Por Marie-Lucile Kubacki
Lyon (Agencia Fides) – Las dos «redes globales» del Rosario Viviente y de las Obras Misionales Pontificias (OMP) abarcan hoy el mundo entero. Su desarrollo tiene mucho en común y hunde sus raíces en una misma historia. Es la historia de una ciudad, de un contexto y de una mujer: Pauline-Marie Jaricot, fundadora de la Obra de la Propagación de la Fe y primera promotora del “Rosario Viviente”.
La memoria viva de los orígenes de esta práctica de piedad será redescubierta los días 12 y 13 de junio gracias a las iniciativas organizadas por las OMP de Francia y la arquidiócesis de Lyon. Una vigilia de oración, una carrera de relevos y una celebración eucarística presidida por el cardenal Luis Antonio Tagle, Proprefecto del Dicasterio para la Evangelización, y por Olivier de Germay, arzobispo de Lyon y presidente de la Asociación Francesa de las Obras Misionales Pontificias (Association Française des Œuvres Pontificales Missionnaires - OPM), permitirán redescubrir cómo esta aventura espiritual, nacida en la capital de las Galias, sigue viva hoy y se ha extendido mucho más allá de las fronteras de Francia.
«Una de las grandes figuras de la renovación católica de Lyon después de la Revolución»: así describe la historiadora Catherine Masson, en una entrevista concedida a Fides, a Pauline Jaricot.
Tras las persecuciones revolucionarias, mientras Lyon se reconstruía gracias a la industria y al comercio de la seda, el padre de Pauline logró forjar su fortuna sin descuidar la educación de sus hijos, a quienes inculcó «la piedad y la atención hacia los más pobres».
La joven, profundamente marcada por este ambiente familiar, se mostró muy pronto sensible a «las condiciones de vida de las obreras de su barrio: la miseria, la prostitución, entre otras realidades».
En una entrevista concedida a Aleteia, el arzobispo Olivier de Germay describe así este contexto espiritual: «Pauline Jaricot vivió en el siglo XIX, una época en la que la Iglesia, tras las persecuciones de la Revolución, mostró un dinamismo sorprendente. Pauline recibió la fe en el seno de su familia, pero a los 17 años tuvo una profunda experiencia espiritual y comprendió que no podía ser católica a medias. En aquella época no se hablaba de los “cinco pilares esenciales” de la vida cristiana, pero su fe comenzó a desplegarse plenamente: se arraigó en la oración, se formó en la fe, la compartió con los demás, se preocupó por la clase obrera -los canuts (trabajadores de la seda de Lyon)- y ardió en ella un gran deseo misionero. Fue en este contexto donde nació la intuición del Rosario Viviente: sostener a los misioneros mediante la oración».
Un entramado espiritual, social y misionero
Al ser consultada por Fides sobre los factores que explican el nacimiento de esta devoción en un contexto tan secularizado, la historiadora Catherine Masson subraya que en Lyon no hay un «factor mágico» aislado, sino un conjunto de realidades espirituales, sociales y pastorales en las que se inserta la acción de Pauline.
«Lyon es una ciudad que se levanta de las ruinas de la Revolución y que se transforma gracias al auge de la industria y del comercio de la seda. En cuanto a la Iglesia local, tras haber sido duramente perseguida, vive un momento de gran renovación, marcado por un fuerte deseo de “reparación”, que alimenta un notable fervor religioso y un dinamismo misionero y social en el que participan tanto clérigos como laicos. En este contexto destaca especialmente la Congregación de los “Messieurs”, origen de numerosas iniciativas importantes, aunque no exenta de tensiones por la presencia de un clero de corte muy “galicano”… frente al cual Pauline terminará posicionándose». Masson recuerda además que las cofradías del Rosario habían sobrevivido en la clandestinidad durante la Revolución, que en Lyon fue muy dura, para reaparecer después, poco a poco, durante la Restauración.
Pauline forma parte de una de estas cofradías marianas y su devoción a la Virgen -junto con la del Sagrado Corazón- alimentada por la meditación de los misterios de la vida de Cristo, impregna toda su existencia a partir de lo que ella misma llama su “conversión”, explica la historiadora.
En ese contexto, añade a Fides, Pauline comienza por ocuparse de quienes tiene más cerca, especialmente los pobres de su propio barrio. Pero desde muy joven también se implica en las misiones lejanas, en particular en China, dentro de una asociación vinculada a las Misiones Extranjeras de París cuyo objetivo declarado es “propagar la fe”. Con el tiempo, consigue organizar esa asociación de forma muy eficaz en Lyon, gracias a su gran capacidad creativa, un modelo que más tarde reproducirá en su iniciativa del Rosario.
