foto Fides (Marie-Lucile Kubacki)
Roma (Agencia Fides) – Publicamos el texto de la intervención del obispo Giuseppe Li Shan, obispo de Pekin, en el Congreso internacional «El rostro de la Iglesia universal en China. Cien años de la consagración de los primeros obispos chinos» (Pontificia Universidad Urbaniana, 5 de noviembre de 2026).
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Eminencias Reverendísimas, queridos hermanos y hermanas en el Señor, distinguidos expertos y estudiosos:
¡Buenos días a todos!
Como obispo chino, es para mí un gran honor participar en este Congreso conmemorativo del centenario de la consagración episcopal de los primeros seis obispos chinos. Agradezco sinceramente a los organizadores su amable invitación. Aprovecho esta ocasión para transmitir, en nombre de la Iglesia en China y de los obispos chinos, mis más cordiales felicitaciones a este Congreso, con el deseo de que, bajo la guía del Espíritu Santo y gracias al compromiso de todos, dé abundantes frutos. Deseo asimismo a todos los distinguidos participantes toda clase de bienes para el alma y el cuerpo.
Soy obispo de la diócesis de Pekín. Nací en esa ciudad. Pekín fue la primera diócesis de China. En 1294, el franciscano Juan de Montecorvino, enviado por el papa Nicolás IV, llegó a Pekín para anunciar el Evangelio. Así, el pueblo chino pudo escuchar la buena nueva de la salvación. En 1307 se erigió la archidiócesis de Khanbaliq, es decir, de Pekín. Sin embargo, con el fin de la dinastía Yuan, la Iglesia, que mantenía relaciones principalmente con príncipes y nobles, entró también en decadencia hasta desaparecer por completo.
En 1601, el jesuita Matteo Ricci, que había partido de Roma, tras innumerables esfuerzos logró finalmente establecerse en Pekín, en las inmediaciones de la puerta de Xuanwu (Xuanwumen), donde construyó la primera iglesia de la ciudad. Matteo Ricci comprendió profundamente que el anuncio del Evangelio de Cristo no puede pasar por alto ni infravalorar la sociedad y la cultura del lugar. Al contrario, solo si se parte de las tradiciones culturales locales con una actitud respetuosa puede la semilla del Evangelio echar raíces, germinar, florecer y dar fruto. Es evidente que Matteo Ricci seguía el espíritu misionero del apóstol san Pablo, que se hizo «todo para todos» (1 Cor 9,22).
Este método de evangelización adoptado por Matteo Ricci, que se adaptaba a la sociedad y a la cultura chinas, ha recibido el nombre de «método de Matteo Ricci». Precisamente gracias a él, la semilla de la salvación de Cristo pudo echar raíces en esta tierra de Pekín y dar fruto. Mis antepasados en la fe y yo mismo somos la continuación de esos frutos.
Hace dos años se celebró aquí otro congreso sobre la Iglesia en China, con motivo del centenario del 'Concilium Sinense', celebrado en Shanghái. El Concilio de Shanghái de 1924, convocado por el arzobispo Celso Costantini, reflexionó detenidamente sobre los métodos empleados por los misioneros occidentales en China después de las guerras del Opio. Rechazó la práctica equivocada de una Iglesia que se apoyaba en el poder político de las potencias occidentales y formuló numerosas ideas y propuestas, todavía vigentes hoy, sobre la Iglesia en China y sus relaciones con la política y la cultura chinas y con el pueblo chino. De este modo, reabrió el proceso de sinización del catolicismo.
Fue precisamente en el 'Concilium Sinense' de 1924 donde se incorporaron a los documentos finales la formación y la incorporación del clero local: «La Iglesia católica de Dios no es ajena ni extranjera a ningún pueblo o nación; por tanto, debe reconocerse que cada pueblo tenga sus propios ministros para la administración de los sacramentos, a fin de que instruyan y guíen a su pueblo en la acogida de la ley y los preceptos divinos». «Para atender adecuadamente las necesidades de las misiones y constituir más plenamente la Iglesia en China, tanto en el clero diocesano como en el religioso, debe procurarse con especial empeño promover y cultivar las vocaciones religiosas chinas».
