León XIV al Congreso sobre los primeros Obispos chinos la comunión florece de la fe de los Apóstoles

jueves, 5 noviembre 2026 papa león xiv   obispos   misión   iglesia católica   inculturación  



Roma (Agencia Fides) – Publicamos el texto del video-mensaje del Papa León XIV al Congreso internacional «El rostro de la Iglesia universal en China. Cien años de la consagración de los primeros obispos chinos» (Pontificia Universidad Urbaniana, 5 de noviembre de 2026).

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Queridos hermanos, queridas hermanas:

Me alegra poder dirigirme a todos ustedes, participantes en el Congreso titulado “El rostro universal de la Iglesia en China”. El encuentro está dedicado a la historia de los primeros obispos católicos chinos ordenados en época contemporánea, que recibieron la ordenación episcopal de manos del Papa Pío XI en la basílica de San Pedro, hace ahora cien años, el 28 de octubre de 1926.

Su consagración representó un acontecimiento de gran relevancia, no solo para el camino de la Iglesia católica en China, sino también para la Iglesia universal, como sugiere el título de vuestro Congreso.

Habían zarpado en barco desde Shanghái para recibir la ordenación episcopal de manos del Sucesor de Pedro. Podríamos resumir los sentimientos que los animaban durante aquel viaje con estas palabras de san Juan de Ávila: «Si me enviáis, Señor, a hacer lo que vos habéis hecho, dadme vuestro corazón» (Sermón 57, 20).
Aquel viaje es también una imagen del largo camino que la Iglesia católica en China había recorrido hasta entonces, fruto del gran impulso misionero característico de los años veinte del siglo pasado.

En 1919, con la carta apostólica Maximum illud, el papa Benedicto XV había reafirmado el principio fundamental de que la labor misionera de la Iglesia no puede confundirse con procesos de colonización ni con la exportación de ideas o modelos culturales. La semilla del Evangelio, en efecto, crece allí donde se siembra, no gracias a estrategias humanas, sino por la gracia de Dios. Y la Iglesia, que nace de la misión y del primer anuncio, acoge con alegría los rasgos y las características propias de las personas y los pueblos entre los que está llamada a dar testimonio de Cristo mediante la caridad.

En 1924, durante el Concilio de Shanghái -primer Concilio general de la Iglesia en China-, se hizo urgente la necesidad de poner al frente de las comunidades y circunscripciones eclesiásticas a sacerdotes y obispos chinos. Fueron los propios obispos misioneros, todos ellos procedentes de otros países, quienes promovieron esta petición, bajo la clarividente guía del delegado apostólico, el arzobispo Celso Costantini. Era necesario poner en marcha y favorecer ese proceso para permanecer fieles a la propia naturaleza de la Iglesia, cuya unidad no significa uniformidad, sino comunión en la diversidad (cf. Francisco, Audiencia general, 25 de septiembre de 2013, 3).

En el Pueblo de Dios, la fe compartida abraza las diferencias y hace suyos, siempre que sea posible, los rasgos propios de cada persona y de cada pueblo, con una amplitud de miras que refleja el modo de actuar de Dios, que llama a cada uno tal como es, con sus características particulares. Así, la Iglesia vive entre los pueblos con amistad y cercanía, acogiendo sus expectativas y sus aspiraciones legítimas. Los Padres de la Iglesia ya dieron testimonio de ello, al constatar con alegría que la fe en Jesús y la acción del Espíritu Santo hacen hermanos y hermanas a personas pertenecientes a culturas, lenguas, civilizaciones y naciones diferentes y, a veces, lejanas entre sí.

A este respecto, recientemente, al referirme al gran obispo misionero san Toribio de Mogrovejo, tuve ocasión de subrayar que ningún pastor de la Iglesia puede atribuirse la misión por sí solo, sino que la recibe y la ejerce en comunión, unido al Sucesor de Pedro y a todos los demás sucesores de los Apóstoles: los obispos de todo el mundo (cf. Carta a los obispos de América Latina y el Caribe con motivo del III centenario de la canonización de san Toribio de Mogrovejo, 8 de septiembre de 2026).

Desde esta perspectiva, resulta conmovedor pensar en los seis obispos que pronto recibirían la ordenación. Viajaron desde Shanghái hasta Roma para ser consagrados junto a la tumba del apóstol Pedro. Aquel viaje por medio mundo fue un testimonio de la comunión que nace de la fe de los Apóstoles y que tiene una expresión irrenunciable en la unidad de cada obispo con el obispo de Roma.

Es un signo hermoso, gratuito y reconfortante; un vínculo que libera, una cercanía que infunde confianza y, sobre todo, una manifestación del misterio del Cuerpo místico de Cristo que, como escribió san Pablo VI en el Credo del Pueblo de Dios, «no tiene otra vida que la de la gracia». En ello radica la singularidad de la Iglesia frente a los sistemas y organizaciones sociales y políticas que configuran la vida de las sociedades y regulan la convivencia entre los pueblos.

El Papa Benedicto XVI escribió en su Carta a los católicos chinos (27 de mayo de 2007) que «la Iglesia católica en China, por una gracia especial del Espíritu Santo, nunca se ha visto privada del ministerio de legítimos pastores que han conservado intacta la sucesión apostólica» (n. 8)

A sus palabras siguieron las del papa Francisco: «Los católicos chinos, en comunión con el obispo de Roma, caminan en el tiempo presente. En el contexto en el que viven, dan testimonio de su fe también mediante las obras de misericordia y caridad y, con su testimonio, contribuyen realmente a la armonía de la convivencia social y a la construcción de la casa común» (Vídeo-mensaje a los participantes en el Congreso internacional «100 años del Concilium Sinense: entre historia y presente», 21 de mayo de 2024, 3).

Como tantas veces ha ocurrido a lo largo de la historia de la Iglesia, volver la mirada al pasado puede ayudarnos a comprender el presente. Hace cien años, el viaje de seis hombres que partieron de China rumbo a Roma para convertirse en obispos de la Iglesia católica llenó de alegría y orgullo a muchos de sus compatriotas y contribuyó a dejar atrás recelos, desconfianzas y hostilidades. Hoy, en un mundo desgarrado por los conflictos y azotado por las guerras, la Esposa de Cristo continúa esa misma misión, pidiendo al Señor que proteja, frente a toda amenaza, el tesoro de la comunión eclesial, fuente fecunda de bondad y de paz para todos.

Queridos hermanos, os deseo un buen trabajo y os imparto de corazón mi bendición.

(Agencia Fides 05/11/20269


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