El cardenal Parolin en el Congreso sobre los primeros obispos chinos: la comunión eclesial es la «directriz fundamental» que orienta la labor de la Santa Sede.

jueves, 5 noviembre 2026

foto Fides (Samuele Massimi)

Roma (Agencia Fides) – Publicamos el texto de la intervención del cardenal Pietro Parolin, secretario de Estado de Su Santidad, en el Congreso internacional «El rostro de la Iglesia universal en China. Cien años de la consagración de los primeros obispos chinos» (Pontificia Universidad Urbaniana, 5 de noviembre de 2026).

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Señores cardenales:
Queridos hermanos en el episcopado:
Queridos sacerdotes, religiosos, religiosas y seminaristas:
Distinguidos ponentes:
Señoras y señores:

Hoy me complace celebrar con ustedes el centenario de la consagración de los primeros seis obispos chinos. Fueron, en realidad, los primeros de la época moderna, después del caso excepcional de Gregorio Luo Wenzhao, en 1685. Esta conmemoración reviste para mí una alegría aún mayor por la presencia entre nosotros de dos hermanos en el episcopado procedentes de la República Popular China: su excelencia monseñor Joseph Li Shan, arzobispo de Pekín, y su excelencia monseñor Ignacio Ding Zuyao, recientemente consagrado obispo de Haimen, una de las sedes confiadas al cuidado pastoral de los prelados ordenados en 1926. Quisiera recordar aquí sus nombres: Joseph Hu Ruoshan, vicario apostólico de Taizhou; Simon Zhu Kaimin, vicario apostólico de Haimen; Filippo Zhao Huaiyi, vicario apostólico de Xuanhua; Melchor Sun Dezhen, prefecto apostólico de Lixian; Odorico Chen Hede, prefecto apostólico de Puchi; y Aloysius Chen Guodi, vicario apostólico de Fenyang. Su consagración marcó, sin duda, un hito decisivo en la historia de la misión católica en China. Fue también un momento de particular intensidad en el que se manifestó de manera elocuente el vínculo entre la Iglesia universal y aquella Iglesia local. Tras haber recibido la fe en sus respectivas tierras de origen, los seis nuevos pastores emprendieron un largo viaje hasta Roma, donde recibieron la plenitud del sacerdocio de manos del propio Sucesor de Pedro. Desde allí regresaron a su patria, enviados con la misión de apacentar el rebaño de Cristo y seguir difundiendo el Evangelio.

Para comprender plenamente el alcance de este acontecimiento y su significado eclesiológico, conviene detenernos brevemente en las decisiones y en la visión de quien tanto empeño puso en hacerlo realidad.
En efecto, fue la firme intervención del papa Pío XI, a comienzos de 1926, la que dio el impulso decisivo a los preparativos para la ordenación episcopal en Roma de los primeros obispos chinos. Tras despejar algunas dudas surgidas durante las consultas con los misioneros y el discernimiento en la Curia romana, el papa Ratti dejó constancia, de su puño y letra, de su decisión de confiar seis circunscripciones eclesiásticas del país a pastores autóctonos, algunas de ellas erigidas expresamente para aquella ocasión. «Su Santidad decidió que había que seguir adelante sin más, pues, de lo contrario, nunca se llegaría a nada bueno y sólido»: con estas palabras, una nota del cardenal van Rossum, entonces prefecto de la Congregación De Propaganda Fide, recoge la firme determinación manifestada por Pío XI durante la audiencia que le concedió para tratar esta cuestión, el 4 de febrero de aquel año. En efecto, basta una rápida mirada a los acontecimientos históricos para reconocer el papel central que desempeñaron tanto las decisiones como la propia figura del Pontífice en el proceso que culminó con la consagración, en el Vaticano, de los primeros obispos originarios de China.

