Por Marie-Lucile Kubacki
Roma (Agencia Fides) – «Las trompetas de plata anuncian la entrada del Papa en la basílica de San Pedro. Todas las miradas se dirigen hacia seis sacerdotes chinos que avanzan modestamente en el espléndido cortejo». Así comienza el jesuita Alfons Väth su crónica publicada en diciembre de 1926 en ‘Die katholischen Missionen’, con el título «Die Weihe der sechs chinesischen Bischöfe» («La consagración de los seis obispos chinos»).
La crónica tiene como protagonista la consagración episcopal que Pío XI confirió el 28 de octubre a Filippo Zhao Huaiyi, Odorico Cheng Hede, Melchor Sun Dezheng, Louis Chen Guodi, Giuseppe Hu Ruoshan y Simone Zhu Kaimin.
La imagen que despierta el entusiasmo de las crónicas es la de un grupo de pastores chinos consagrados en Roma por el Papa, junto a la tumba de Pedro. La prensa misionera alemana y belga, los periódicos italianos y franceses y las publicaciones francófonas editadas en China siguieron los preparativos, el viaje y la celebración. La noticia llegó también hasta Sídney, donde ‘The Catholic Press’ se hizo eco del acontecimiento en su edición del 17 de febrero de 1927.
Un barco de vapor «engalanado con los colores pontificios»
El viaje comenzó a prepararse ya en agosto. «Saldremos de Shanghái el 10 de septiembre y llegaremos a Nápoles el 16 de octubre; las plazas están reservadas»: este era el programa comunicado por el arzobispo Celso Costantini, delegado apostólico en China, en un telegrama recibido en Ningbo la tarde del 7 de agosto de 1926. El mensaje fue reproducido en el ‘Bulletin Catholique de Pékin’ de septiembre, en una crónica que retomaba una información publicada por el Petit Messager de Ningpo en agosto de 1926. El telegrama anunciaba todavía que la consagración tendría lugar el 24 de octubre, antes de que se fijara definitivamente la fecha del 28. En el relato de Väth, publicado en ‘Die katholischen Missionen’ en diciembre de 1926, las despedidas se suceden en Pekín, Tianjin y Shanghái. El 10 de septiembre, los obispos electos, acompañados por el delegado apostólico, embarcan en el vapor «engalanado con los colores pontificios». En Hong Kong, Manila, Singapur y Penang, las comunidades chinas preparan actos de bienvenida. La alegría no se limita a los católicos: según el mismo artículo, también los principales periódicos no cristianos rinden homenaje al acontecimiento.
La llegada del barco de vapor estadounidense «President Adams» al puerto de Nápoles aparece recogida en un recorte de prensa de octubre de 1926 atribuido a ‘Il Mattino’. El cronista relata la larga espera en el muelle, las maniobras de atraque y la embarcación, que permanece a pocos metros de tierra. Cuando por fin puede encontrarse con los viajeros, se fija en su indumentaria: «Visten completamente de negro, como simples sacerdotes».
La acogida dispensada a lo largo de la travesía vuelve a aparecer en la entrevista de Charles Pichon al obispo Filippo Zhao, publicada por el ‘Journal de Pékin’ el 5 de enero de 1927. En ella, el prelado recuerda que «en todos los puertos por los que pasamos, fuimos recibidos con una ovación ininterrumpida en honor de los hijos de China llamados por el Jefe de la Iglesia universal».
Desde el muelle de Nápoles hasta los puertos de Asia, las crónicas describen así un viaje hacia Roma en el que el homenaje a los hijos de China se entrelaza con la gratitud hacia el Papa.
«Piedras vivas» sobre la roca de Pedro
Incluso antes de la partida, Costantini había señalado el significado eclesial de aquel viaje. En una carta del 7 de agosto de 1926 dirigida a los vicarios y prefectos apostólicos de China, publicada en el ‘Bulletin Catholique de Pékin’ en septiembre de ese año, escribe que el nombramiento de los seis obispos confirma la «catolicidad o universalidad de la Iglesia». La invitación del Papa, que desea imponerles personalmente las manos, le lleva a evocar la Primera Carta de Pedro: «Y también vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción del edificio para formar un templo espiritual».
A continuación, en la misma carta del 7 de agosto, una frase establece un vínculo entre el envío de los misioneros y la acogida de los nuevos pastores: «Por medio del Vicario de Jesucristo fueron enviados a China sus primeros misioneros, y ahora, en sentido inverso, las primicias del episcopado chino regresan al Vicario de Jesucristo». El regreso al Sucesor de Pedro de los frutos madurados en las comunidades chinas: esta es la interpretación que propone el delegado apostólico.
También en la carta dirigida a Pròspero Paris, vicario apostólico de Nankín, fechada en Pekín el 4 de agosto de 1926 y publicada en el mismo número del ‘Bulletin Catholique de Pékin’, Costantini insiste en la elección del lugar. El Papa llama a los nuevos obispos «para consagrarlos con sus propias manos, sobre la tumba de san Pedro». En este gesto, el delegado apostólico ve una promesa para la Iglesia en China, «edificada sobre roca firme», y cita la fórmula latina: «Haec est domus Domini firmiter aedificata: bene fundata est super firmam petram».