Ya se va perfilando así el vínculo profundo entre espiritualidad mariana, compromiso social y dinamismo misionero universal que caracterizará tanto al Rosario Viviente como a la Obra de la Propagación de la Fe.
El ingenio de un método sencillo y solidario
Fundado en 1826, el Rosario Viviente responde ante todo a una necesidad muy concreta. «Nace del deseo de Pauline de que todos puedan rezar el rosario, especialmente las obreras y los pobres con los que convivía; rezar el rosario meditando los misterios de la vida de Cristo. Pero se da cuenta de que para ellos resulta muy difícil», explica Catherine Masson a Fides.
Pauline observa que el «rosario completo» solo lo rezan algunas mujeres especialmente piadosas, y en general solo cuando son mayores o tienen mucho tiempo libre. ¿Cómo llegar entonces a esa multitud de «chrétiens à gros grains» (cristianos de cuentas gruesas literalmente para indicar que son de religiosidad sencilla, ndr.), según la expresión de Pauline Jaricot recogida por la historiadora, «para reconducirlos hacia la Virgen María?»
La respuesta es a la vez audaz y sencilla. «En el Rosario Viviente tiene la idea de reunir a 15 personas, como los 15 misterios del rosario: 15 personas que se comprometen a rezar cada día una decena del rosario, meditando un misterio asignado por sorteo cada mes», resume Catherine Masson. «Así, el rosario completo se reza cada día de forma compartida y solidaria», añade, señalando que este método permite a cada persona meditar todos los misterios de la salvación «según el azar del sorteo, que además aporta simplicidad».
La historiadora subraya dos claves fundamentales de esta intuición creativa: «Pauline une el genio de la sencillez con el de la solidaridad, ya presentes en su trabajo con la Propagación de la Fe». A la simplicidad de la estructura (quince personas, una decena al día, sorteo mensual de los misterios) se suma una dimensión misionera incorporada al propio sistema. «Además, cada participante se compromete a invitar a otras cinco personas, lo que favorece una rápida expansión en distintos ambientes». Muy pronto, el vocabulario que utiliza Pauline para designar a los miembros, «dizainières», «zélatrices», se amplía a un público más amplio, cuando muchos hombres se suman rápidamente a la iniciativa, aunque durante mucho tiempo el lenguaje sigue siendo principalmente femenino.
De las decenas de la Propagación a las quincenas del Rosario
Este método no surge de la nada, sino que prolonga una experiencia organizativa previa: la Propagación de la Fe. «La Propagación de la Fe nace en relación con el instituto misionero de las Missions Étrangères de Paris (MEP), junto con la práctica del “sueldo semanal”», recuerda Catherine Masson. Se trata de «ayudar a las misiones, tanto material como espiritualmente, y fomentar las vocaciones, especialmente hacia China, país por el que Pauline y su hermano Philéas sienten gran interés desde niños».
Ya existía una asociación vinculada a las MEP; en Lyon, bajo el impulso de Philéas, «se organizan colectas». «Philéas involucró a su hermana y a sus amigas “reparadoras”», prosigue la historiadora. Pauline, por su parte, «busca cómo hacer esta acción más eficaz e inventa el “plan” asociativo que la hará famosa en todo el mundo y que, sobre todo, asegurará, independientemente de ella, el éxito de la obra».
Este «plan» se basa en una organización muy estructurada de los grupos. «Los miembros se reúnen en decenas, centenas y millares, dentro de las cuales el dinero se recoge de mano en mano; del mismo modo circula la información: solidaridad en la recaudación y en la comunicación», explica a Fides. Al parecer, Pauline pone en marcha este sistema «ya en 1818-1819», antes de que fuera adoptado y desarrollado (sin su participación directa) por los “Messieurs” de la Congregación de Lyon, convirtiéndose en su obra principal a partir de 1822, año de la fundación oficial en Francia de la Propagación de la Fe.
El éxito es «rapidísimo».
Resulta llamativo ver cómo Pauline retoma este mismo esquema en el Rosario Viviente. A las «decenas» de la Propagación corresponden las «quincenas» del Rosario; a la colecta material del sueldo semanal corresponde aquí el compromiso diario de rezar una decena del rosario, que se convierte en una forma de capital espiritual compartido. En ambos casos, la circulación de información -noticias de las misiones, informes, circulares- refuerza el vínculo entre los miembros.
Como sintetiza Catherine Masson, Pauline establece así «una solidaridad en el orden místico de la oración, en la organización de los asociados, pero también en la acción», convirtiendo sus obras en verdaderas matrices de participación laical en la misión de la Iglesia.
