de Marie-Lucile Kubacki
Mientras la diócesis de Saint-Denis se prepara para recibir al papa León XIV durante su viaje a Francia (del 25 al 28 de septiembre) para una vigilia de oración con los jóvenes y los catecúmenos en el Stade de France, el entusiasmo es tal que la plataforma de inscripciones se colapsó por la avalancha de solicitudes nada más abrirse. Con una historia de varios siglos, la Iglesia de Saint-Denis es también un lugar de renovación eclesial, marcada por el día a día en un entorno popular y en ocasiones humilde, pluriétnico y plurirreligioso. Ell obispo de la diócesis, Étienne Guillet, habla a Fides de su pequeña Iglesia «radiante», que bien podría convertirse en un verdadero laboratorio para la Iglesia universal.
Las inscripciones para la vigilia del papa León XIV en el Stade de France se agotaron muy rápido. ¿Qué revela este entusiasmo?
¡La primera fase se completó en hora y media! La plataforma de inscripciones se colapsó y los jóvenes siguen buscando entradas: es evidente que hay una expectación enorme. Es una gran señal para la Iglesia de Francia. El Stade de France está en Saint-Denis: ¡nos alegra mucho que el Papa venga a esta diócesis, que tiene mucho que decir y que no es un simple «anexo de París»! Se le recibirá en un territorio con su propia historia, su gente y su vida eclesial, marcada por una renovación y una creatividad singulares. Desde el estadio se ve perfectamente la basílica de Saint-Denis y el tejado de su nave.
¿Qué perfil tienen los adultos que piden hoy el bautismo en Seine-Saint-Denis?
Leer las cartas que nos envían antes de Pascua es un regalo inmenso para un obispo. Algunas personas escriben media página, otras nos cuentan diez páginas de su vida. El grupo principal tiene entre 18 y 25 años, pero no existe un único sociotipo. Una parte de los catecúmenos ha crecido en un entorno cristiano sin haber recibido el bautismo: sus padres o, con mucha frecuencia, sus abuelos les transmitieron la oración, el Evangelio o la costumbre de ir a la iglesia. En familias procedentes de Cabo Verde, pasando por Portugal sobre todo, la integración, el idioma y la adaptación relegaron a veces los sacramentos a un segundo plano durante un tiempo, porque la urgencia era otra; pero una vez asentados, estos jóvenes piden completar ese camino.
Otros no tenían casi ningún contacto con el Evangelio. Sin embargo, siempre hay un mediador: el testimonio de un amigo, de una compañera de trabajo, de una cuñada o de una vecina; una invitación a misa; una búsqueda en internet. Las redes sociales no lo son todo, pero son el lugar donde nuestros contemporáneos plantean sus primeras preguntas. Por eso hay que ofrecer respuestas sólidas, aunque el reto es cómo lograr que encuentren un contenido real y nutriente. También ocurre que una iglesia abierta, su silencio y su belleza bastan para crear un espacio donde se vive un encuentro con Dios. Un hombre contaba que, tras un día durísimo, vio un campanario desde el tren de cercanías, entró en la iglesia y encontró allí el principio de una paz que le cambió la vida. Esto nos hace reflexionar como Iglesia: nuestros templos deben poder permanecer abiertos y acoger a la gente; sin embargo, cada vez más, por razones de seguridad o de personal, muchas puertas de iglesias permanecen cerradas, incluso en lugares muy turísticos.
¿Se refleja en estos itinerarios la realidad religiosa propia del departamento?
En general, alrededor del 15% de las cartas proceden de personas que han crecido en un entorno musulmán o muy cercano al Islam: o bien iban a la mezquita, o uno de sus padres es musulmán. En su camino también hay encuentros y búsquedas en internet, pero es muy habitual que mencionen un sueño o una experiencia espiritual fuerte. Quizá desconcierte a nuestra racionalidad occidental, ¡pero los sueños atraviesan toda la Biblia!
