La buena semilla de las experiencias misioneras de “Wecare”/I - El corazón de los jóvenes y el impacto del encuentro con la realidad

miércoles, 23 septiembre 2026 desarrollo   jóvenes   animación misionera   voluntariado  

Wecare

Benedetta y Camilla al centro, en Brasil

Por Laura Gómez Ruiz

Roma (Agencia Fides) – Dejar durante unas semanas la propia casa y las propias “zonas de confort”, aventurarse en otro país y compartir tiempo y trabajo con personas cuya vida es muy diferente. Para algunos jóvenes, las vacaciones pueden convertirse en una experiencia de encuentro y proximidad con realidades lejanas, donde todo puede convertirse en una ocasión para hacerse preguntas sobre sí mismos, sobre los demás y sobre los deseos que albergan en el corazón.
Es lo que ocurre a menudo en las experiencias misioneras promovidas por “Wecare”, una realidad italiana cuyas raíces se remontan a hace dos décadas y que cada año reúne a numerosos jóvenes en proyectos en Italia y en otros países.

Un comienzo peruano

La historia comenzó en 2005, cuando Fernando Lozada Baldoceda, iniciador de las experiencias de voluntariado en el extranjero y hoy director de Wecare, organizó un primer viaje a Perú con tres universitarios. “Fue el primer intento de un viaje de voluntariado”, recuerda. En 2006 la experiencia comenzó a estructurarse como grupo y, con el paso de los años, fue creciendo hasta reunir a decenas de jóvenes. En 2011 se creó una estructura jurídica para sostener el proyecto y, después de distintas etapas y de la ampliación de las actividades también en Italia, en 2023 nació Wecare con la forma que tiene actualmente.

Los descubrimientos de Camilla y Benedetta

Pero para Fernando, más que la evolución de una organización, estos veinte años cuentan la historia de jóvenes que han descubierto que tienen un tesoro que compartir y han elegido ponerse en juego.

“Hay mucha más alegría en dar que en recibir”, explica Camilla, de Roma, que después de participar en una experiencia en Argentina en 2025 ha decidido volver este año, esta vez a Brasil. “Elegí participar una segunda vez porque esta experiencia no ayuda solamente a los demás, sino también a mí misma”, cuenta. El contacto con los demás permite, dice Camilla, “tocar fibras de ti que en la vida cotidiana no tocas” y conocerse de una manera diferente.

En Brasil, uno de los encuentros que más la marcó fue el de la comunidad de Milan dos Coelhos. “Lo que más me impresionó fue el amor que rodeaba a la comunidad”, recuerda. En particular, le impresionó el modo en que las personas se preocupaban por Evinho, un anciano de la comunidad. Esto le hizo descubrir que, incluso teniendo muy poco, no les faltaba lo que para ella es el valor más importante: “el amor al prójimo, la proximidad y la ayuda gratuita”.

Al regresar, esa experiencia había cambiado también su manera de mirar su propia vida. “He vuelto con una mayor conciencia y con más ganas de ayudar a los demás”, explica. La experiencia, añade, “ha redimensionado mis prioridades” y le ha hecho comprender mejor aquello por lo que merece la pena luchar. También se siente “más agradecida por lo que tengo y por lo que me rodea”.

También Benedetta ha elegido volver a partir. Después de Perú en 2022 y Camerún en 2025, este año ha vuelto a partir hacia Brasil. La frase “Hay más alegría en dar que en recibir” ha acompañado sus experiencias. “Me siento afortunada, recibo mucho cada día y quería comprender qué significa realmente dar”, explica.

Durante las semanas de la experiencia, dice, “uno se despoja de la materialidad y vive para dar energía, amor y sonrisas” a una comunidad que ha recibido mucho menos. Pero la experiencia de la gratuidad se refleja también en el grupo de voluntarios y los implica en la percepción de haberse convertido en una única familia con las personas a las que han venido a conocer y servir. Uno de los momentos que más recuerda no está relacionado con una tarea concreta, sino con una escena que redujo de repente la distancia que había percibido al llegar.

Mientras recorría una comunidad de Recife, vio viviendas sobre palafitos, apenas sostenidas sobre un río lleno de residuos. “Sentí una distancia enorme”, recuerda. Después vio a dos niñas descalzas y a un niño pequeño que buscaba la mano de su hermana. El gesto le recordó su propia infancia, cuando buscaba la atención de su hermano mayor. En aquel momento reconoció algo de sí misma en aquel niño. “Me hizo comprender que ese niño podía haber sido yo”, explica. “Es lo que hace Wecare: acortar esa distancia que percibimos”, explica.

