El cardenal Tagle: Cinco «gracias» a propósito del Congreso sobre los primeros obispos chinos

jueves, 5 noviembre 2026 obispos   iglesias locales   sacramentos  

El cardenal Tagle: Cinco «gracias» a propósito del Congreso sobre los primeros obispos chinos

Roma (Agencia Fides) – Publicamos la intervención del cardenal Luis Antonio Gokim Tagle, proprefecto del Dicasterio para la Evangelización (Sección para la Primera Evangelización y las Nuevas Iglesias Particulares), en el Congreso internacional «El rostro de la Iglesia universal en China. Cien años de la consagración de los primeros obispos chinos» (Pontificia Universidad Urbaniana, 5 de noviembre de 2026).

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Me han pedido que comparta algunas consideraciones finales, al término de esta jornada de intervenciones y discursos que, desde distintos puntos de vista, han hecho referencia a las ordenaciones episcopales de los seis obispos chinos consagrados en Roma hace cien años por el papa Pío XI. Fueron los primeros en recibir la consagración episcopal en la época contemporánea.
No quiero hacer una síntesis del contenido de las distintas intervenciones. Tampoco pretendo ofrecer un balance de un trabajo de investigación y valoración histórica que sigue abierto a nuevos estudios, como han demostrado los prestigiosos académicos e investigadores que han intervenido hasta ahora.
Quisiera, más bien, ofrecer unas sencillas reflexiones que tomarán la forma de cinco «gracias». Me detendré en cinco aspectos y datos que podremos reconocer y apreciar mejor ahora y en el futuro, después de haber participado en este encuentro, siguiendo el sutil hilo que une nuestro tiempo con aquel acontecimiento de hace cien años.

1. Un «gracias» por la comunión que «brota de la fe de los Apóstoles»

En la ordenación de los seis obispos chinos en 1926 se manifiestan de manera luminosa la naturaleza y la misión propias del ministerio episcopal, dentro del gran misterio de la Iglesia y de su peregrinación a lo largo de la historia.
Lo ha expresado con palabras concisas el papa León XIV en su mensaje de vídeo, cuando ha recordado que los seis obispos atravesaron el mundo para recibir la ordenación episcopal de manos del Sucesor de Pedro y dar así testimonio —cito sus palabras— de «la comunión que brota de la fe de los Apóstoles, cuyo signo irrenunciable es la unidad de cada obispo con el obispo de Roma».
El Papa nos recuerda que LA FUENTE de la unidad y de la comunión en la Iglesia es la fe de los Apóstoles, no nuestros acuerdos, nuestras intenciones ni nuestras adaptaciones humanas. Una fuente que permanece siempre viva.
El papa León, citando el «Credo del Pueblo de Dios» de san Pablo VI, ha descrito esa comunión como «una manifestación del misterio del Cuerpo místico de Cristo, que “no tiene otra vida que la de la gracia”».
La aventura de los seis obispos chinos que llegaron a Roma tras un mes de viaje para recibir la ordenación episcopal de manos de Pío XI muestra de manera luminosa y conmovedora quiénes son los obispos, todos los obispos, con sus capacidades y sus limitaciones, sus cualidades y sus miserias humanas. No son «funcionarios de Dios», representantes locales de una «potencia político-espiritual»: son pastores de almas. No son «gestores» ni «influentes de lo sagrado». Son Sucesores de los Apóstoles.
Los seis que llegaron a Roma en octubre de hace cien años fueron los primeros chinos que se convirtieron en Sucesores de los Apóstoles en la época contemporánea.
La sucesión apostólica que recibieron de manos del obispo de Roma es como un hilo conductor que atraviesa la historia y une a cada obispo con los primeros Apóstoles, con aquellos testigos oculares que vivieron con Jesús y lo vieron resucitado.
Así, mediante la sucesión apostólica, los obispos garantizan la continuidad en la celebración de los sacramentos válidos y eficaces, los gestos de salvación y sanación que Cristo mismo realiza a través de sus ministros, de generación en generación.
La fuente de la comunión entre ellos y con el obispo de Roma es caminar juntos en la fe de los Apóstoles.
De ahí procede también para ellos el mandato misionero de anunciar el Evangelio por todas partes, como les sucedió a los primeros Apóstoles.
Como proprefecto del Dicasterio para la Evangelización, llamado a desempeñar mi labor en el gran caudal de vida cristiana que desde hace siglos anima la red de Propaganda Fide, soy testigo cada día de cómo se manifiesta este dinamismo apostólico en todos los rincones del mundo y de cómo resplandece también en la vida de nuestros hermanos y hermanas chinos.