Diversos factores contribuyeron a configurar la visión de Pío XI sobre el futuro de la actividad misionera y a acrecentar su interés por Asia y por lo que entonces se denominaba Extremo Oriente. En primer lugar, la conciencia de la universalidad de la Iglesia católica tuvo que afrontar, durante los años veinte del siglo pasado, los profundos cambios que había traído consigo la Primera Guerra Mundial. El recuerdo de aquella inmensa tragedia había dejado una huella profunda en la vida de las sociedades, en las relaciones internacionales y, sobre todo, en el pensamiento, tanto laico como religioso. Ya Benedicto XV, en su carta apostólica Maximum illud, de 1919, considerada la magna carta de la actividad misionera católica contemporánea, había dado un nuevo impulso a la misión de la Iglesia tras el conflicto bélico. El documento destacaba tres principios fundamentales: el rechazo del colonialismo, mediante la crítica a la vinculación que se había establecido en cierta medida entre las misiones en el extranjero y los intereses nacionales de las potencias occidentales; la promoción del clero autóctono, para evitar que la Iglesia fuese percibida como una realidad extranjera en cualquier lugar; y la dimensión esencialmente evangélica de la misión, cuyo mandato no es «propagar el reino de los hombres, sino el de Cristo». Siguiendo esta orientación, durante el pontificado de Pío XI la pax christiana, que la Iglesia había promovido ya en Europa durante el siglo XIX como respuesta a la creciente violencia de los conflictos entre clases sociales, amplió su horizonte. Dejó atrás una perspectiva exclusivamente social y eurocéntrica para proyectarse sobre el conjunto de la comunidad internacional y abordar también la convivencia pacífica entre naciones y culturas diferentes. En la visión de Pío XI, la progresiva crisis del Viejo Continente, de la que la Gran Guerra había sido una expresión especialmente dramática, encontraba una respuesta en la apertura universal hacia los demás pueblos, llamados también a incorporarse al Reino de Cristo y a la paz que este debía traer consigo. En consecuencia, el renovado impulso misionero que se venía desarrollando desde comienzos de siglo adquirió, durante el pontificado del papa Ratti, una nueva organización, marcada por sensibilidades y orientaciones diferentes. Uno de sus rasgos más destacados fue el cambio en la consideración de los pueblos no europeos, especialmente los asiáticos.

En la homilía pronunciada el 28 de octubre de 1926, con motivo de la ordenación de los seis obispos chinos, el Pontífice expresó una sincera admiración por su tierra, a la que describió como una de las «inmensas regiones donde florecieron, desde la más remota antigüedad, las letras y las artes». Esta visión contrastaba profundamente con la imagen de los «pueblos que habitan en tinieblas y en sombras de muerte» (populi in tenebris et in umbra mortis sedentes), que hasta entonces había marcado también, en los ambientes católicos, la percepción habitual de las civilizaciones no cristianas. Esta nueva perspectiva, sin renunciar al propósito misionero de difundir la fe y el nombre de Cristo, favorecía el paso de una concepción basada en una única civilización considerada verdaderamente tal -y que, por tanto, debía exportarse y transmitirse- a otra que reconocía la existencia de múltiples civilizaciones, cada una con un valor propio, aunque imperfecto, y que exigía un esfuerzo mucho más complejo de encuentro y diálogo recíproco. Este modelo misionero innovador quedó recogido y recibió un respaldo autorizado en la encíclica Rerum Ecclesiae, promulgada por Pío XI el 28 de febrero de 1926, pocos meses antes de que los seis obispos chinos llegaran a Roma para recibir la ordenación episcopal. El documento establece con claridad varios principios fundamentales de la misión católica que, aunque hoy puedan parecer evidentes, resultaban verdaderamente novedosos: el clero local dejaba de ser considerado un mero apoyo auxiliar y asumía la plena responsabilidad del gobierno de la Iglesia; la formación de obispos autóctonos se convertía en un objetivo estructural y en una condición indispensable para garantizar la estabilidad futura de las Iglesias locales; las congregaciones religiosas locales estaban llamadas a integrarse plenamente en este proyecto, contribuyendo a organizar una presencia misionera extendida por todo el territorio; y, por último, se reconocía cada vez más la importancia de conocer la mentalidad de los pueblos y valorar sus culturas para transmitir eficazmente la fe.

En este sentido, la misión en China se convirtió en una fuerza motriz y en pionera para otras regiones, tanto de Asia como de otros continentes, que pronto adoptaron el mismo modelo misionero. La acogida en China de las decisiones de Pío XI fue verdaderamente entusiasta, como se desprende del informe que monseñor Celso Costantini, entonces delegado apostólico en Pekín, envió a Propaganda Fide el 18 de agosto de 1926: «La encíclica Rerum Ecclesiae, […] el nombramiento de los seis obispos chinos y su consagración en Roma han causado una impresión profundísima: es como si una descarga eléctrica hubiera recorrido las misiones, despertando los ánimos y orientándolos hacia un nuevo camino. […] Con el nombramiento de los seis obispos chinos, el Papa ha cerrado definitivamente un periodo histórico y ha inaugurado otro».

La clarividencia misionera del Pontífice y su firme determinación pastoral contribuyeron, por tanto, de manera decisiva al feliz desenlace de la ordenación de los primeros seis obispos chinos de la época moderna. Sin embargo, al recorrer las líneas de la breve homilía que el Papa pronunció aquel 28 de octubre de 1926, se descubre también, más allá de toda duda, el vínculo personal y profundamente espiritual que quiso establecer con aquellos primeros hijos de la nación china elevados a la dignidad episcopal.

