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por Gianni Valente
Roma (Agencia Fides) – «Desaparecer para que permanezca Cristo, hacerse pequeño para que Él sea conocido y glorificado».
Al día siguiente de haber sido elegido Obispo de Roma, con estas expresiones sencillas León XIV recordaba a los cardenales que lo eligieron lo que definía como el compromiso «irrenunciable para cualquiera que ejerza un ministerio de autoridad en la Iglesia».
Mientras se cierra su primer año de pontificado, esas mismas palabras pueden iluminar, con una luz apropiada y sugestiva, uno de los rasgos predominantes de su magisterio como Sucesor de Pedro: el misionero.
También con León XIV, como había ocurrido con el Papa Francisco, las referencias a la naturaleza misionera de la Iglesia y el llamado a una renovada misionariedad aparecen esparcidos como notas de fondo en homilías y catequesis, discursos y mensajes.
El Papa Prevost recuerda con insistencia y constancia los dinamismos elementales e incomparables que animan la misión apostólica confiada a la Iglesia. Reconoce y describe con realismo los contextos y las condiciones en las que la misión apostólica está llamada a desarrollarse en el tiempo presente. Señala con concreción urgencias prácticas y prioridades que es necesario asumir, si no se quiere transformar también los “llamados misioneros” en abstracciones retóricas que terminan por hacer más pesada la vida de los bautizados.
La atracción de Cristo
León XIV recuerda que «La misión es de Jesús. Él ha resucitado, por tanto está vivo y nos precede. Ninguno de nosotros está llamado a sustituirlo» (Misa de ordenación de sacerdotes para la diócesis de Roma, 31 de mayo de 2025).
El Obispo de Roma continúa repitiendo que la pasión misionera no se produce por sí sola, y solo puede brotar gratuitamente en el encuentro con Cristo. Así, los encuentros de los primeros discípulos con Jesús resucitado muestran la dinámica simple y al mismo tiempo misteriosa con la que puede transmitirse la experiencia de la salvación de corazón a corazón: «Después de encontrarse con Jesús, Andrés no pudo dejar de compartir con su hermano lo que había encontrado» (Video mensaje al encuentro juvenil “Seek 26”, 2 de enero de 2026).
Es el Espíritu Santo -ha recordado el Papa León, evocando la fuente de toda auténtica obra apostólica- quien «nos envía a continuar la obra de Cristo en las periferias del mundo, marcadas a veces por la guerra, la injusticia y el sufrimiento» (Misa por el Jubileo del mundo misionero y de los migrantes, 5 de octubre de 2025).
Repitiendo una expresión querida por Benedicto XVI y el Papa Francisco, el actual Obispo de Roma reafirma que se puede llegar a ser cristiano no por presiones culturales, proselitismo o estrategias de marketing, sino solo por “atracción”. Aquello que san Agustín llamaba “Delectatio Victrix”, el placer que cautiva. Y «no es la Iglesia la que atrae, sino Cristo. Y si un cristiano o una comunidad eclesial atrae es porque a través de ese ‘canal’ llega la savia vital de la Caridad que brota del Corazón del Salvador». Porque «nosotros somos suyos, somos su comunidad y Él puede seguir atrayendo a través de nosotros». «La misión de los discípulos y de toda la Iglesia es la prolongación, en el Espíritu Santo, de la de Cristo» (Discurso al Consistorio extraordinario dedicado a las cuestiones de la misión y de la sinodalidad, 7 de enero de 2026).
La misión de las “Iglesias jóvenes”
En su Magisterio, León XIV ha delineado con un realismo alejado de abstracciones y rigideces las condiciones y los contextos en los que se puede dar testimonio de Cristo en el tiempo presente.
El Papa ha vuelto a poner en el centro de la atención la historia del beato Isidore Bakanja, joven patrono de los laicos congoleños, asesinado bajo las torturas de un patrón europeo en tiempos del colonialismo, para recordar que en el tiempo presente «las antiguas Iglesias del Norte del mundo reciben de las Iglesias jóvenes este testimonio, que impulsa a caminar juntos hacia el Reino de Dios» y que «África, en particular, pide esta conversión, y lo hace regalándonos tantos jóvenes testigos de la fe» (Audiencia general jubilar, 8 de noviembre de 2025).
