Cristian Sieland (personal collection)
de Marie-Lucile Kubacki
Port Moresby (Agenzia Fides) - Mientras la Diócesis de Bougainville conmemora el histórico hito de los 125 años de la llegada de los primeros misioneros católicos, las celebraciones jubilares de tres semanas culminarán con una gran clausura en la Región Norte, del 14 al 17 de agosto de 2026. Arraigada en las primeras llegadas de los maristas a Pokpok (1901) y Buin (1903), la Iglesia local ha pasado de ser una naciente misión sostenida por catequistas laicos durante la Segunda Guerra Mundial y la crisis de Bougainville, a convertirse en una vibrante diócesis de más de 200.000 creyentes repartidos en 35 parroquias. El momento clave de la fase final de las celebraciones coincidirá con la visita pastoral del cardenal Luis Antonio Tagle, quien presidirá la solemne Misa Jubilar el 16 de agosto en la Catedral de Nuestra Señora de la Asunción en Hahela. Su agenda de cuatro días en Buka también incluye visitas del Pro-Prefecto del Dicasterio para la Evangelización a parroquias y centros de salud locales, reuniones con líderes regionales y la bendición de un nuevo edificio diocesano.
Con motivo de estas celebraciones, el Padre Christian Sieland, Director Nacional de las Obras Misionales Pontificias, reflexiona para Fides sobre la historia de la evangelización en Papúa Nueva Guinea.
¿Podría, en primer lugar, contarnos más sobre su historia personal?
Hablo como alguien que tuvo el enorme privilegio de crecer en Papúa Nueva Guinea durante una época en la que nuestra Iglesia local estaba integrada en casi un 90% por misioneros extranjeros. Mi propio padre fue un misionero laico reclutado por Misereor en Alemania, y trabajó codo con codo con sacerdotes, religiosos y religiosas durante más de 20 años. Hoy formo parte de un clero local que se encuentra en un periodo de transición crucial: el paso de una Iglesia misionera a una Iglesia plenamente autóctona.
Personalmente, creo que los valores más vitales que he heredado son el respeto y la gratitud. Nuestra generación actual ha perdido parte de su conexión con el pasado; a muchos jóvenes de hoy les cuesta hablar sus lenguas vernáculas locales y se comunican únicamente en tok pisin e inglés. Al fomentar un profundo respeto y gratitud, se pueden preservar los valores locales e integrar de manera significativa las virtudes del Evangelio en la vida de la gente. En ese sentido, la inculturación es un camino continuo. En nuestros programas de formación, recordamos constantemente a nuestros catequistas locales, líderes laicos y sacerdotes que nunca olviden su herencia cultural y que hagan verdaderamente suyo el mensaje del Evangelio. La fe se ha arraigado con éxito, pero necesita crecer aún más en profundidad para suscitar las transformaciones sociales radicales que se requieren para sanar por completo heridas profundas como las acusaciones de brujería, la poligamia y los conflictos tribales.
Su propia historia familiar está estrechamente ligada a la historia de la evangelización en Papúa Nueva Guinea. ¿Cómo influyó el testimonio de sus parientes papúes y de los misioneros en su vocación sacerdotal?
Tras terminar la escuela secundaria en Alemania, fui reclutado para el servicio militar. Sin embargo, siguiendo mi conciencia cristiana, decidí declararme objetor de conciencia. En su lugar, me uní a los Misioneros del Verbo Divino (SVD) como joven voluntario misionero a través de un programa llamado "Missionar auf Zeit" (Misionero por un Tiempo). Este programa permitía a jóvenes de países de habla alemana adquirir experiencia misionera práctica de 9 a 15 meses en un territorio de misión.
Como deseaba prestar servicio en Papúa Nueva Guinea, realice allí mi voluntariado desde septiembre de 1999 hasta diciembre de 2000. El encuentro directo con la comunidad internacional de los misioneros SVD, y en particular las profundas amistades que entablé con algunos de ellos, encendieron mi propia vocación al sacerdocio. Sin ese encuentro, hoy no sería sacerdote. Provengo también de una familia católica profundamente comprometida. Sin el arduo trabajo de mis padres, que nos educaron de manera consciente en los valores cristianos, no habría respondido a esta llamada. Por tanto, mi vocación fue forjada en primer lugar por el testimonio de mi familia y, en segundo lugar, por los abnegados misioneros que han evangelizado incansablemente a nuestro pueblo.