El “Exultet” de la revista mensual “Il Prete Indigeno” (El sacerdote indígena)
En Italia, la revista mensual ‘Il Prete Indigeno’ (El sacerdote indígena), órgano de la Pontificia Obra de San Pedro Apóstol, saludó el acontecimiento en su número de octubre de 1926 con el título «¡Alegrémonos!». La dirección nacional lo calificó de «una gran fiesta de familia» y destacó que el Papa había querido conferir la unción «no en el silencio de una capilla privada, sino en medio del esplendor de la basílica vaticana, para que todo el mundo dirigiera su mirada hacia esta solemne afirmación de la catolicidad de la Iglesia de Cristo». La oración que acompañaba aquel entusiasmo se dirigía a los «nuevos sucesores de los Apóstoles»: el lenguaje de la sucesión apostólica aparecía así de forma explícita.
La elección de la fecha vinculaba, además, la consagración de los seis obispos con la historia personal de Pío XI. Giovanni Morsani, en el ‘Bulletin des Missions’ de los benedictinos de Saint-André, en Bélgica, correspondiente a noviembre-diciembre de 1926, reproduce la homilía del Papa. En el texto italiano publicado por la Santa Sede, el Pontífice explica: «Hemos querido que se celebrara precisamente en este mismo día en que, hace siete años, recibimos Nos la consagración episcopal». Recuerda la gracia recibida y su gratitud a Dios, «dador de todo bien» (Pío XI, homilía Iam finis, 28 de octubre de 1926).
Siete sacerdotes, una Iglesia en oración
Una crónica del historiador de las misiones Paul Lesourd, publicada en ‘Le Figaro’, describe la basílica iluminada y adornada con cortinajes rojos; se oyen las trompetas de plata y la multitud aclama al Papa. Sin embargo, su observación más incisiva se refiere a un momento de sencillez al comienzo de la Misa: «Si no fuera por el solideo blanco y los ornamentos pontificios de Pío XI, se habría dicho que eran siete sacerdotes corrientes celebrando juntos su Misa». Lesourd se detiene después en los seis candidatos postrados en el suelo y en el Papa, los cardenales y los obispos arrodillados durante las letanías. Aquellas invocaciones, escribe en su crónica, transmitían «una idea de la comunión de los santos» y ofrecían la imagen de toda la Iglesia reunida en oración por los nuevos pastores.
Giovanni Morsani, en el ‘Bulletin des Missions’ de noviembre-diciembre de 1926, describe el ábside, la Cátedra de Bernini rodeada de luces y los siete cirios sobre el altar. Enumera a dieciséis cardenales y señala la presencia del padre Vincent Lebbe, a quien atribuye también la alegría por sus «bodas de plata» sacerdotales. Recuerda, asimismo, a los dos arzobispos asistentes, Carlo Cremonesi y Celso Costantini. Una de las fotografías muestra al Papa mientras recibe, sobre el libro de los Evangelios, el juramento de fidelidad de cada uno de los obispos electos. Morsani relata la postración de los candidatos y las bendiciones impartidas por el Pontífice durante las letanías, y describe después cómo el Papa y los arzobispos asistentes impusieron las manos sobre cada uno de los seis. Su crónica acompaña el rito con las palabras «Recibid el Espíritu Santo» y lo presenta como la transmisión de la plenitud del sacerdocio. Siguen las unciones, la entrega del báculo pastoral, del anillo y del Evangelio, el beso de paz y la celebración de la Misa junto al Papa.
El propio Morsani precisa que el Papa y los seis nuevos obispos recibieron la comunión de la misma hostia y del mismo cáliz, tal como prescribía el Pontifical Romano para la consagración de varios obispos. Väth, en ‘Die katholischen Missionen’ de diciembre de 1926, establece una comparación con los orígenes del cristianismo. La celebración le recuerda «el conmovedor testimonio de unidad y caridad cristiana que daban los obispos de la Iglesia primitiva al enviarse mutuamente el Cuerpo del Señor». Dos crónicas distintas interpretan así los gestos litúrgicos como signos de una misma comunión.
El abrazo de Pedro
El vínculo entre Roma y la misión encomendada a los nuevos obispos aparece con especial claridad en la homilía de Pío XI, reproducida en francés por Morsani en el ‘Bulletin des Missions’. «Ha concluido el solemne rito mediante el cual, aquí, junto a la tumba de los Apóstoles, os hemos conferido la plenitud del sacerdocio», comienza el Papa. «No podemos contener la alegría interior que nos embarga por completo al ver consagrados por primera vez aquí, en Roma, por el Romano Pontífice, a obispos pertenecientes al clero autóctono chino, destinados a gobernar distintos vicariatos apostólicos y a llevar la fe católica a sus compatriotas para extender entre ellos el Reino de Cristo. Se trata de un propósito verdaderamente saludable, que hoy podemos llevar felizmente a término y que deseamos ardientemente y confiamos, con la ayuda de Dios, poder realizar también, poco a poco, en otras regiones», prosigue.
