PAPA EN FRANCIA/VIII - El viaje de León XIV celebra la confluencia entre el cristianismo popular y la inteligencia de la fe

sábado, 26 septiembre 2026

VaticanMedia

por Marie-Lucile Kubacki

París (Agencia Fides) – El viaje del Papa a Francia era un acontecimiento que todos esperaban con alegría y la primera jornada de León XIV en el Hexágono ya ha dejado una profunda huella. Basta volver a escuchar a los 80.000 jóvenes reunidos en el Stade de France, en Saint-Denis, cantar al unísono: «No es más que un hasta luego, Santo Padre», mientras el Papa los saludaba, con la ventanilla bajada, desde el asiento trasero del automóvil que lo trasladaba al término de una jornada llena de encuentros y emociones.

Lejos de polarizaciones ideológicas

El programa del 25 de septiembre ha llevado a León XIV al Elíseo, a la Unesco, a Notre-Dame de París y, finalmente, a la vigilia con los jóvenes: la política, la diplomacia cultural, la memoria del patrimonio y la esperanza de las nuevas generaciones. Frente a una tendencia a presentar la religiosidad popular y la reflexión intelectual como realidades contrapuestas, debilitando así el testimonio cristiano mediante la polarización y la ideologización del debate, el viaje de León XIV parece haber conseguido que el catolicismo francés vuelva a respirar con sus dos pulmones.

La procesión de los santos de Francia

Esta síntesis se ha hecho especialmente visible en el Stade de France, donde la vigilia comenzó con cantos y un gran espectáculo compuesto por varias escenas dedicadas a la historia de los santos de Francia. Desde los primeros tiempos de la evangelización, con san Dionisio, y el testimonio de la caridad fraterna de san Martín, hasta la audacia de santa Juana de Arco y el impulso misionero de Pauline Jaricot, el recorrido evocaba las vidrieras de las catedrales medievales: una catequesis visual al alcance de todos.
Las escenas fueron hilvanando el servicio a los más pobres, representado por san Vicente de Paúl; la alegría confiada de santa Teresa y san Juan Bosco; y la profundidad contemplativa de san Bernardo de Claraval. El recorrido culminó con la procesión de los santos de Francia, durante la cual el Pontífice se secó una lágrima de emoción. La vigilia incluyó también un momento de veneración de la Santa Túnica de Argenteuil, venerada por la tradición como la túnica que llevó Jesús durante la Pasión. De este modo, las decenas de miles de jóvenes pudieron recorrer un itinerario de crecimiento espiritual que preparó el momento de oración y la enseñanza del Papa, precedidos por un diálogo con ellos.

La libertad y la santidad son dones

A lo largo de sus intervenciones, León XIV ha reflexionado especialmente sobre la relación entre santidad y libertad. La libertad, ha explicado a los jóvenes, no se reduce a la posibilidad de hacer cuanto uno quiera, sino que es un don que se recibe y que encuentra su plenitud en la relación con la verdad, es decir, con Cristo. A partir de san Pablo y de su invitación a «huir», «tender» y «luchar», ha presentado la santidad como un camino concreto: huir del orgullo, la violencia y la avidez; tender hacia la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia y la mansedumbre; y luchar no contra los demás, sino contra el mal, teniendo como única arma el amor que se entrega. Desde esta perspectiva, la libertad cristiana no significa apartarse del mundo ni imponerse a los demás, sino aprender a elegir el bien y ponerse al servicio.
El Papa ha dado a esta reflexión un rostro familiar al invitar a los jóvenes a mirar el ejemplo de los santos, figuras muy presentes en la memoria religiosa francesa: «Luego, miren el ejemplo de los santos: incluso en la persecución, estos hermanos y hermanas nuestros abrieron caminos de paz. Miren a aquellos sacerdotes apasionados por Cristo, como san Eugenio de Mazenod y san Juan María Vianney; contemplen la belleza mística de santa Teresa de Lisieux; a la beata Pauline Jaricot, ferviente en la caridad y la misión; el valor de los cincuenta mártires del apostolado, en tiempos de la Segunda Guerra Mundial, que sirvieron a sus hermanos y hermanas hasta el punto de sacrificar sus vidas. Los santos cambiaron el curso de la historia, haciendo que muchos pasaran del sufrimiento a la esperanza, porque primero cambiaron sus propios corazones, transformándolos a la luz de la fe». La respuesta a la llamada de Dios, ha señalado, se alimenta de oración y servicio, adoración y acción, silencio y anuncio. El encuentro, con sus cantos y sus escenas, se convertía así en el punto de partida de una reflexión que después desembocaba en la vida cotidiana: una expresión de fe popular puesta al servicio de la inteligencia de la fe.