La convocatoria del primer Concilium Sinense tenía como objetivo principal llevar a la práctica el espíritu de la carta apostólica Maximum illud, promulgada por el papa Benedicto XV el 30 de noviembre de 1919. Este documento exhortaba a los territorios de misión a formar e incorporar al clero local, para edificar Iglesias locales verdaderamente conformes con el espíritu misionero de los Apóstoles. Al mismo tiempo, el arzobispo Celso Costantini, el padre Vincent Lebbe, Ma Xiangbo y otros, profundamente afectados por los males que aquejaban entonces a la Iglesia en China, alzaron la voz con firmeza para proclamar la urgencia de fundar una Iglesia local y formar un clero chino: «¡La Iglesia de China para los chinos!». Estos llamamientos estaban plenamente en consonancia con el espíritu misionero del apóstol san Pablo.
También los misioneros occidentales que llegaron de nuevo a tierras chinas entre el final de la dinastía Ming y el comienzo de la dinastía Qing comprendieron la importancia del clero local para el desarrollo de la Iglesia. Por ejemplo, el padre Jean Basset, de las Misiones Extranjeras de París, testigo de las múltiples crisis que atravesaba entonces la Iglesia en China, formuló diversas propuestas, entre ellas la sinización del clero. Consideraba que la Iglesia en China no había desarrollado un pensamiento propio en materia de fe ni una capacidad propia de gobierno, y que no conseguía alcanzar la autonomía porque estaba enteramente controlada por misioneros extranjeros. Por ello, Basset consideraba necesarias e inaplazables la traducción de la Sagrada Escritura al chino, la sinización de la liturgia y la formación de un clero de nacionalidad china. El padre Basset se puso entonces a traducir la Biblia al chino y llegó a traducir buena parte del Nuevo Testamento.
Por desgracia, junto a esta corriente favorable a la sinización de la Iglesia, también hubo otras que se opusieron a ella. Las vicisitudes, llenas de obstáculos, que rodearon la elevación al episcopado de Luo Wenzao, el primer obispo chino, son una prueba de ello. Ya en 1669, en reconocimiento a su excelente labor evangelizadora, Luo Wenzao fue propuesto para el episcopado, pero Portugal se opuso invocando el derecho de patronato, por lo que su consagración quedó suspendida. En 1674, Luo Wenzao fue nombrado de nuevo vicario apostólico de Nankín, pero la resistencia seguía siendo fuerte y su consagración se aplazó hasta 1685. Desde entonces y hasta 1926, durante más de doscientos años, la Iglesia en China permaneció completamente privada de obispos autóctonos.
En el siglo XX, con la promulgación de Maximum illud y la extraordinaria labor del arzobispo Celso Costantini y del padre Vincent Lebbe, se retomó el camino hacia la encomienda del gobierno de la Iglesia en China a obispos chinos. El 12 de diciembre de 1923, Puchi, en la provincia de Hubei, fue erigida en prefectura apostólica y confiada al clero chino. Posteriormente, se erigieron los vicariatos apostólicos de Anguo y Xuanhua, en Hebei; Taizhou, en Zhejiang; Fenyang, en Shanxi; y Haimen, en Jiangsu. Pese a las fuertes resistencias y gracias al poderoso impulso del pueblo chino, que aspiraba a la independencia nacional, los obispos chinos pudieron finalmente viajar a Roma y recibir la consagración episcopal en la basílica de San Pedro.
Estos seis obispos -Zhao Huaiyi, de Xuanhua; Chen Guodi, de Fenyang; Hu Ruoshan, de Taizhou; Zhu Kaimin, de Haimen; Cheng Hede, de Puchi; y Sun Dezhen, de Anguo- realizaron posteriormente una contribución indeleble al desarrollo de sus respectivas diócesis y de la Iglesia en China, así como a su inculturación. De este modo, refutaron definitivamente la tesis infundada de que el clero chino no sería capaz de apacentar el rebaño de su propio país.
Sin embargo, la consagración de los seis obispos chinos no cambió sustancialmente la situación de una Iglesia en China dirigida y administrada por misioneros extranjeros. Las potencias políticas occidentales no se habían retirado por completo de China y las resistencias a la inculturación de la Iglesia seguían siendo fuertes. Antes de la fundación de la República Popular China, de las 137 circunscripciones eclesiásticas existentes en el país, solo 28 tenían un obispo chino y, de los 20 arzobispos, apenas tres eran chinos. El catolicismo chino no había alcanzado una verdadera autonomía respecto de una dirección externa, no se había convertido en una obra guiada por los propios cristianos chinos ni había conseguido desprenderse de la etiqueta de «religión extranjera».