Las cartas muestran también a personas de clase media y de entornos populares de origen francés a los que a la Iglesia le costaba más llegar en los últimos tiempos: funcionarios, empleados, artesanos. Su presencia matiza la idea de que estos bautismos respondan a una afirmación identitaria o a una reacción contra otro grupo religioso. Lo que describen estos relatos no es una lucha ideológica, sino ante todo la alegría del encuentro con Cristo. Muchos sitúan el despertar de su fe en un momento de prueba: un duelo, una enfermedad, el desempleo, el desánimo. Es ahí cuando comprenden de forma existencial qué significa Jesús Salvador: no como un concepto abstracto, sino como alguien que viene a rescatarte cuando te estás ahogando por dentro y te devuelve el deseo de seguir adelante y de amar.
¿Tiene impacto la presencia musulmana en la forma en que los cristianos afirman su fe?
En Seine-Saint-Denis, los musulmanes han ayudado a quitar los complejos a la hora de hablar de Dios y de asumir la propia fe. Los jóvenes cristianos, que son minoría, pueden decir abiertamente que son cristianos y sentirse felices de serlo; les preguntan, a veces los ponen a prueba, pero eso no genera un clima de guerra religiosa, aunque desde fuera la gente suele tener la impresión contraria. En barrios populares con mucha mezcla, creer en Dios se valora y se respeta a menudo. Se trata, como dice la primera carta de Pedro, de «dar razón de la esperanza que hay en nosotros».
Esta orgullo se enmarca en un catolicismo minoritario, pero vivo y sin agresividad. La Marcha por Jesús, impulsada en un principio por los evangélicos, nos hizo descubrir esta realidad. Antes de que la institución decidiera si iba a participar, todos los jóvenes ya se habían sumado. Los coros de nuestras parroquias cantaron allí con alegría. Asumir la propia fe no significa entablar un pulso; es llevar con paz lo que uno es.
Menciona la llegada de nuevos catecúmenos, los sueños, la alegría de vivir en comunidad... ¿Se están actualizando los Hechos de los Apóstoles en Seine-Saint-Denis?
Sí. En los nuevos comienzos de la Iglesia volvemos a encontrar los sueños, las llamadas, las comunidades que se forman y los relatos de gracia. Los Hechos de los Apóstoles son una relectura de fe del nacimiento de la Iglesia, casi paradigmática para cualquier comunidad en crecimiento. Y hoy los catecúmenos nos recuerdan realidades muy parecidas: la fe nace de los encuentros, de la oración, de la Palabra, del compartir y de una alegría misionera. Son historias de rescate y de gracia.
¿Cómo transforman estos nuevos bautizados las parroquias y renuevan la mirada sobre la misión?
El reto es su integración real. En las parroquias hay dos frases que corren el riesgo de desanimar a quien acaba de llegar: «siempre se ha hecho así» y «no necesitamos a todo el mundo». Hay que hacer todo lo contrario: identificar a cada persona, hacer que la conozcan y la reconozcan, y darle confianza pronto. ¿Por qué esperar dos años antes de proponerle a alguien que lea, cante, acoja, sirva o participe en una obra de caridad? Las comunidades evangélicas nos dan a menudo un buen ejemplo a seguir al otorgar responsabilidades desde el primer momento.
La integración es un camino en ambas direcciones. Los cristianos de toda la vida deben hacer sitio a los recién bautizados; pero quienes llegan entran también en una comunidad que tiene una historia, una sabiduría, unos ritmos y unas tradiciones. Sin embargo, es una prioridad, porque algunos, tras un catecumenado muy arropado, se desaniman después por falta de lazos. La gracia sacramental sigue actuando, pero bien sabemos que un cristiano solo es un cristiano en peligro.
Por eso, a nivel de la provincia de Île-de-France, estamos pensando en itinerarios para neófitos, en grupos que continúen tras el bautismo y en una integración más temprana en la vida parroquial. La misa del domingo es indispensable, pero no siempre basta: se puede entrar y salir de ella en el anonimato. Todo el mundo necesita también un grupo pequeño donde le conozcan, donde noten su ausencia, donde alguien le llame por teléfono. Hay que ayudar a la gente a discernir sus talentos y sus carismas desde el principio: «Eres bienvenido; necesitamos lo que tú aportas».
