necrópolis de los reyes de Francia. También aquí las piedras tendrían mucho que contar.
Carlomagno asistió a la consagración de la iglesia carolingia por el abad Fulrad el 24 de febrero de 775. En el siglo XIII, san Luis acudió allí para recibir los atributos del peregrino antes de partir para la cruzada. En septiembre de 1429, Juana de Arco depositó allí su armadura después del fracaso del asalto a París, entonces en manos de los anglo-borgoñones. Gestos de confianza, pero también momentos de prueba: la memoria cristiana no está hecha únicamente de victorias.
Esta historia puede parecer lejana a algunos de los jóvenes reunidos en el estadio. No todos habrán crecido con los mismos relatos. Otras tradiciones familiares, otras lenguas y otros caminos espirituales darán forma a su manera de rezar. Pero recibir una herencia no significa reproducirla en todo. También significa darle rostros nuevos.
La diócesis de Saint-Denis ofrece un ejemplo concreto: ha puesto a la venta gorras y tejidos 'wax' para contribuir a financiar la visita pontificia. La iniciativa da a los preparativos un aire festivo y lleno de color. También puede leerse como expresión de una Iglesia popular, donde la fe se transmite sin borrar la diversidad de las distintas pertenencias.
Desde el recuerdo de la antigua Lutecia hasta las gradas del Stade de France, desde las piedras restauradas de Notre-Dame hasta la acogida de la Maison Bakhita, estas etapas no representan tanto un regreso a los orígenes como una manera de prolongar aquella historia. La misión aparece aquí en un doble movimiento: acoger una herencia y salir al encuentro de nuevas realidades, dejándose llevar por las sorpresas del Espíritu Santo, como recordaba a menudo el Papa Francisco.
El itinerario de León XIV puede leerse desde esta perspectiva: el futuro de los cristianos de Francia no se prepara ni refugiándose en la nostalgia ni olvidando el pasado. Necesita raíces, hundidas en la larga historia de los mártires, los reyes y los pobres. Pero necesita también alas para llegar a vidas y mundos nuevos. Entre fidelidad y audacia, la misión sigue adelante.
(Agencia Fides 18/9/2026)