La Eucaristía alimenta la comunión del Pueblo de Dios

Esta misma búsqueda de la unidad había quedado expresada poco antes, en Notre-Dame, durante las Vísperas con obispos, sacerdotes, diáconos, consagrados, consagradas y seminaristas. Al hablar de la liturgia, León XIV ha recordado que esta no puede separarse de la vida de la Iglesia ni de la manera en que sus miembros se relacionan. Ha invitado a anteponer la comunión a las sensibilidades personales: «En esto, la liturgia sigue siendo reflejo de la vida. La alegría eucarística se afirma y se difunde allí donde se recupera la armonía, donde renace la dignidad, donde la autoridad se convierte en servicio, donde la libertad vuelve a abrirse camino. Este es el don más grande que podemos compartir. Antepongan, por tanto, la comunión con el Sucesor de Pedro y con la Iglesia a sus sensibilidades personales, para cultivar la unidad del pueblo de Dios. Juntos seremos la profecía de que un mundo reconciliado es posible.»
En Notre-Dame, la belleza del patrimonio ha quedado así vinculada a una tarea muy concreta del presente: hacer de la comunión una realidad viva, también en medio de las tensiones y las diferencias. El edificio restaurado, fruto de un esfuerzo colectivo elogiado por el Papa, ha aparecido en sus palabras como la demostración de que una obra común puede reunir a personas e instituciones incluso «más allá de las fronteras de la pertenencia eclesial» y devolver la vida a aquello que parecía perdido. Como ya había señalado en España, la tradición y el patrimonio pueden transmitir una forma de vida y un impulso compartido, siempre que no queden encerrados en la nostalgia del pasado.

Entre máquinas “inteligentes” y personas descartadas

En la Unesco, el Papa ha ampliado esta reflexión hasta abarcar a toda la familia humana. La organización, ha subrayado, es un espacio en el que la humanidad se interroga sobre sí misma, sobre su historia y sobre su futuro. Promover la educación, las ciencias y la cultura exige, por tanto, poner en el centro a las mujeres y los hombres que les dan vida.
León XIV ha señalado la paradoja de una sociedad que ha dado el nombre de «inteligencia» a los sistemas computacionales mientras tiene dificultades para reconocer la dignidad inalienable de las personas y termina juzgándolas según criterios de eficacia, hasta apartar a quienes dejan de ser considerados productivos.
La dignidad humana, ha recordado, no desaparece ante la enfermedad, el sufrimiento o la fragilidad: «Sí, el ser humano es, sin duda, aquel que nace, pero también aquel que muere. Nuestra dignidad no se ve destruida por la enfermedad ni por el sufrimiento, ni depende de nuestras capacidades. Al contrario, exige un cuidado amoroso en cada etapa de la vida». El discurso pronunciado ante los representantes de una institución internacional enlaza así con la experiencia concreta del cuidado y de la fragilidad evocada en el Elíseo y con la invitación dirigida a los jóvenes a permanecer cerca de los más débiles. Desde la reflexión sobre la tecnología hasta la atención a las personas vulnerables, emerge un mismo hilo conductor: una sociedad también se revela por el lugar que reserva a quienes una mirada deshumanizadora podría considerar inútiles.
El Papa ha reivindicado asimismo que la ciencia y la cultura permanezcan al servicio de la paz y de la persona. La información no equivale a sabiduría y las tecnologías, en particular la inteligencia artificial, no pueden responder por sí solas a las preguntas que nacen de la experiencia humana. Para mostrar los distintos caminos que puede tomar la humanidad, ha recurrido a dos imágenes bíblicas: la torre de Babel, símbolo de una unidad impuesta mediante la dominación, y la plaza de Pentecostés, donde la comunión permite escuchar las diferencias lingüísticas sin borrarlas. La tradición intelectual, por tanto, no constituye un privilegio reservado a una élite: ayuda a comprender qué puede unir a las personas y a los pueblos y a discernir las condiciones de una paz duradera.

Elogio de la “justa laicidad de la ciudad terrenal”

En el Elíseo, donde había comenzado la jornada, León XIV ha querido situar también su intervención en la historia intelectual y política de Francia: desde las escuelas catedralicias y las universidades hasta la Ilustración y la Declaración de los Derechos del Hombre. Ha recordado que libertad, igualdad y fraternidad no son simples lemas, sino exigencias éticas a cuya realización puede contribuir el mensaje evangélico. También ha defendido una concepción de la laicidad que no expulsa la fe del espacio público, sino que permite el diálogo y la cooperación al servicio del bien común: «¿Cómo no observar también, en este compromiso, una expresión de la justa laicidad de la ciudad terrenal? El cristiano que participa en la vida pública y actúa según la luz de su conciencia iluminada por la fe no puede ser considerado un proselitista ni una amenaza para la unidad de la patria». Libertad, igualdad y fraternidad necesitan la brújula de la dignidad humana para no perder el rumbo: una humanidad que tiene como medida también la defensa de los más vulnerables.
Del Elíseo a la Unesco, de Notre-Dame al Stade de France, la jornada ha tendido puentes entre ámbitos que no siempre están acostumbrados a encontrarse: la vida pública y la fe, la alta cultura y la religiosidad popular, la oración litúrgica y el compromiso social. Los santos presentados a los jóvenes, las reflexiones dirigidas a diplomáticos y responsables de la educación y la llamada a la unidad dentro de la Iglesia han recordado que la tradición cristiana francesa no se reduce ni a una herencia conservada en los museos ni a una emoción colectiva. También es memoria, pensamiento y búsqueda compartida de algo que trasciende al individuo y que va más allá de las promesas superficiales del consumo.
(Agencia Fides 26/9/2026)


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