de Laura Gómez Ruiz
Portoviejo (Agencia Fides) – América Latina sigue siendo de las zonas donde la misión vital y concreta de la Iglesia se encuentra con los deseos y necesidades reales de las nuevas generaciones y familias, y los abraza. En barrios populares, comunidades rurales y territorios afectados por la desigualdad, miles de escuelas católicas acompañan cada día a niños, adolescentes y jóvenes ofreciendo no solo formación académica, sino también espacios de acogida, crecimiento humano y acompañamiento espiritual.
Para la comunidad eclesial, educar significa mirar a la persona en su totalidad: ayudar a cada alumno a descubrir su dignidad, desarrollar sus capacidades y crecer humana y espiritualmente, no solo en conocimientos, sino también en valores y responsabilidad hacia los demás.
El Consejo Episcopal Latinoamericano y Caribeño (CELAM) ha subrayado en diversas ocasiones el papel de la educación como instrumento de promoción humana y transformación social. Desde esta perspectiva, la escuela católica busca acompañar especialmente a quienes viven en situaciones de mayor vulnerabilidad, convirtiéndose en un espacio de inclusión y esperanza que forme generaciones capaces de construir una sociedad más justa y solidaria.
Esta misión, desafiante y estimulante, florece gracias al compromiso de numerosas congregaciones religiosas, docentes y comunidades educativas que mantienen su presencia allí donde las necesidades sociales son más urgentes. Para muchas familias, la escuela católica representa un punto de referencia que acompaña a los alumnos, no solo a través del conocimiento, sino también a través del descubrimiento de la responsabilidad hacia los demás y de los tesoros que pueden hacer felices los corazones más allá de toda expectativa.
Las periferias educativas: pobreza, desigualdad y nuevas brechas
Esta labor educativa se desarrolla en una región donde millones de niños y jóvenes siguen enfrentando obstáculos que condicionan sus oportunidades de futuro. Aunque América Latina ha avanzado en el acceso a la educación, la pobreza y la desigualdad continúan marcando las trayectorias escolares.
Según UNICEF, cerca de 12 millones de niños, niñas y adolescentes de entre 7 y 18 años están fuera del sistema educativo en América Latina y el Caribe. La situación es especialmente preocupante en la educación secundaria superior, donde 7,2 millones de jóvenes permanecen fuera de la escuela, frente a 2,6 millones en la educación primaria y 2,5 millones en la secundaria inferior.
La pobreza continúa siendo uno de los factores que condicionan las oportunidades educativas de millones de niños y jóvenes. Según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), cuatro de cada diez menores de 15 años viven en situación de pobreza en América Latina y el Caribe, una realidad que limita sus posibilidades de desarrollo y el acceso efectivo a derechos fundamentales.
Las desigualdades económicas también condicionan las posibilidades de completar los estudios. Según el informe regional “Inclusión y educación: todos y todas sin excepción”, elaborado por el Global Education Monitoring Report (GEM) de la UNESCO, junto a la Oficina Regional de Educación para América Latina y el Caribe (OREALC/UNESCO Santiago) en 21 países de la región los jóvenes pertenecientes al 20% de los hogares con mayores ingresos tienen, en promedio, cinco veces más probabilidades de completar la educación secundaria superior que aquellos del 20% más pobre.
El mismo informe advierte que solo el 63% de los jóvenes logra finalizar la educación secundaria y que uno de cada dos estudiantes de secundaria no alcanza el nivel mínimo de competencia en lectura.
A estos desafíos se suma hoy la desigualdad en materia tecnológica. La expansión de las herramientas digitales abre nuevas oportunidades educativas, pero también puede generar nuevas formas de exclusión para quienes no cuentan con conectividad, dispositivos o formación suficiente para utilizarlas.
Las periferias educativas tienen muchos rostros: comunidades rurales alejadas, barrios urbanos vulnerables, familias que afrontan cada día las consecuencias de la pobreza… Es precisamente en estos contextos donde la presencia de la escuela católica adquiere una dimensión misionera: permanecer cerca, ofrecer oportunidades y construir futuro.
Ecuador: una escuela que volvió a nacer en Playa Prieta
En la provincia ecuatoriana de Manabí, en la comunidad rural de Playa Prieta (parroquia Riochico, cantón Portoviejo), la Unidad Educativa Sagrada Familia, dirigida por las Siervas del Hogar de la Madre, es un ejemplo concreto de esta misión educativa en las periferias.
