“Así es como Suecia vuelve a descubrirse, muy humildemente, como ‘tierra de misión’”

viernes, 26 junio 2026 misión   obras misionales pontificias   ecumenismo   secularización  

por Marie-Lucile Kubacki

Estocolmo (Agencia Fides) – Suecia está redescubriendo silenciosamente su identidad como tierra de misión, también ad gentes. Y así lo percibe a diario Anna Bieniaszewski Sandberg.
Como directora nacional de las Obras Misionales Pontificias para los países nórdicos, Bieniaszewski Sandberg une una infancia católica polaca vivida bajo el comunismo, su llegada como refugiada a una Suecia secularizada y una amplia experiencia en el periodismo y la comunicación diocesana.
Su trayectoria le ha permitido desarrollar una mirada clara y concreta sobre el encuentro entre fe, cultura y política en la sociedad sueca, así como sobre el significado de la missio ad gentes cuando el propio país se ha convertido en territorio de misión.

- ¿Dónde comienza su camino de fe y cómo llegó a Suecia?
- Comienza con mi nacimiento y mi bautismo en Varsovia durante la época comunista. La Iglesia en Polonia era muy fuerte a pesar de la persecución; era el lugar al que la gente acudía para sentirse libre y segura. Crecí en un ambiente profundamente católico: mi abuela me llevaba a la iglesia y al catecismo, y me uní a un movimiento juvenil católico en el periodo en que mi padre fue encarcelado por su implicación en el sindicato Solidarność. Esa comunidad me arraigó profundamente en la fe.
Llegamos a Suecia en 1984 como refugiados políticos -mis padres y yo-. Al principio, en el campo de refugiados, teníamos visitas regulares de un sacerdote y una verdadera vida eclesial compartida. Pero una vez instalados en nuestro apartamento en Estocolmo, el único contacto con la Iglesia era la misa dominical.
Busqué una comunidad juvenil católica sin encontrarla y, durante años, viví como una católica “de precepto dominical”, yendo a misa los domingos y fiestas, pero sin una verdadera vida comunitaria. Estudié Derecho y después Periodismo, y trabajé durante quince años en Dagen, un diario cristiano ecuménico, como la única católica en la redacción. Más tarde escribí al obispo Anders Arborelius ofreciéndole mis servicios, y fui contratada para la oficina de comunicación de la diócesis —lo que considero la siguiente etapa de mi camino de fe: servir a la Iglesia desde dentro.

- ¿Cómo describiría la situación eclesial y espiritual en Suecia hoy?
- Cuando llegué, el catolicismo era casi invisible. Hubo un momento significativo cuando Juan Pablo II visitó Suecia a finales de los años 80 y los católicos pudieron reunirse públicamente para la misa. Pero, históricamente, después de la Reforma, el catolicismo fue prohibido, y solo a finales del siglo XVIII se concedió a los católicos extranjeros el derecho a practicar su fe en Suecia.
Hasta 1951, los católicos no podían ser médicos, enfermeros o maestros, y las comunidades religiosas estaban prohibidas. Santa Isabel Hesselblad, la primera santa sueca moderna, tuvo que llamar a su primera fundación “casa de reposo para señoras”, porque los conventos eran ilegales. Para muchos suecos, la Iglesia católica era algo exótico y extraño.
Con el tiempo se desarrolló una profunda cultura secularizada. La respuesta típica a la pregunta «¿Crees en Dios?» era -y sigue siendo-: «No, pero creo que hay algo». La gente ama la naturaleza -bosques y montañas- y allí siente que debe existir «algo más grande», pero no lo llama Dios.
Al mismo tiempo, Suecia se ha convertido en un importante país de inmigración. Alrededor del 20% de la población tiene hoy un origen distinto, y muchos de estos nuevos llegados son creyentes: católicos, cristianos ortodoxos y musulmanes. El islam es la mayor religión minoritaria del país, después de la Iglesia de Suecia (luterana). Esto ha cambiado el panorama: la fe en Dios ya no es tan rara.