En primer lugar, el Papa afirma que quiso que la celebración tuviera lugar el mismo día en que, siete años antes, él había recibido la consagración episcopal. Una coincidencia que calificó de «un favor preciosísimo», por el que siempre estaría agradecido a Dios. A continuación, destaca con especial énfasis el significado simbólico del lugar elegido para la ceremonia: «Os llamamos, en efecto, a esta ciudad, centro de la religión cristiana, para consagraros en la augusta majestad de este templo dedicado a Pedro, a vosotros que, como primicias y primeros brotes del episcopado chino, […] desde aquí debéis regresar a vuestras regiones; desde aquí, decimos, desde donde brota la fuente de todo apostolado». Por último, expresa en términos afectuosos el vínculo de fe que aquella circunstancia había creado: «Habéis venido, venerables hermanos, para ver a Pedro. […] Y Pedro os ha acogido con gran afecto». Resulta evidente que, para el Pontífice, aquel momento tan significativo no respondía únicamente a una acertada estrategia de organización misionera. Se había dispuesto para expresar una realidad más profunda y originaria: el vínculo entre el Sucesor de Pedro y los sucesores de los Apóstoles, en China como en cualquier rincón del mundo. Un vínculo constitutivo de la vida de la Iglesia, indispensable para el anuncio de Cristo y decisivo para reconocer la apostolicidad del testimonio evangélico.
Desde los primeros siglos de vida de la comunidad eclesial, el Papa y los obispos están unidos por un vínculo que tiene su fundamento en el mandato de Cristo y se alimenta de la comunión del Espíritu. Así como Pedro recibió el encargo de confirmar a sus hermanos en la fe, el Sucesor de Pedro es signo visible de unidad para los pastores de la Iglesia. Y los obispos, dispersos por las distintas regiones del mundo, permanecen unidos entre sí y con el Papa en una misma fe, una misma misión y una misma caridad. Muchas son las Iglesias, muchas las voces y los rostros de los pueblos; pero uno solo es el Cuerpo de Cristo, al que todos están llamados a servir. En este admirable designio divino, el primado de Pedro y la misión de los obispos no son realidades contrapuestas: forman parte de una única comunión eclesial. Los obispos, en cuanto miembros del Colegio Apostólico, además de ocuparse de sus propias diócesis, participan también de la responsabilidad por toda la Iglesia, la sollicitudo omnium Ecclesiarum. En el obispo de Roma, por otra parte, esta solicitud universal adquiere una intensidad particular, pues está unida a la potestad pastoral suprema, plena, universal e inmediata sobre toda la Iglesia, que le ha sido conferida por Cristo. Por tanto, el ministerio del Sucesor de Pedro no se ejerce sobre las Iglesias particulares como una autoridad externa, que interviene desde fuera, sino que pertenece íntimamente a su propia vida eclesial. Lejos de constituir una forma de hegemonía política , esta presencia intrínseca del ministerio petrino en cada porción del pueblo de Dios manifiesta la admirable relación de mutua interioridad entre la Iglesia universal y las Iglesias particulares: no son realidades ajenas entre sí ni simplemente yuxtapuestas, sino dimensiones íntimamente vinculadas de la única Iglesia de Cristo. Así lo expresa la Constitución dogmática Lumen gentium: «En virtud de esta catolicidad, cada una de las partes aporta sus propios dones a las demás partes y a toda la Iglesia, de modo que el conjunto y cada una de sus partes se enriquecen mediante un intercambio mutuo universal y un esfuerzo común hacia la plenitud en la unidad».