Mirando hacia atrás a más de 120 años de presencia católica, ¿qué etapas principales identifica en el camino desde las primeras estaciones de misión hasta una Iglesia liderada hoy en día principalmente por el clero local?
Basándome en mis propios conocimientos, experiencia pastoral y reflexión histórica, diría que actualmente nos encontramos ante la cuarta o quinta generación de personas que han acogido el Evangelio desde que fue predicado por primera vez por los pioneros. Los primeros misioneros que entraron en nuestra región pisaron nuestras tierras a principios de la década de 1930. Mi parroquia natal de Denglagu fue la primera estación de misión católica establecida en toda la región de las Tierras Altas (Highlands) de Papúa Nueva Guinea, fundada en 1934. Desde esa base, los misioneros se aventuraron hacia otros territorios a lo largo de las Tierras Altas. Antes de la década de 1930, nuestro pueblo no tenía ningún contacto con el mundo exterior, lo que convirtió aquel momento en un hito histórico monumental: fue nuestro propio "1492". En 2034 celebraremos 100 años de evangelización en las Tierras Altas.
La presencia de la Iglesia también aportó servicios sociales esenciales y desarrollo estructural a nuestro país. Tras la Segunda Guerra Mundial —que fue absolutamente desastrosa para nuestra Iglesia local y para varias congregaciones misioneras— llegó una segunda ola de misioneros para reconstruir la infraestructura destruida. La tercera y cuarta generación de misioneros llegaron en los años 70 y 80.
La década de 1990 marcó un punto de inflexión decisivo con un aumento significativo de las vocaciones autóctonas, una cifra que se amplió aún más en los años 2000. Aquí es donde entra nuestra generación actual de liderazgo cristiano. Ahora somos una Iglesia local en transición. Esto significa que debemos aprender a ser autosuficientes, sostenibles y seguros de nuestra identidad cristiana única como Iglesia melanesia. Este es el gran reto al que nos enfrentamos en los próximos años: a medida que disminuye el número de misioneros extranjeros, las expectativas sobre nosotros, el clero local, para asumir la plena responsabilidad y liderar, seguirán aumentando.
En un país marcado por una fuerte diversidad cultural y tribal, ¿cuáles considera que son los principales desafíos para construir la unidad dentro de la Iglesia, y qué desarrollos positivos le dan esperanza?
Nuestro país es descrito con razón como una de las naciones con mayor diversidad cultural de la Tierra. Somos una sociedad tribal que cuenta con más de 800 lenguas y grupos étnicos distintos. Es un hermoso milagro que, como país joven, hayamos celebrado con éxito 50 años de independencia (1975–2025) como una nación unida, democrática y predominantemente cristiana, a pesar de importantes desafíos sociales, tribales, económicos y políticos.
Creo firmemente que el factor unificador más poderoso de nuestro país es nuestra identidad cristiana. Esta unidad es aún más vibrante dentro de la Iglesia, donde personas de todos los orígenes, regiones y tribus se reúnen como una sola familia. Es conmovedor presenciar momentos en los que personas de tribus históricamente rivales se sientan juntas y colaboran en equipo en un consejo pastoral parroquial.
Desde los mismos comienzos de la evangelización, las iglesias han desempeñado un papel monumental en la unificación de las mil tribus de Nueva Guinea. Aunque la unidad nacional sigue siendo un trabajo en proceso, la Iglesia ha realizado una labor excepcional sentando las bases y fomentando una identidad nacional compartida, ofreciendo escuelas y centros de salud abiertos a todos, independientemente de sus pertenencias tribales. Los principales desafíos para esta unidad provienen de las divisiones políticas y de la persistencia de costumbres ancestrales, como el sistema de venganza del "ojo por ojo", que puede desencadenar ciclos interminables de conflictos y guerras tribales.
Las creencias tradicionales, incluidas las incertidumbres y miedos vinculados a la brujería y al mundo de los espíritus, siguen muy presentes en algunas zonas. ¿Cómo busca la Iglesia acompañar a las personas con respeto, al tiempo que las ayuda a profundizar en su comprensión del Evangelio?