De Lyon a Roma: ampliando horizontes
Nacidas en Lyon, tanto la Propagación de la Fe como el Rosario Viviente superan rápidamente los límites de la ciudad. «Desde el principio estas obras nacidas en Francia adquieren una dimensión universal y reciben también un reconocimiento romano», subraya Catherine Masson. Sin embargo, los inicios no están exentos de dificultades. El clero lionés, marcado por una tradición galicana, «acusa a Pauline de llevar a cabo una “obra ilícita”, de “provocar un cisma”», justo en un momento en que se está reconstruyendo el tejido eclesial y se teme que estas iniciativas laicales puedan entrar en competencia con la autoridad clerical.
En 1822, la organización de la Propagación de la Fe pasa a manos de laicos dentro de una asociación reconocida por los obispos en Francia; recibe ya en 1823 la bendición de Pío VII, y será «posteriormente reconocida e impulsada por Gregorio XVI (1840) y por Pío X (1904)», antes de ser integrada en 1922 junto con otras Obras misioneras en las Pontificias Obras Misionales, con sede en Roma.
El Rosario Viviente es reconocido oficialmente en 1832 mediante un breve de Gregorio XVI, tras varias «peripecias», y se desarrolla a menudo en paralelo con la red de la Propagación de la Fe, «ya que los asociados son los mismos».
Pauline pasa alrededor de un año en Roma en 1836, donde se encuentra con Gregorio XVI. En ese momento proyecta trasladar a la Ciudad Eterna la sede del Rosario Viviente, proyecto que finalmente no se realiza; pero consigue, tras nuevas resistencias, que su obra quede afiliada a la Orden dominicana, tradicionalmente muy vinculada a la promoción del Rosario. Este gesto consagra institucionalmente el paso de una iniciativa nacida del genio de una laica de Lyon al seno de la gran tradición mariana de la Iglesia universal.
De la intuición de Pauline a la misión hoy
Si la “pontificalización” de las Obras no se produce hasta 1922, bajo Pío XI, lo hace en un contexto en el que el papado busca apoyar con firmeza el impulso misionero de la Iglesia. Catherine Masson recuerda el papel decisivo de Gregorio XVI, quien «conocía y admiraba personalmente a Pauline», aunque desconocía su papel exacto en la fundación de la Propagación de la Fe. También recuerda la atención de Pío IX, «impotente para sostenerla personalmente» cuando se desata la hostilidad contra ella tras el fracaso de la Obra de los obreros, una fábrica “cristiana” en Rustrel, en Provenza, nacida para devolver dignidad a los trabajadores y convertirlos en apóstoles del Evangelio, pero que terminó en bancarrota. En cuanto a Pío XI, «es conocido el apoyo que dio a las misiones»: en ese contexto se sitúa la decisión de 1922.
Hoy el Rosario Viviente sigue existiendo, con «veintenas» que han sustituido a las quincenas (tras la voluntad de Juan Pablo II de añadir cinco nuevos misterios a la oración del Rosario), con una participación variable según los países, mientras que otras formas, como las Équipes du Rosaire fundadas en 1955 por el padre Eyquem, han contribuido a custodiar esta práctica de oración mariana.
Por su parte, las Pontificias Obras Misionales llevan a escala mundial la herencia de la Propagación de la Fe y de la intuición fundadora de Pauline.
Para el arzobispo de Germay, esta intuición no ha perdido nada de su fuerza. «La intuición de Pauline Jaricot sigue plenamente vigente. Lo dijo el cardenal Tagle, que presidió su beatificación en 2022, y me alegrará mucho recibirlo de nuevo en Lyon el próximo 13 de junio», afirma en la entrevista citada. «Lo demuestran también las fraternidades que hoy se desarrollan un poco por todas partes. Se entiende cada vez más que, para ser misioneros, no basta con estar solo: es necesario vivir la fe cristiana en todas sus dimensiones y, en particular, tener una auténtica vida de oración».
Dos siglos después del nacimiento del Rosario Viviente, Lyon recuerda así que el genio de una mujer laica, atenta a los más pobres y apasionada por las misiones lejanas, sigue inspirando a una Iglesia llamada a rezar y anunciar el Evangelio como una red viva y extendida.
«Cuando León XIV, en Dilexi te, escribe que san Francisco fue el origen, con medios humildes en Asís, de un “renacimiento evangélico” y que “cambió la historia”, esto muestra que la santidad es lo primero…», observa Catherine Masson. «La institución, aunque necesaria, viene después y necesita de la santidad…». Y concluye: «¿No es esto lo que, en un contexto institucional poco favorable, ha permitido a la obra de Pauline tener la posteridad que tiene hoy y celebrar todavía, 200 años después, el nacimiento del Rosario Viviente?».
(Agencia Fides 12/6/2026)