2. Un «gracias» por el «rostro universal de la Iglesia» que también se manifiesta en China

Muchas intervenciones del Congreso, han subrayado que las ordenaciones de los obispos chinos celebradas en 1926 constituyeron un acontecimiento importante en el giro misionero que vivió la Iglesia católica durante las primeras décadas del siglo XX, especialmente bajo los pontificados de Benedicto XV y Pío XI.
La Santa Sede tenía claro desde hacía tiempo que la vinculación entre la labor misionera y las estrategias colonialistas de las potencias occidentales perjudicaba a la misión.
Varias de las intervenciones que hemos escuchado hoy han destacado que las nuevas directrices, así como la decisión de favorecer el florecimiento de un clero autóctono y confiar también el gobierno de las diócesis a obispos autóctonos, no deben entenderse solo como un cambio de «política eclesiástica» ante la transformación de los tiempos y el ocaso de los colonialismos de aquella época.
El papa León XIV, en su mensaje de vídeo de hoy, ha reiterado que, más bien, se trataba de «permanecer fieles a la naturaleza misma de la Iglesia, cuya unidad no es uniformidad, sino comunión en la diversidad».
El papa Francisco, en el mensaje de vídeo que dirigió en 2024 al Congreso internacional por el centenario del Concilio de Shanghái -celebrado también en esta Universidad-, había subrayado que los participantes en aquel primer Sínodo general de la Iglesia en China habían reconocido asimismo que «el anuncio de la salvación de Cristo solo puede llegar a cada comunidad humana y a cada persona si se expresa en su lengua materna».

Ahora estamos llamados a comprobar cómo todo esto, en formas y contextos diferentes, sigue siendo válido también hoy.
Vemos en distintos contextos que cada adaptación, cada proceso de «localización» o «indigenización» puede comportar cambios en las formas y las prácticas de la vida eclesial.

En las distintas circunstancias históricas pueden abrirse caminos incluso inesperados y singulares para seguir caminando juntos en la fe de los Apóstoles, en unidad y comunión, detrás de Jesús.
Así puede resplandecer la universalidad de la Iglesia en formas y situaciones nuevas, teniendo siempre presente la enseñanza contenida en el antiguo lema atribuido a distintos autores y retomado también por san Juan XXIII en la encíclica ‘Ad Petri cathedram’: «En lo necesario, unidad; en lo dudoso, libertad; en todo, caridad» (In necessariis unitas, in dubiis libertas, in omnibus caritas).
Cualquier cambio o adaptación posible puede acogerse cuando seguimos bebiendo juntos de la fuente de la comunión y caminamos juntos en la fe de los Apóstoles, en nuestra común pertenencia al Cuerpo de Cristo y en comunión con el Sucesor de Pedro. Haciéndonos «todo para todos» con tal de anunciar y dar testimonio de Cristo resucitado, como ya enseñaba el apóstol Pablo.
Esto hace posible la paradoja cristiana por la que la Iglesia católica, también en China, puede manifestar plenamente el rostro universal del catolicismo precisamente mientras muestra de manera plena su identidad china.
En esta paradoja, precisamente la comunión con el obispo de Roma y con la Iglesia universal nos libera del riesgo de convertir las distintas pertenencias culturales, sociales, étnicas y religiosas en banderas «identitarias». Fuera de esta apertura universal, las insistentes reivindicaciones de las propias particularidades y características específicas suelen acabar conduciendo al repliegue sobre uno mismo. Expresan actitudes autorreferenciales que alimentan los conflictos.

3. Un «gracias» por el dolor de los pecados y por la paciencia que nacen de la gratitud y del perdón

Hemos visto que el viaje de los obispos chinos desde Shanghái hasta Roma para recibir la ordenación episcopal de Pío XI fue acogido con alegría y entusiasmo. Pero también hemos visto que no fue fácil llegar a aquel día.
Antes, y durante varias décadas, se habían producido resistencias, hostilidades y sabotajes, también dentro de la Iglesia, por parte de quienes se oponían por distintas razones a la ordenación episcopal de obispos chinos o la consideraban «prematura».
En la vida cotidiana, había quienes seguían tratando a los sacerdotes chinos como un «clero de categoría inferior», obligándolos en algunos casos a sufrir auténticas discriminaciones.
Aquellas actitudes, incluso cuando no respondían a una maldad personal, no reconocían la naturaleza universal de la Iglesia y encerraban el catolicismo en un vínculo exclusivo con una cultura, con una sola civilización.
Ante todo esto, debemos dar gracias porque la comunidad católica china ha seguido caminando y creciendo en medio de numerosas pruebas: las de aquellos años y también las de las décadas posteriores.
El Señor ha custodiado la fe de muchos en medio de las acusaciones, las divisiones entre hermanos y el sufrimiento apostólico, aquel que san Pablo llamaba thlipsis.
Por todo ello, conviene dar gracias.
El camino de la Iglesia en la historia es así. No es un camino reservado a los perfectos, a quienes se consideran puros y creen que pueden salvarse por sí mismos, construyendo por sus propios medios su integridad moral.
El camino de la Iglesia está marcado por las miserias humanas, los condicionamientos, los errores y los clericalismos antiguos y nuevos. Por las claudicaciones y las caídas. Pero siempre existe la posibilidad de volver a empezar, de ser perdonados y de sentir, gracias al perdón misericordioso, el dolor por nuestros propios pecados y traiciones.
De la mirada misericordiosa de Jesús nacen las lágrimas de dolor de Pedro, que siente entonces el corazón desgarrado por haberlo negado momentos antes.
«Cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por los impíos en el tiempo señalado», escribe san Pablo en la Carta a los Romanos.
Y durante el Jubileo del año 2000, el entonces cardenal Joseph Ratzinger, cuando le preguntaban por qué la Iglesia pide perdón por los pecados del pasado, respondía que «solo el perdón, el hecho mismo del perdón, permite reconocer el pecado con franqueza».
Esta experiencia del perdón recibido y otorgado gratuitamente puede sanar también hoy las heridas. Puede sostener los ánimos y alegrar los corazones en medio de las dificultades y los obstáculos que encontramos en el camino.