- Sin embargo, usted habla de un fuerte clima antirreligioso. ¿De dónde proviene?
- Hay varios niveles. En primer lugar, siglos de anti-catolicismo tras la Reforma. Luego, en el siglo XX, el auge de la socialdemocracia. Gracias a ella, Suecia construyó un Estado social impresionante: educación gratuita, comedores escolares, seguridad social, semana laboral de 40 horas, cinco semanas de vacaciones y un fuerte énfasis en la igualdad. Pero también hubo un fuerte elemento antirreligioso. Históricamente, la Iglesia luterana estaba estrechamente ligada a las élites y autoridades. Una pariente sueca muy cercana a mí, convencida socialdemócrata y desconfiada de toda forma de religión, creció con esta percepción: en su pueblo el pastor aparecía como una figura de poder, no de servicio. Otra pariente, nacida fuera del matrimonio, fue humillada y mantenida a distancia por la Iglesia. Para muchos suecos de clase trabajadora, la religión -especialmente el cristianismo- se ha convertido en sinónimo de injusticia social y humillación. Marx y Engels, con su visión de la religión como ‘opio del pueblo’, han reforzado esta percepción. Todo esto alimenta la idea de que las personas secularizadas son de algún modo ‘superiores’ y más racionales que los creyentes.
Esto tiene consecuencias aún hoy. Muchos católicos querrían ser misioneros en su vida cotidiana y se sienten orgullosos de su fe, pero temen las reacciones e incluso el ridículo. El discurso público puede ser a veces hostil hacia la religión, especialmente hacia el cristianismo, aún asociado a las Cruzadas, el colonialismo y el poder. Al mismo tiempo, criticar abiertamente el islam se percibe como racismo, por lo que la hostilidad suele dirigirse hacia el cristianismo.
Una de mis hijas, por ejemplo, descubrió en el instituto que tenía más en común, desde el punto de vista religioso, con sus compañeros musulmanes que con los estudiantes suecos secularizados. Algunos profesores eran abiertamente antirreligiosos, especialmente en las ciencias sociales. Ser explícitamente contrario a la religión se considera normal y aceptable. Esto hace que los jóvenes católicos sean más discretos; no siempre dicen que son católicos porque no quieren ser juzgados.

- Usted describe los países nórdicos como tierras de misión. ¿Qué significa esto?
- Tradicionalmente pensamos en la missio ad gentes como algo en África o Asia. Pero desde el punto de vista de la Iglesia, los países nórdicos son también territorios de misión. Cuando empecé a trabajar con Missio, las Obras Misionales Pontificias, esto se hizo muy evidente. Durante mucho tiempo, Missio aquí ha funcionado sobre todo como una estructura de recaudación de fondos: por ejemplo, distribuíamos las “bandas de bendición” de la Epifanía encargadas desde Suiza, y la Jornada Mundial de las Misiones era principalmente una colecta. Ni siquiera en la curia diocesana mucha gente sabía realmente qué era Missio.
Hace algunos años, la Conferencia de los Obispos Nórdicos decidió relanzar Missio y pidió al obispo de Islandia que se hiciera cargo. Se nombró un director nacional y se invitó a delegados de cada país nórdico a Islandia para una formación. Se nos dijo que nuestra tarea sería promover las misiones tradicionales en África, Asia, etc. Y lo es, naturalmente. Pero también hubo que reconocer -y eso fue lo que dijimos casi de inmediato- que «nosotros mismos somos territorio de misión. Necesitamos misioneros aquí». Suecia está extremadamente secularizada y hoy se habla de “analfabetismo religioso”. Muchos niños y jóvenes realmente no saben quién es Jesús ni por qué celebramos la Navidad. El cristianismo es para ellos como una mitología lejana.
Sí, apoyamos con convicción las misiones en el extranjero, incluso en contextos muy difíciles como Mongolia u otros países asiáticos. Recaudamos fondos y promovemos la solidaridad bajo la guía de las Obras Misionales Pontificias. Pero al mismo tiempo debemos redescubrir nuestro propio país como campo de misión. El Evangelio de Jesús que envía a los apóstoles «a todo el mundo» incluye también nuestro pequeño rincón “en el fin del mundo”, en Suecia.

- ¿Cómo vive concretamente esta doble dimensión?
- Promover la missio ad gentes significa dos cosas: apoyar las misiones en África, Asia y otros lugares, y al mismo tiempo despertar una conciencia misionera aquí. La misión no es solo “allí lejos”, sino también en el lugar de trabajo, en la escuela, en el barrio. Uno de los principales obstáculos es el miedo. Por eso debemos ayudarnos a vivir la fe como servicio humilde.
En este sentido, contar con un obispo como el cardenal Anders Arborelius es un gran don. Es muy firme en su identidad católica y, al mismo tiempo, profundamente ecuménico y abierto al diálogo interreligioso. Los medios de comunicación y la sociedad lo perciben como un hombre que no busca el poder, sino que irradia amor y humildad. Esto cambia la imagen de la Iglesia y prepara el terreno para la misión.
Existe además una hermosa paradoja: durante mucho tiempo, las Obras Misionales Pontificias contribuyeron a enviar misioneros a África, Asia y otras partes del mundo. Ahora son los países occidentales los que reciben misioneros. En mi parroquia de la catedral en Estocolmo, por ejemplo, tenemos misioneros nigerianos de la Sociedad de San Pablo. Sin sacerdotes procedentes de lo que antes eran “países de misión”, varias parroquias suecas no podrían funcionar. Es la Iglesia como un único gran cuerpo, en el que los dones circulan: hemos formado sacerdotes que se han ido, y ahora sus Iglesias nos envían sacerdotes a nosotros. Es una imagen hermosa de la missio ad gentes hoy y de una Suecia que redescubre, con mucha humildad, su condición de tierra de misión.
(Agencia Fides 26/6/2026)


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