Hay cincuenta maneras de dar un lugar. Un equipo de seguridad, de catequesis, un coro o el servicio de limpieza regular pueden convertirse en un lugar de amistad, de oración y de fidelidad. La vida cristiana une el lazo vertical con Dios (liturgia, oración, piedad popular) y el lazo horizontal con los hermanos. Esos dos ejes forman la cruz.
La Iglesia en Saint-Denis tiene una historia de más de 1700 años: ¿les dice algo a estos nuevos fieles?
La historia diocesana es diversa: San Dionisio (Saint Denis), que fue el primer obispo hacia el año 250, y sus compañeros; la basílica medieval; la necrópolis real que alberga los restos de 70 soberanos; la vida monástica, el gótico y sus vidrieras; y, más recientemente, la historia de las migraciones, la pobreza, los curas obreros... Pero el aspecto que cala especialmente en los catecúmenos es el de San Dionisio como misionero, bautizador y mártir. La tradición nos lo presenta, junto al sacerdote Rústico y al diácono Eleuterio, llegando a Lutecia para anunciar el Evangelio y celebrar allí los primeros bautismos. La gente conecta enormemente con esa dimensión de martirio auténtico y profundamente misionero. Concluir una celebración en el coro de la basílica, cerca de sus reliquias, conecta la actualidad de la Iglesia con su punto de partida: acoger la salvación y ser misionero en un mundo complejo y a veces arriesgado; es algo que los fieles aprecian mucho.
La aguja de la basílica se está reconstruyendo actualmente y nos hemos ofrecido a financiar cuatro campanas nuevas, lo cual es una locura porque somos muy pobres. Pero detrás de este proyecto está el deseo de dar una forma visible a esa continuidad. Una aguja en arquitectura es como un dedo índice: te invita a levantar los ojos al cielo, aunque en el gótico esté anclada al suelo, donde tenemos la tarea de empezar a construir el Reino. Las campanas que nos gustaría fundir en la plaza, frente a la iglesia, como se hacía antiguamente, anunciarán la alegría, la oración, los bautismos, las bodas, los duelos y la paz. Al mismo tiempo, la basílica ve renacer la peregrinación medieval a la tumba de San Dionisio, que había caído en cierto desuso. Cada vez vienen más grupos de parroquias, colegios y centros juveniles; hay que ofrecerles un verdadero itinerario cristiano, que no hable solo del arte gótico, sino que lleve también a la oración.
¿Qué espera de la visita de León XIV?
En primer lugar, una enorme alegría y orgullo. Los representantes públicos, incluidos los no cristianos, han acogido la noticia con entusiasmo: ven en ella un bien para los cristianos, pero también para todo el territorio. Varios de ellos desean escuchar un mensaje que vaya más allá del ámbito estrictamente católico. Ya han podido apreciar la valentía geopolítica del Papa y comprender que sus palabras van más allá y anuncian algo capaz de elevarnos a todos.
Por su parte, la comunidad musulmana de Seine-Saint-Denis se sintió muy conmovida por su viaje a Argelia y la etapa en Annaba, siguiendo los pasos de San Agustín. Muchos de ellos son cabilios y Agustín es para ellos una figura tutelar. Nuestra Iglesia se parece en el fondo a la Iglesia de Argelia: pequeña, en un contexto que no siempre es sencillo, pero profundamente radiante.
En una Seine-Saint-Denis marcada por la pobreza, el cosmopolitismo y la pluralidad religiosa (musulmanes, judíos, sikhs, budistas y cristianos), este acontecimiento puede convertirse también en un signo de paz. Queremos formar en nuestros trece colegios e institutos católicos, pequeños grupos de «embajadores del Papa»: dos jóvenes católicos invitarán a ocho compañeros no católicos. Se prepararán juntos para la vigilia con el Papa, participarán en ella y luego transmitirán en sus aulas lo que hayan escuchado. Este gesto modesto expresa una convicción: las religiones no están destinadas a alimentar la guerra; tienen también, y ante todo, la misión de construir la paz. Una Iglesia minoritaria puede seguir siendo alegre, audaz y creadora de puentes.
(Agencia Fides 13/08/2026).