La fundación de la Nueva China transformó radicalmente la situación de una Iglesia que hasta entonces se había apoyado en las fuerzas políticas occidentales. Sin apartarse de la esencia de la fe ni modificar la doctrina y las normas fundamentales del derecho canónico, todos los cristianos tuvieron que afrontar la cuestión de cómo podía la Iglesia adaptarse mejor, en el marco de las políticas y leyes del Gobierno chino sobre la libertad religiosa, a un nuevo modelo de relaciones entre el Estado y la religión con características chinas. Fue precisamente en este contexto cuando los católicos chinos, junto con todo el pueblo chino, apoyaron la nueva China socialista y emprendieron el camino del amor a la patria y a la Iglesia, de la independencia, la autonomía y la autogestión. En sintonía con la sinodalidad propuesta por la más reciente Asamblea del Sínodo de los Obispos, los asuntos de la Iglesia en China son gestionados conjuntamente por el clero, las religiosas y los fieles chinos, y las distintas obras de la Iglesia prosperan. Hoy, los más de 80 obispos de la Iglesia en China ejercen el ministerio pastoral que Jesucristo les ha confiado y apacientan el rebaño del Señor en la antigua tierra china.
Al conmemorar hoy el centenario de la consagración de los primeros seis obispos chinos, queremos tanto celebrar el camino de la Iglesia en China hacia la sinización del catolicismo, hecho posible por el nacimiento de un episcopado chino, como recordar el recorrido arduo y lleno de dificultades de la sinización de la Iglesia en China, cuyos frutos se han alcanzado a un alto precio. No debemos olvidar la historia: sin la luz que esta nos proporciona, no podremos comprender plenamente la orientación hacia la sinización que promueve hoy la Iglesia en China.
Como pastor de la Iglesia en China, considero que hay algunos aspectos especialmente importantes para su futuro.
En primer lugar, la Iglesia católica, fundada por Jesucristo y no orientada a la consecución de intereses terrenales, debe y puede lograr un encuentro y una integración auténticos con la sociedad y la cultura del lugar en el que vive. Este es tanto el espíritu misionero del apóstol san Pablo como la visión del Concilio Vaticano II sobre la relación entre fe y cultura, y entre la Iglesia y el mundo. La Iglesia en China, que en otro tiempo estuvo condicionada por estructuras coloniales, conserva una experiencia especialmente profunda de ello. Precisamente en esto reside el significado de la sinización de la Iglesia que proponemos hoy.
A mi juicio, la aplicación de la sinización del catolicismo pertenece al ámbito esencial de la Iglesia. La sinización del catolicismo no pretende construir un catolicismo diferente, alejado de la Tradición, sino edificar una Iglesia verdaderamente católica. No es un añadido externo a la Iglesia católica, como si fuera algo opcional que pudiera hacerse o dejarse de lado, sino una exigencia intrínseca de la catolicidad de la Iglesia. La sinización del catolicismo es el proceso por el que la catolicidad de la Iglesia pasa de lo abstracto a lo concreto, de lo vacío a lo pleno, de la inmadurez a la madurez. Debemos entenderla así: la sinización ofrece a la Iglesia la oportunidad de reflexionar sobre sí misma y adaptarse al contexto social y cultural actual de China. Esta adaptación no solo no menoscaba la catolicidad de la fe cristiana, sino que es una exigencia de la misma y constituye un punto de partida adecuado para que esta se realice auténticamente en la Iglesia particular que peregrina en China.
En segundo lugar, «donde está el obispo, allí está la Iglesia». El obispo es, al mismo tiempo, aquel a quien Jesucristo confía su mandato y un compañero de camino. Para que la Iglesia alcance su plenitud, el obispo debe dar ejemplo ante todo, esforzándose por perfeccionarse cada vez más. Hoy, la Iglesia en China presta especial atención a la disciplina eclesiástica y aplica un gobierno eclesial riguroso e integral, para que todo el clero chino se configure con Cristo y actúe ante el mundo para gloria de Dios y bien de los hombres.