En 2006, el entonces arzobispo de Manabí, monseñor José Mario Ruiz Navas, pidió a la congregación hacerse cargo de un centro educativo que contaba entonces con 180 alumnos y estaba en riesgo de cerrar. La llegada de las religiosas inició un proceso de renovación que transformó progresivamente la escuela.
Con los años, el centro amplió su propuesta educativa: de una escuela que ofrecía únicamente educación primaria pasó a acompañar a los alumnos desde los 4 años hasta la finalización del bachillerato. Actualmente, la Unidad Educativa Sagrada Familia cuenta con 455 estudiantes y se ha convertido en un referente para muchas familias de Playa Prieta y sus alrededores.
Pero la historia del colegio está también marcada por una herida profunda. El 16 de abril de 2016, un terremoto devastó la provincia de Manabí y destruyó el edificio principal de la escuela, donde se encontraba también la residencia de las religiosas. En aquella tragedia fallecieron la Sierva de Dios Hna. Clare Crockett y cinco jóvenes de la comunidad (véase Fides 18/04/2016 y 14/11/2024).
La destrucción parecía poner en riesgo la continuidad de la obra educativa. Sin embargo, diez años después, aquel lugar de sufrimiento se ha convertido en un signo de reconstrucción y esperanza. Con la ayuda de numerosos benefactores, el colegio fue reconstruido y en el mismo lugar donde ocurrió la tragedia se levantó una capilla-santuario que hoy ocupa un lugar central en la vida de la comunidad educativa.
“Pensaba que después del terremoto no iba a haber nada aquí, que las hermanas se iban a ir. Pero vino la reconstrucción y tenemos un colegio mejor que el de antes”, recuerda Anaún Antonio Barreiro, padre de familia cuyos hijos estudian en la Unidad Educativa Sagrada Familia.
Para muchas familias de Playa Prieta, la presencia de las religiosas ha significado una transformación que va más allá de las aulas. “Yo no conocía a Dios. Gracias al Hogar de la Madre he conocido a Dios, he cambiado mi vida, mi familia, y gracias a eso he podido educar a mis hijos”, añade Barreiro.
También los docentes, de los cuales algunos son antiguos alumnos de la escuela, destacan esta dimensión integral de la educación. “Nos preocupamos por los estudiantes, no solo para que aprendan, sino también para que conozcan la experiencia de la fe y crezcan en ella”, afirma Jennifer Moreira, profesora y encargada del área de psicología del centro.
Educar para el futuro: una misión que continúa
La experiencia de la Unidad Educativa Sagrada Familia refleja una realidad presente en muchas escuelas católicas de América Latina: educar hoy significa responder a desafíos que van más allá del aula. Junto a la transmisión de conocimientos, las instituciones educativas están llamadas a acompañar a niños y jóvenes en un mundo marcado por profundos cambios sociales, culturales y tecnológicos, donde las desigualdades siguen condicionando sus oportunidades.
Los desafíos son numerosos: garantizar una educación de calidad, reducir las brechas que afectan a los sectores más vulnerables e integrar las nuevas herramientas tecnológicas sin dejar atrás a quienes cuentan con menos recursos. Pero, junto a estos retos, permanece la necesidad de una educación que mire a la persona en su totalidad y que construya vínculos capaces de sostener a las nuevas generaciones.
Por ello, la educación católica busca integrar las herramientas del presente sin perder de vista la dimensión humana de la enseñanza. La formación integral, el acompañamiento personal, la educación en valores y la construcción de comunidades son elementos centrales de su misión.
En lugares como Playa Prieta, la escuela no es solamente un espacio donde se aprende una materia o se prepara un futuro profesional. Es también un lugar donde niños y jóvenes encuentran acogida, descubren sus capacidades y crecen acompañados por una comunidad. Nos recuerda que educar en las periferias significa sembrar esperanza. Allí donde las dificultades podrían cerrar caminos, la presencia de la comunidad eclesial continúa ofreciendo una propuesta educativa que une aprendizaje y redescubrimiento de la propia dignidad y fe.
(LGR) (Agenzia Fides 11/08/2026)