Sobre estas bases teológicas, el vínculo que se estableció de manera tan manifiesta y simbólica entre Pío XI y los primeros seis obispos chinos constituye también una llamada elocuente para nuestro tiempo. Creo que, a este respecto, es posible señalar al menos dos líneas de reflexión. Lo sucedido hace cien años nos remite, ante todo y con especial fuerza, a la cuestión de la comunión entre el Papa y los obispos católicos que se encuentran en China. La Santa Sede siempre ha considerado esta una orientación fundamental -quizá el criterio decisivo por excelencia- a la hora de guiar su actuación. Desde aquellos luminosos comienzos, el 28 de octubre de 1926, hasta nuestros días, y a través de los complejos acontecimientos que han marcado en repetidas ocasiones la historia mundial, cada paso dado por la Sede Apostólica hacia China ha tenido como objetivo ofrecer y proteger esta relación de comunión y de comunicación efectiva. Esta orientación se apoya en algunos criterios fundamentales: la necesidad de que cada uno desee sinceramente la comunión y de que existan las condiciones externas para que pueda expresarse; la conciencia de que la comunicación entre los obispos y el Papa «no debe tomar en sus manos la batalla política para realizar la sociedad más justa; no puede ni debe ponerse en el lugar del Estado; pero tampoco puede ni debe permanecer al margen de la lucha por la justicia»; y, por último, la convicción de que, para el Papa, todos los bautizados son igualmente hijos, cualesquiera que sean las decisiones que, en conciencia, consideren que deben tomar en su concreto contexto histórico y político. A este respecto, resultan especialmente significativas las palabras del papa Francisco, escritas en 2018, después de la firma del Acuerdo Provisional sobre el nombramiento de obispos. En ellas se manifiestan la alegría y la solicitud con las que el Pontífice vivía el vínculo pastoral con los hermanos que residen en China: «Quisiera haceros saber que, desde que me fue confiado el ministerio petrino, he experimentado un gran consuelo al constatar el sincero deseo de los católicos chinos de vivir su fe en plena comunión con la Iglesia universal y con el Sucesor de Pedro». De ahí parte, creo que puedo afirmarlo, la esperanza para el futuro: que la comunión que hoy existe, en sus elementos esenciales, entre el Papa y todos los obispos de la República Popular China pueda encontrar, mediante un camino progresivo y compartido, formas cada vez más concretas de manifestarse, alimentarse y consolidarse.

Una segunda línea de reflexión se refiere a los efectos que produce este vínculo de comunión. El día de la consagración de los seis obispos, Pío XI concluyó su homilía con un mandato de gran fuerza expresiva: «La palabra de Cristo Señor puede repetirse con toda razón también a vosotros, en esta hora solemne, por boca del Vicario de Cristo: “Alzad la mirada y contemplad las regiones -esas inmensas regiones vuestras- que ya blanquean para la cosecha”; y también: “Id también vosotros a mi viña”; y además: “Id, predicad, enseñad, bautizad, bendecid. Porque yo os he elegido para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca”». Se trataba de un encargo que, en cierto modo, trascendía las circunstancias de aquel momento para marcar el comienzo de una transición de alcance más general. Aunque la labor de los misioneros occidentales siguió realizando durante mucho tiempo una contribución inestimable al crecimiento de la Iglesia en China, entonces comenzó una nueva etapa de responsabilidad para los católicos locales. Justamente un siglo después de aquel día, con la misma alegría de Pío XI, también nosotros podemos afirmar que hoy los llamados a ser sujetos de la misión en China son los propios católicos chinos y, de manera especial, sus obispos. A ellos les corresponde el honor y la responsabilidad de recoger el legado de este recorrido histórico, para ser protagonistas de la vida eclesial y promotores, con renovado impulso, de la evangelización de su tierra. Este es el motivo del profundo afecto con el que la Santa Sede mira siempre hacia ellos y hacia el pueblo confiado a su cuidado pastoral, con la más sincera disposición a acompañarlos y sostenerlos en este camino.

Comunión y misión son, por tanto, dimensiones inseparables de la vida eclesial, hoy como entonces, en China como en el resto del mundo: sin el impulso de la misión, la comunión permanece estática y corre incluso el riesgo de apagarse; sin los vínculos vitales de la comunión, en cambio, la misión se dispersa en mil cauces estériles. Al acercarme al final de esta breve reflexión, quisiera retomar las palabras con las que el papa León XIV quiso conmemorar, hace pocos días, el centenario de la Jornada Mundial de las Misiones, instituida precisamente por Pío XI. Hago mías estas palabras como un deseo especial para el futuro de la Iglesia en China: « En el centro de la misión está el misterio de la unión con Cristo. Antes de su Pasión, Jesús oró al Padre: “Para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros” (Jn 17,21). En estas palabras se revela el deseo más profundo del Señor Jesús y, al mismo tiempo, la identidad de la Iglesia, comunidad de sus discípulos: ser una comunión que nace de la Trinidad y vive de la Trinidad y en la Trinidad, al servicio de la fraternidad entre todos los seres humanos y de la armonía con todas las criaturas. […] La unidad de los discípulos no es un fin en sí misma: está ordenada a la misión. Jesús lo afirma claramente: “Para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17,21). Es en el testimonio de una comunidad reconciliada, fraterna y solidaria donde el anuncio del Evangelio encuentra toda su fuerza comunicativa».

(Agencia Fides 05/11/2026)


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