Nzama (Agencia Fides) – La memoria de los primeros misioneros, el don de dos nuevos sacerdotes y la llamada a reconocer en cada bautizado a un enviado de Cristo han sido los ejes de la celebración nacional por los 125 años de presencia estable de la Iglesia católica en Malawi.
La solemne celebración eucarística ha tenido lugar el sábado 19 de septiembre en la parroquia de Santa María de Nzama, en la diócesis de Dedza, un lugar vinculado a los orígenes de la presencia católica en el país. El arzobispo Fortunatus Nwachukwu, secretario del Dicasterio para la Evangelización y delegado especial de la Santa Sede, ha presidido la liturgia, durante la cual dos candidatos han sido ordenados sacerdotes. En sus palabras de saludo, el arzobispo nigeriano ha transmitido a los fieles de Malawi la bendición del Papa León XIV y el saludo del Dicasterio misionero.
El Jubileo se remonta a 1901, año en que comenzó la labor misionera que sembró la semilla de la que surgiría la Iglesia católica local.
Durante la celebración se ha recordado especialmente la labor de los Misioneros de África, conocidos como Padres Blancos, de los misioneros monfortanos y de otros evangelizadores que llegaron para anunciar el Evangelio en una tierra entonces lejana y desconocida.
Sin embargo, el aniversario no se ha vivido como una simple conmemoración histórica. En su homilía, el arzobispo Nwachukwu ha destacado el vínculo entre el sacrificio de los primeros misioneros y la responsabilidad misionera que hoy corresponde a las comunidades católicas de Malawi. Al recordar a quienes dejaron a sus familias y sus países de origen para afrontar enfermedades, aislamiento y la incertidumbre de no poder regresar a su patria, el arzobispo ha señalado: «La mayoría de ellos partió sin saber si algún día podría volver a casa. Su partida fue como morir. Y muchos de ellos murieron». A continuación, ha citado el Salmo 126,6: «Al ir, va llorando, llevando la semilla que ha de sembrar; al volver, vuelve cantando, trayendo sus gavillas».
Estas palabras, ha explicado, ofrecen la clave espiritual del Jubileo. «Hoy celebramos los frutos de su sacrificio. Hoy somos nosotros las gavillas de lo que ellos sembraron»: los católicos de Malawi son fruto de aquella semilla del Evangelio arrojada en medio del sufrimiento, la pobreza y la entrega desinteresada de aquellos misioneros. Por eso, la gratitud hacia los pioneros de la misión no puede reducirse a una conmemoración: se expresa en la fidelidad al Evangelio y en el compromiso de custodiar y difundir la «vida nueva» que nos ha sido transmitida.
En este contexto, la ordenación de los dos nuevos sacerdotes ha adquirido también un significado especialmente elocuente. Ha sido presentado como un signo de la fecundidad de la misión y de la madurez alcanzada por la Iglesia local. «La ordenación de estos dos hermanos nuestros, que no habría sido posible sin ellos, es un tributo apropiado a la memoria de sus esfuerzos y su sacrificio», ha afirmado Nwachukwu, relacionando directamente la labor de los primeros misioneros con el surgimiento de nuevas vocaciones entre el pueblo malauí.
Al dirigirse a los dos ordenandos, el arzobispo ha recordado que el presbiterado es un ministerio de servicio. Cristo sigue siendo el único Sumo Sacerdote, mientras que todo el pueblo de Dios participa, por medio del Bautismo, de la dignidad sacerdotal. A los presbíteros se les encomienda una tarea específica: anunciar el Evangelio, guiar al pueblo de Dios y presidir la celebración de los sacramentos, especialmente de la Eucaristía. No se trata de una posición de privilegio, sino de un servicio a la comunidad eclesial.
En su homilía, el secretario del Dicasterio misionero ha insistido, por tanto, en el vínculo inseparable entre sacerdocio y misión: «Recordad que, como cualquier otro cristiano, sois ante todo misioneros», ha dicho el arzobispo a los dos candidatos. Además ha hecho referencia al envío del Hijo por parte del Padre y el mandato que el Resucitado confió a los discípulos: «Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo» (Jn 20,21 A la luz de la Sagrada Escritura, el sacerdote no es solo quien acompaña a una comunidad ya existente, sino un enviado para hacer presente a Cristo, anunciar su Palabra y conducir a hombres y mujeres a la fe y a la comunión de la Iglesia.
Al reflexionar sobre el ministerio de la Palabra, el arzobispo Nwachukwu ha pedido a los nuevos sacerdotes que no olviden a los padres, catequistas y profesores que les transmitieron el don de la fe. Los ha exhortado a leer y meditar asiduamente las Escrituras, para «creer lo que habéis leído, enseñar lo que habéis aprendido en la fe y vivir lo que habéis enseñado».
La exhortación ha sido firme: «La Palabra de Dios no es propiedad vuestra: es la Palabra de Dios y no debe ser sustituida por vuestra palabra o vuestra imaginación». El sacerdote, ha subrayado el arzobispo, está al servicio de una Palabra recibida y custodiada por la Iglesia; no es su dueño ni puede reducirla a una expresión de sus propias ideas.
El ministerio sacerdotal exige también comunión eclesial. El arzobispo ha recordado que el título de pastor no es un reconocimiento honorífico ni puede ejercerse de manera autónoma. Implica la comunión con el obispo, sucesor de los Apóstoles, y, a través de él, con el sucesor de Pedro.
Al comentar las palabras que Jesús dirigió a Pedro -«Cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas donde querías; pero cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras» (Jn 21,18)-, Nwachukwu ha afirmado: «Ser pastor significa abandonar por completo la propia voluntad, los propios caprichos y las propias obstinaciones, dejándose guiar en la Iglesia».
En la parte final de la homilía, el arzobispo ha propuesto la figura bíblica de Melquisedec como programa de vida sacerdotal. «Rey de justicia» y «Rey de paz», Melquisedec recuerda, según Nwachukwu, la necesidad de hacer de la justicia y la paz criterios concretos del ministerio. Los sacerdotes deben ser hombres que sanen las fracturas en lugar de alimentarlas. «También vosotros, como sacerdotes, estáis llamados a ser constructores de puentes», ha afirmado, aludiendo al significado tradicional del término latino pontifex. Esta vocación a la reconciliación exige también rechazar las pertenencias excluyentes y las confrontaciones que dañan la convivencia social y eclesial. Melquisedec, ha observado el arzobispo, aparece en la Biblia sin genealogía y sin una descripción étnica o física; por ello, es una figura universal. A los nuevos sacerdotes les ha dirigido así una exhortación explícita a no dejarse atrapar por el «tribalismo, racismo, nacionalismo, chovinismo, nacionalismo agresivo», y ha añadido: «No dejéis nunca que mentalidades y comportamientos contrarios al espíritu de Melquisedec se infiltren en vosotros».
Ciento veinticinco años después del inicio de la misión católica en Malawi, la celebración de Nzama ha vuelto a poner ante la Iglesia local la alegría de anunciar el Evangelio en el presente y de cara al futuro. La memoria de los primeros evangelizadores no hace referencia solo a una página fundacional, sino que se convierte en una invitación a anunciar el Evangelio con el mismo espíritu de gratuidad, hacer madurar nuevas vocaciones y construir comunidades reconciliadas. Las dos ordenaciones sacerdotales son, de este modo, un signo de una Iglesia que, arraigada en la fe recibida, está llamada no solo a custodiar una herencia, sino también a continuar con renovado impulso la obra apostólica.
(MLK) (Agencia Fides 20/9/2026).