Roma (Agencia Fides) – «Cada obispo no es el obispo de un grupo o de otro; es obispo de todos». Así se ha dirigido el arzobispo Fortunatus Nwachukwu, Secretario del Dicasterio para la Evangelización, a los obispos recién ordenados que participan en el curso de formación organizado en Roma por el Dicasterio misionero (véase Fides 02/09/2026).
En su intervención, desarrollada en torno al tema «Ministros de la comunión en la Iglesia: tribalismo, castismo, racismo y regionalismo excluyente en la Iglesia contemporánea», el arzobispo nigeriano ha exhortado a los nuevos obispos a hacer de la comunión un criterio fundamental de su ministerio y de su gobierno pastoral.
«La comunión es el primer nombre de nuestro ministerio», ha afirmado el arzobispo Nwachukwu. Al recordar la Meditación del Papa León XIV para el Jubileo de los Obispos, ha señalado que el obispo es el «principio visible de unidad» en la Iglesia particular, llamado a construir la comunión tanto dentro de la comunidad diocesana como con la Iglesia universal, promoviendo al mismo tiempo la diversidad de los dones y ministerios confiados a la Iglesia. «El obispo no crea la unidad haciendo que todos sean iguales; custodia la unidad que permite a personas diferentes y a dones diferentes servir a un único Evangelio», ha afirmado el Secretario del Dicasterio. Por tanto, la comunión «no puede quedarse en una palabra hermosa en las cartas pastorales del obispo. Debe ser un criterio de gobierno».
Según el arzobispo Nwachukwu, este criterio debe orientar el discernimiento de los candidatos, el nombramiento de los sacerdotes, la formación de los seminaristas, la distribución de responsabilidades, el uso de los recursos, la gestión de los conflictos y la acogida de quienes proceden de otros lugares. Cada decisión episcopal, ha añadido, debería poder responder a una pregunta fundamental: si contribuye a fortalecer «la comunión y la misión de la Iglesia» o si se limita a proteger «un círculo ya existente de familiaridad e influencia».
Diversidad e inculturación
Al abordar la relación entre comunión y cultura, el arzobispo Nwachukwu ha subrayado que la diversidad en sí misma es un don, mientras que la exclusión distorsiona ese don. Al recordar la enseñanza de san Pablo según la cual «todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» y que quienes antes eran «extranjeros y forasteros» se han convertido en «miembros de la familia de Dios» (Efesios 2,19), ha advertido sobre una comprensión y una aplicación erróneas de la inculturación.
Aunque la Encarnación da a los cristianos la confianza necesaria para reconocer el papel de la cultura, ha afirmado, la inculturación solo alcanza su madurez cuando la cultura «se deja purificar, transformar y abrir por el Evangelio». «Una cultura evangelizada por Cristo se hace capaz de dar y recibir», ha afirmado el arzobispo Nwachukwu. «No necesita levantar muros para seguir siendo ella misma».
Cuatro formas de exclusión
El arzobispo ha descrito el tribalismo, el sistema de castas, el racismo y el regionalismo excluyente como formas distintas de exclusión que nacen de una misma tentación: hacer que una determinada identidad -tribu, casta, raza, región, lengua, familia o posición social- sea más determinante que la identidad cristiana común, arraigada en la pertenencia a Cristo.
Al hablar del tribalismo, el arzobispo Nwachukwu ha afirmado que el vínculo con la propia comunidad no constituye en sí mismo un problema. La distorsión comienza cuando la solidaridad se convierte en una preferencia sistemática y «“uno de los nuestros” es considerado digno de confianza simplemente porque es “uno de los nuestros”». El problema surge «cuando “los nuestros” se convierte en sinónimo de “los mejores”, y la expresión “los otros” pasa a ser sinónimo de “extraños” e “inaceptables”».
El sistema de castas, ha continuado, introduce jerarquías sociales heredadas en la vida eclesial. Cada vez que el acceso a la formación, al ministerio, a las responsabilidades o a las oportunidades está determinado por la casta o por categorías similares, «se contradice la dignidad recibida en el bautismo». Esta discriminación puede ser manifiesta, pero también puede presentarse de manera más sutil: al decidir quién es escuchado, quién es promovido, quién es invitado a participar en los procesos de toma de decisiones, a quién se confían responsabilidades o quién queda discretamente al margen.
El racismo, ha afirmado, puede manifestarse no solo mediante un desprecio explícito, sino también a través de estereotipos, sospechas, un lenguaje humillante, la exclusión o la idea preconcebida de que algunas culturas serían más aptas que otras para el liderazgo, la teología, la administración o la santidad.
Al recordar la advertencia del Papa Francisco en Fratelli Tutti de que las dudas y los miedos pueden hacer que las personas se vuelvan «intolerantes, cerradas y quizá incluso -sin darse cuenta- racistas» (n. 41), el Secretario del Dicasterio misionero ha subrayado que un obispo debe convertirse en «un educador para la comunión». «En la casa de Dios, la dignidad no depende de la sangre, del color de la piel, del pasaporte o de la lengua», ha afirmado el arzobispo Nwachukwu. «Se fundamenta en la dignidad de la persona humana y es elevada por la gracia del bautismo».