Las creencias tradicionales, las acusaciones relacionadas con la brujería, la violencia y una relación basada en el temor hacia el mundo de los espíritus siguen siendo muy frecuentes en muchas partes del país, incluso entre los católicos practicantes. La Iglesia es una de las pocas instituciones que se aproxima a los sistemas de creencias tradicionales con sensibilidad pastoral, manteniéndose al mismo tiempo firmemente fiel a la verdad sobre aquellas prácticas culturales que son totalmente incompatibles con la fe cristiana. La posición católica es firme: no podemos vivir auténticamente como católicos si seguimos manteniendo creencias en la brujería y la hechicería. La Iglesia también se opone firmemente a la poligamia, que sigue siendo común, particularmente entre los hombres acomodados.
Para hacer frente a esto, mi propia diócesis, junto con muchas otras, gestiona centros pastorales. Estos centros imparten cursos y talleres en estrecha colaboración con ONG y departamentos gubernamentales para formar a líderes eclesiales y voluntarios comunitarios. Se capacita a los participantes para convertirse en defensores y consejeros de víctimas de violencia doméstica, acusaciones de brujería y otros problemas sociales estructurales. Además, algunos reciben formación específica en resolución de conflictos y mediación de paz, y son desplegados directamente en zonas de conflicto tribal activo. A través de estas iniciativas, la comunidad eclesial acompaña activamente a las víctimas de la violencia, al tiempo que sensibiliza a la comunidad para erradicar las prácticas tradicionales perjudiciales. Trabajamos para ayudar a las personas a acoger la fuerza transformadora de la verdad, el amor y el perdón del Evangelio. La situación aún no es perfecta, pero la Iglesia está marcando el camino en materia de defensa, protección y formación humana.
En Papúa Nueva Guinea hay una rica diversidad de tribus y culturas. Desde su experiencia, ¿qué oportunidades y qué desafíos crea esta diversidad para la construcción de la comunión dentro de la Iglesia?
Puedo hablar de esta realidad en profundidad desde mi experiencia pastoral como ex párroco. Los desafíos son permanentes. Nuestra realidad es muy diferente de las sociedades multiculturales de Europa, donde personas de países completamente distintos migran para vivir y trabajar juntas. En Papúa Nueva Guinea, nuestra diversidad es interna: estamos formados por diferentes tribus y grupos étnicos que comparten un patrimonio melanesio común. Por lo tanto, nuestro primer pilar unificador debería ser de forma natural nuestra identidad melanesia compartida. Sin embargo, en la práctica, rara vez es tan sencillo porque seguimos estando fuertemente ligados a un complejo sistema tribal localizado. Esta inmensa diversidad debe ser vista como una profunda bendición. La Iglesia puede aprovecharla para demostrar que, al igual que las distintas partes de un cuerpo forman un todo, nuestras diferentes identidades tribales pueden contribuir de manera única a la unidad tanto de la Iglesia como de la nación independiente.
Un hermoso ejemplo de esta unidad es nuestro beato nacional, San Pedro ToRot. Aunque era originario de Rabaul (Nueva Bretaña), cada católico de Papúa Nueva Guinea lo reclama con orgullo diciendo: "Es uno de los nuestros". Su origen tribal y regional específico pasa a segundo plano porque murió como catequista, mártir y católico. Esto demuestra las increíbles oportunidades que tenemos para construir una verdadera comunión. Allí donde las luchas tribales continúan devastando ciertas regiones, las iglesias están constantemente en primera línea de la mediación, liderando conversaciones de paz y esfuerzos de reconciliación. Dado que la población local confía con frecuencia mucho más en la integridad de la Iglesia que en sus líderes políticos, nuestros talleres de formación para mediadores de paz comunitarios tienen un impacto extraordinario.
Aún nos queda un largo camino por recorrer para alcanzar un sentido perfecto de unidad nacional y espiritual. Sin embargo, la Iglesia ha trazado con éxito el camino. Con paciencia y perseverancia continuas, confío en que esta firme dedicación finalmente dará sus frutos en una reconciliación y unidad duraderas.
(Agenzia Fides 12/8/2026)