«Os llamamos, en efecto, a esta ciudad, centro de la religión cristiana, para consagraros en la augusta santidad y majestad de este templo dedicado a Pedro. Vosotros, que sois las primicias y los nuevos brotes del episcopado chino, revestidos de la dignidad episcopal y honrados con las sagradas ínfulas, debéis regresar desde aquí a vuestras regiones; desde aquí, decimos, desde donde brota la fuente de todo apostolado», insiste. «Habéis venido, venerables hermanos, para ver a Pedro; es más, habéis recibido de él el báculo pastoral, que deberéis utilizar en vuestras peregrinaciones apostólicas y para reunir al rebaño. Y Pedro os ha acogido con gran afecto a vosotros, que ofrecéis una esperanza nada desdeñable de difundir la verdad evangélica entre vuestros compatriotas».
A continuación, el Papa insiste en el servicio al pueblo: «Esos compatriotas vuestros, que comparten con vosotros la patria y habitan en las inmensas regiones donde florecieron desde la más remota antigüedad las letras y las artes, esos compatriotas -especialmente quienes no son ajenos a la religión-, así como han acogido unánimemente con elogios la decisión de la Sede Apostólica, también os han colmado, venerables hermanos, y de manera especial a vosotros, los católicos, de muestras de alegría y afecto, y os despidieron entre aplausos cuando partisteis hacia Roma».
La crónica de ‘Le Gaulois’, del 29 de octubre de 1926, señala que en dos ocasiones las lágrimas entrecortaron la voz del Papa: durante la oración y en el discurso dirigido a los nuevos obispos. El mismo texto destaca la delicadeza con la que estos expresaron su gratitud a los misioneros. Edouard Devoghel, en el semanario católico francés ‘La Vie Catholique’ del 30 de octubre de 1926, recuerda que Pío XI había recibido la plenitud del sacerdocio siete años antes, en la catedral de Varsovia, cuando todavía era monseñor Achille Ratti, nuncio en Polonia, y que ahora el mundo lo veneraba como Sucesor de Pedro. Devoghel resume después el abrazo final con una imagen: «el abrazo místico con el que el Pontífice de Roma estrecha paternalmente a toda la Iglesia de China».
Morsani describe cómo los seis nuevos obispos, mientras se canta el Te Deum, recorren la asamblea impartiendo la bendición, y cómo el Papa levanta a cada uno de ellos y lo estrecha contra su pecho. A continuación, relata la oración ante la tumba de los santos Simón y Judas y ante la Confesión de San Pedro.
La Iglesia de los orígenes y las entrevistas en latín
El 23 de octubre de 1926, antes de la consagración episcopal, el diario milanés ‘La Sera’ publicó una entrevista a monseñor Zhu. El periodista que la realizó no aparece identificado, pero hay un detalle explícito: «La entrevista se desarrolló en latín».
Al futuro obispo se le preguntó qué ventajas aportaría la presencia de pastores chinos. «Ante todo, contribuirá a reducir el prejuicio de que la religión católica es una religión extranjera», respondió.
Zhu expresó su esperanza de que la relación se asentara en la pertenencia común al pueblo chino. «Nosotros, los obispos autóctonos, esperamos ser respetados, sobre todo, por el vínculo de nacionalidad», se lee en ‘La Sera’ del 23 de octubre. La entrevista deja entrever la posibilidad de hacer más visible la cercanía de la Iglesia a la población.
Otra entrevista, firmada por Charles Pichon y publicada en el ‘Journal de Pékin’ el 5 de enero de 1927, sitúa el encuentro con el obispo Filippo Zhao en la sede de las Misiones Extranjeras de París. De ella emerge el retrato de un hombre que, según el periodista, había aprendido francés sin maestro.
«He aprendido vuestra lengua por mí mismo, nos dice, y a través del latín», relata el obispo. En la misma entrevista, Zhao no separa la promoción de los pastores chinos del reconocimiento hacia los europeos: «Sabemos lo que les debemos y lo que les deberemos, y no somos de los que consideran una carga la gratitud». Una perspectiva semejante aparece en el artículo de monseñor Jean-Baptiste de Guébriant publicado en ‘Le Gaulois’ y reproducido por ‘L’Écho de Tientsin’ el 4 de enero de 1927. El superior de las Misiones Extranjeras describe allí el paso de los convertidos a las comunidades, de las comunidades a las misiones y las diócesis, hasta llegar a una Iglesia de China «en el seno de la Iglesia universal».
La imagen de la Iglesia de los orígenes reaparece, finalmente, en el artículo firmado por N. Rivan, «El regreso de monseñor Hayasaka», publicado en el ‘Bulletin des Missions’ de septiembre-octubre de 1928. Al recordar las visitas de los nuevos obispos del Extremo Oriente, chinos y japoneses, el autor las compara con los viajes de los antiguos obispos para saludar a sus hermanos en el episcopado y llevar la caridad a las Iglesias lejanas.
Es la misma comunión que las crónicas de 1926 habían tratado de hacer visible mediante el sonido de las trompetas, la imposición de las manos, el pan eucarístico y el abrazo del Sucesor de Pedro.
(Agencia Fides 4/11/2026)