4. Un «gracias» por la generosidad de las Iglesias que «intercambian dones»

Los seis obispos chinos que llegaron a Roma desde Shanghái llevaron regalos al obispo de Roma, como hemos podido ver en el breve documental proyectado esta mañana.
También hoy, en esta nueva etapa misionera que estamos viviendo, marcada por el magisterio misionero de los papas Francisco y León XIV, el horizonte que tenemos ante nosotros y que podemos explorar y abrazar con gratitud es el del «intercambio de dones» entre las Iglesias.
Este horizonte del «intercambio de dones» es también el que nos ha propuesto el reciente Congreso sobre la «Iglesia de las Gavillas», promovido por nuestro Dicasterio y celebrado en esta Universidad.
La imagen de las gavillas, como nos explica siempre el arzobispo Fortunatus Nwachukwu, procede del salmo 126, el salmo de quienes siembran entre lágrimas y después vuelven a casa entre cantos de alegría, llevando sus gavillas de trigo.
En épocas pasadas, multitudes de misioneros sembraron el Evangelio lejos de sus hogares. Hoy podemos ver los frutos de aquella siembra. En todo el mundo hay comunidades vivas en la fe, nuevas vocaciones y dones que —como dice el arzobispo Fortunatus— pueden «enriquecer a todo el Cuerpo de Cristo». Por eso podemos superar una visión «unidireccional» de las relaciones misioneras, en la que, por una parte, hay «Iglesias que dan» y, por otra, «Iglesias que reciben»: cada Iglesia local tiene dones que ofrecer y dones que recibir, en beneficio de toda la comunidad eclesial.
Son muchos los dones y tesoros que la Iglesia en China puede intercambiar y ya está intercambiando con todas las Iglesias del mundo. Un intercambio que se ve favorecido también por los encuentros cada vez más frecuentes que ahora son posibles con los obispos chinos. Lo que hasta hace unos años no podía suceder, ahora es cada vez más habitual: la presencia de obispos chinos en los Sínodos, en los encuentros convocados por el Papa y también en los congresos organizados por nuestro Dicasterio.
Permítanme decir que para mí es una gran alegría vivir también esta cercanía física, que hace crecer la familiaridad, la confianza entre los hermanos y la posibilidad de ayudarnos mutuamente.
Me acerco ya a los veinticinco años de episcopado. Y mi hermano Giuseppe Li Shan es obispo de Pekín desde hace casi veinte años. Tenemos muchos dones que compartir… Y la mayor alegría llega cuando nos damos cuenta de que todos los dones que intercambiamos entre nosotros son dones de Jesús.
Todos los dones que podemos intercambiar, los verdaderos, los que alegran el corazón, proceden de Él, no de nosotros. Nosotros jugamos con sus dones, «negociamos» con los dones que recibimos de Él, como hacen los niños, que juegan con los regalos y se intercambian los que han recibido de mamá y papá.
Así, los obispos podemos descubrir que también nuestra fidelidad es un don, no el resultado de nuestras capacidades, nuestra tenacidad o nuestro rendimiento. Así lo experimentan quienes viven situaciones de persecución a causa del nombre de Cristo.

5. Un «gracias» por la oración de los hermanos chinos ante la tumba del apóstol Pedro

He dejado para el final mi «gracias» más íntimo y personal, para compartir con todos ustedes una gran alegría.
Hace cien años, como se ha recordado en varias ocasiones durante el Congreso, los seis obispos chinos llegaron hasta Roma para ser consagrados y convertirse en Sucesores de los Apóstoles junto a la tumba del apóstol Pedro.
Mañana por la mañana, antes de partir, el obispo Li Shan, el obispo Ding Zuyao y otras personas podrán ir a rezar juntos ante la tumba de Pedro.
Es el gesto más hermoso y reconfortante que podemos realizar. Un gesto que da sentido a nuestros discursos y conferencias, que de otro modo corren el riesgo de convertirse en momentos de autocomplacencia.
Recemos unos por otros, demos gracias y confiemos a la intercesión de san Pedro Apóstol el camino de la Iglesia católica en China.
Recemos por el papa León XIV, recemos por los hermanos y hermanas de la Iglesia en China y por todo el gran pueblo chino.
Gracias


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