El arzobispo también ha advertido contra el regionalismo excluyente, que puede presentarse como prudencia pastoral cuando el origen geográfico se convierte en un criterio decisivo para asumir responsabilidades. Una Iglesia particular posee una cultura y una historia concretas, ha observado, pero «nunca es un feudo cultural». Aunque un sacerdote pueda necesitar determinadas competencias pastorales para servir eficazmente en un lugar concreto, «el lugar de nacimiento nunca puede convertirse en una condición para la dignidad eclesial ni en una barrera permanente para asumir responsabilidades».
Discernimiento y nombramientos
En este contexto, el arzobispo Nwachukwu se ha referido al llamado «síndrome del hijo de la tierra»: la idea de que quien ha nacido en un determinado territorio tiene una prioridad natural para ejercer el liderazgo en ese lugar. Al recordar la invitación del Papa León XIV a los obispos de España a ofrecer «un testimonio de unidad en la diversidad» en una época marcada por la polarización y la división, ha afirmado que el origen local no debe prevalecer sobre un auténtico discernimiento. «La pregunta decisiva no debería ser: “¿De dónde viene?”, sino: “¿Quién es?”», ha afirmado el arzobispo Nwachukwu. Entre los criterios para el discernimiento ha señalado la fe, la oración, la madurez, la capacidad de escuchar y colaborar, la ausencia de ambición personal, el amor por los pobres y la capacidad de servir a personas que están fuera del propio grupo. Al referirse a la elección de los siete diáconos en la Iglesia primitiva, ha recordado que los Apóstoles buscaban hombres «“de buena reputación, llenos de Espíritu y de sabiduría”».
En la raíz de estas formas de exclusión, el arzobispo Nwachukwu ha identificado «la tentación de confundir la responsabilidad con la posesión». Un obispo podría llegar a pensar: «“Esta es mi diócesis”. Pero, en realidad, no es “mía”. Es de Cristo». «Somos administradores, no propietarios; servidores, no dueños», ha añadido. Esta libertad, ha continuado, permite al obispo resistir las presiones de su propia región o grupo. También le ayuda a rechazar la tentación de proteger un círculo de influencia, el miedo a perder popularidad o el deseo de ser siempre comprendido y aplaudido. Su primera fidelidad, ha afirmado, es hacia Cristo y hacia el bien de las almas.
Los nombramientos constituyen una prueba particular de la comunión. «Un nombramiento nunca es meramente administrativo. Comunica un mensaje eclesial», ha afirmado el arzobispo Nwachukwu. Puede decir: «Esta Iglesia es una casa para todos». O, sin que nadie lo pretenda, puede transmitir el mensaje contrario: «Esta Iglesia les pertenece a ellos». También ha advertido contra el hecho de reducir la representación a una forma de derecho adquirido. La diversidad en el Pueblo de Dios debe ser visible, ha señalado, pero «la representación no debe convertirse nunca en una nueva forma de derecho tribal». El criterio decisivo sigue siendo la disposición de una persona para servir a la Iglesia. Su presencia puede convertirse así en un signo de que la Iglesia pertenece a todos.
Babel, Pentecostés y misión
Partiendo del recorrido bíblico de Babel a Pentecostés, el arzobispo Nwachukwu ha recordado que Pentecostés no elimina las lenguas ni impone la uniformidad. Los pueblos siguen siendo diferentes, pero escuchan y comprenden el único Evangelio. «No estamos llamados a crear uniformidad. Estamos llamados a impedir que la pluralidad se transforme en Babel», ha afirmado.
Para los primeros años de su ministerio episcopal, el arzobispo ha propuesto cuatro compromisos: examinar el propio corazón y las propias preferencias; hacer más libre el discernimiento en los nombramientos mediante la consulta, la verificación y la evaluación de candidatos fuera de los círculos habituales; educar al presbiterio en la fraternidad; y defender concretamente a quienes están expuestos a la exclusión.
«El silencio del pastor puede interpretarse como consentimiento», ha advertido el arzobispo Nwachukwu. Por ello, ha subrayado que las circunstancias pueden exigir que un obispo se pronuncie claramente contra el tribalismo, el sistema de castas, el racismo o el regionalismo.
La cuestión, ha añadido, es inseparable de la evangelización. «La credibilidad de la misión depende, por tanto, en parte, de la calidad de nuestra comunión». Al referirse al lema episcopal del Papa León XIV, «In Illo Uno Unum -en el Uno, somos uno-», el arzobispo Nwachukwu ha afirmado que la unidad de la Iglesia se recibe en Cristo y debe hacerse visible «en el modo en que gobernamos, formamos, nombramos y acogemos». «Nuestra identidad más profunda es la bautismal: hijos de Dios, miembros del Cuerpo de Cristo, hermanos y hermanas dentro de una única familia», ha afirmado el arzobispo Nwachukwu. «Esto es la catolicidad. No uniformidad, sino unidad. No el aislamiento de las culturas, sino su encuentro. No la competencia entre grupos, sino la responsabilidad compartida por la misión».
Al concluir su intervención, el Secretario del Dicasterio para la Evangelización ha exhortado a los nuevos obispos a no crear sistemas personales de influencia. «No debéis dejar atrás un sistema personal. Debéis desear dejar una Iglesia más unida y fiel», ha dicho.
«No debéis ser recordados porque habéis aumentado vuestra influencia. Debéis desear que, después de vuestro ministerio, las personas reconozcan con mayor claridad el rostro de Cristo».
(MLK) (Agencia Fides 3/9/2026)
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