Después de estas experiencias, Benedetta ha aprendido también a mirar de otra manera la vulnerabilidad. “Estas personas y estos niños muestran sus vulnerabilidades con una sonrisa”, cuenta. Esto la ha ayudado a compartir sus propias debilidades, alegrías y miedos “sin vergüenza”, construyendo una relación de confianza tanto con la comunidad como con los demás voluntarios.

Nada se da por descontado ni es “automático”

Para Fernando Lozada Baldoceda, precisamente ahí reside una de las posibilidades que ofrecen estas experiencias. Al salir de casa y de las seguridades habituales, los jóvenes se encuentran en un contexto diferente, junto a otros jóvenes y en contacto directo con realidades de pobreza y dificultad. A ello se añade un recorrido de reflexión inspirado en los valores del Evangelio. “Los jóvenes participan en proyectos que tienen un impacto real y significativo”, señala. No se trata simplemente de realizar una pequeña tarea para sentir que se ha colaborado, sino de poder intervenir directamente en proyectos concretos y “tocar con las manos la ayuda” que se ofrece y se recibe.

La buena semilla y las frases hechas

Wecare define este recorrido como una experiencia de “pre-evangelización”: no se trata de una catequesis, sino de abrir interrogantes sobre la propia identidad, el amor, la amistad, el sufrimiento, la felicidad, la misión y la vocación.

Lozada Baldoceda insiste en que nada de todo esto sucede automáticamente. Cada joven sigue siendo libre a la hora de vivir la experiencia, de decidir cuánto dejarse interpelar por ella y qué hacer después con lo que ha descubierto. En sus palabras, el viaje es un “contexto propicio” para mirar hacia dentro. Pero “nada es automático, todo está ligado a la libertad de cada uno, al hecho de que quiera utilizar bien su tiempo, ser generoso y mirarse hacia dentro con profundidad”.

La experiencia, además, no pretende producir una transformación inmediata. Dos semanas no pueden cambiar de un día para otro una manera de pensar y de vivir construida durante años. Lo que Fernando observa es algo más profundo y más discreto: “una mayor conciencia de quién es cada joven, una mayor gratitud y una nueva capacidad de mirar la propia vida con misericordia y reconocer su valor”.

Es como una semilla, explica. “Algo se siembra” y después dará fruto “en el tiempo de cada joven y según cómo cuide esa semilla”. Lo que permanece no tiene por qué traducirse inmediatamente en una nueva actividad o en una decisión visible. “La esperanza es que quede en el corazón la conciencia del valor precioso de la propia vida y de las cosas bellas que se pueden hacer con ella”, afirma.

Después de tantos años acompañando estas experiencias, su mirada sobre los jóvenes está lejos de los prejuicios y de las frases hechas sobre la “generación incapaz de comprometerse”. Fernando no cree que entre las nuevas generaciones se haya apagado el deseo de ser felices, hacer el bien o vivir con radicalidad. “Si se critica a los jóvenes, no es porque su corazón no desee la radicalidad, hacer cosas buenas, hacer cosas bellas”, sostiene.

“Si los adultos lo hacen todo en su lugar –explica-, pueden terminar sin confiar en la capacidad de los jóvenes para afrontar las dificultades, asumir responsabilidades y crecer por sí mismos”. El papel de los adultos debería ser, en cambio, acompañarlos y crear las condiciones para que puedan elegir libremente una vida entregada a los demás.

Camilla volvió de Brasil con prioridades diferentes y Benedetta descubrió que una escena aparentemente sencilla podía hacer desaparecer la distancia entre dos mundos. Sus experiencias muestran, desde dos historias distintas, aquello que Fernando ha visto repetirse durante años: cuando se ofrece a los jóvenes un espacio real para servir, para encontrarse con otros y para afrontar dificultades, aparece también una capacidad de entrega que no siempre se ve en la vida cotidiana. La experiencia, entonces, no termina necesariamente cuando termina el viaje. Puede quedar una pregunta, una gratitud, una mirada nueva o simplemente una semilla que todavía necesita tiempo para crecer.
(Agencia Fides 23/09/2026)

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Los jóvenes voluntarios trabajando

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Benedetta durante su experiencia en Brasil

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Camilla durante su experiencia este verano

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