Nuestra fe, que procede de Jesucristo, está siempre estrechamente vinculada al compromiso de asumir responsabilidades en la sociedad actual. Tanto la tradición bíblica como la enseñanza de los Pontífices nos exhortan a «someternos a las autoridades legítimas, porque han sido establecidas por Dios». La Constitución y las leyes del Estado, como expresión de la voluntad general, constituyen la garantía fundamental del orden social y de los derechos de los ciudadanos. Como obispo católico, considero que el cumplimiento de las leyes del Estado no debe entenderse como una imposición externa, sino como una expresión natural de la fe interior y una aplicación fiel del precepto evangélico: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». Las leyes del Estado y las normas de la Iglesia no solo no se contradicen, sino que se complementan en el camino hacia la plenitud humana. Las leyes del Estado establecen los límites legítimos de las actividades religiosas y garantizan plenamente el normal desarrollo de la actividad evangelizadora y pastoral de la Iglesia, así como los derechos legítimos de los fieles. Por su parte, las normas canónicas orientan a los fieles para que eleven su vida moral y adquieran, desde la fe, el hábito de respetar la ley.
De Jesucristo, nosotros, los ministros, no hemos recibido un empleo, sino una santa llamada. Como recuerda a menudo el Papa, esto exige que ofrezcamos cada día nuestra vida a Dios y la vivamos como un camino de santificación. «Sed santos, porque yo soy santo» (Lv 11,44): la llamada de Dios nos pide custodiar la santidad en el mundo, alejarnos de todo pecado y tentación, dar testimonio de la enseñanza del Evangelio y servir a todos con un corazón y una conducta puros. En el momento actual, debido a la corrupción del alma provocada por el individualismo y el hedonismo modernos, se observan efectivamente en la Iglesia manifestaciones de debilitamiento de los ideales de fe y de relajación de la disciplina, que perjudican gravemente la imagen que la Iglesia debería ofrecer a la sociedad. La Iglesia en China ha situado entre sus prioridades la renovación de las costumbres eclesiales, con el fin de recuperar una buena imagen ante la sociedad. En este sentido, san Francisco, fallecido hace ochocientos años, y la forma de vida auténticamente evangélica que propuso conservan una gran relevancia también en nuestro tiempo.
Por último, en lo que respecta a la fe, la Iglesia en China no se diferencia en nada de las demás Iglesias del mundo. En los últimos dos años, los obispos chinos han participado en el Sínodo de los Obispos y en dos importantes congresos celebrados en Roma, además de otras iniciativas de intercambio internacional. Todo ello ha contribuido sin duda a profundizar en el conocimiento mutuo y a fortalecer la fraternidad entre nosotros, los obispos, en el Señor Jesucristo. Una comunión más plena entre las Iglesias del mundo contribuirá ciertamente a construir una comunidad humana con un futuro compartido.
Hoy, el mundo atraviesa grandes transformaciones, sin precedentes en un siglo, que avanzan a un ritmo acelerado y plantean desafíos en todos los ámbitos: desde el orden internacional tradicional en materia de seguridad hasta el sentido ético común de la humanidad, como demuestra la cuestión de la relación entre la inteligencia artificial y el ser humano, que preocupa especialmente al papa León XIV. Hoy, ninguna potencia por sí sola es capaz de afrontar y resolver estos graves desafíos. Solo con la conciencia de compartir un destino común como humanidad y mediante el método del «caminar juntos» podremos avanzar por el camino correcto. La China que, mediante la modernización china, impulsa de manera integral el gran renacimiento de la nación, es un país en transformación, amante de la paz y deseoso de entablar amistad con todos. Lo mismo sucede con la Iglesia en China: deseamos «caminar juntos», desde el respeto, el diálogo y la comunión, con todas las Iglesias hermanas del mundo, miembros de un único Cuerpo, para dar juntos testimonio del hermoso Evangelio que Jesucristo nos ha confiado.
Excelentísimos señores, queridos hermanos y hermanas en el Señor, distinguidos expertos e investigadores: la consagración de los primeros seis obispos chinos representó para la Iglesia en China un paso acertado en el ámbito del gobierno eclesial y también en el camino de la sinización de la Iglesia. Siguiendo el espíritu del Concilio Vaticano II, la Iglesia en China continuará buscando vías para integrar la fe cristiana en la sociedad y la cultura chinas y profundizará aún más en la reflexión y la práctica de la sinización de la Iglesia, para que la catolicidad del Evangelio de Cristo pueda manifestarse de manera cada vez más plena en una Iglesia en China que sigue transformándose, desarrollándose y alcanzando una madurez creciente.
¡Muchas gracias!
(Agencia Fides 05/11/2026)