El Papa Prevost constata que se ha abierto en la historia de la Iglesia «una nueva época misionera» y reconoce que en el tiempo presente la misión ya no está asociada únicamente al «partir», al ir hacia tierras lejanas que no habían conocido el Evangelio o que vivían en situaciones de pobreza. Porque hoy «las fronteras de la misión» ya no son solo geográficas, y «la pobreza, el sufrimiento y el deseo de una esperanza más grande son ellos los que vienen hacia nosotros». Por eso es necesario «promover una renovada cooperación misionera entre las Iglesias», mientras que en las comunidades de antigua tradición cristiana, como las occidentales, «la presencia de tantos hermanos y hermanas del Sur del mundo debe ser acogida como una oportunidad para un intercambio que renueve el rostro de la Iglesia» (Misa del Jubileo del mundo misionero, 5 de octubre de 2025).
Con el mismo realismo cristiano, el Sucesor de Pedro expresa gratitud por «los misioneros y las misioneras “ad gentes” de hoy», que «siguen entregándose con alegría a pesar de las adversidades y de los límites humanos, porque saben que Cristo mismo con su Evangelio es la mayor riqueza que se puede compartir», mientras reconoce que «el mundo sigue necesitando estos valientes testigos de Cristo, y las comunidades eclesiales siguen necesitando nuevas vocaciones misioneras» (Mensaje para la 100ª Jornada Mundial de las Misiones, 25 de enero de 2026).
La inculturación no “sacraliza” ninguna cultura
Todo misionero que parte hacia otras tierras -ha recordado León XIV- «está llamado a habitar las culturas que encuentra con sagrado respeto, orientando hacia el bien todo lo que halla de bueno y noble, y llevando a ellas la profecía del Evangelio» (Misa por el Jubileo del mundo misionero, 5 de octubre de 2026).
El Papa repite que la llamada “inculturación” es una «exigencia intrínseca de la misión»: «Inculturar el Evangelio es seguir el mismo camino que Dios recorrió, entrar con respeto y amor en la historia concreta de los pueblos para que Cristo pueda ser verdaderamente conocido, amado y acogido a partir de su experiencia humana y cultural».
Al mismo tiempo, el Papa Prevost ha reiterado que la inculturación «no equivale a una sacralización de las culturas» y que «ninguna cultura, por valiosa que sea, puede identificarse simplemente con la Revelación ni convertirse en criterio último de la fe», dado que «toda cultura -como toda realidad humana- debe ser iluminada y transformada por la gracia que brota del misterio pascual de Cristo» (Mensaje al Congreso teológico-pastoral sobre Nuestra Señora de Guadalupe, 5 de febrero de 2026).
Relanzar las intuiciones de “Evangelii gaudium”
En el magisterio misionero de su primer año de pontificado, León XIV no ha dedicado tiempo a definir nuevas teorías o estrategias avaladas por la marca de su larga experiencia personal vivida en Perú, lejos de su patria. El Papa Prevost ha optado más bien por retomar y subrayar la actualidad de acentos e intuiciones del magisterio misionero de quienes lo precedieron como Obispos de Roma.
En particular, en su reciente Carta a los Cardenales (12 de abril de 2026), León XIV hizo suyas las consideraciones de miembros del Colegio cardenalicio que, con ocasión del Consistorio Extraordinario de enero, habían señalado cómo la exhortación apostólica de Papa Francisco Evangelii gaudium continúa representando «un punto de referencia decisivo para reavivar una “audacia misionera”» que «no quede agravada o sofocada por excesos organizativos».
Entre las indicaciones prácticas retomadas en su Carta a los Cardenales, León XIV recordó «la necesidad de relanzar Evangelii gaudium para verificar con honestidad qué, a distancia de años, ha sido realmente acogido y qué, en cambio, sigue siendo todavía desconocido e inaplicado». El Pontífice sugirió prestar atención también «a la necesaria reforma de los itinerarios de iniciación cristiana» y a la exigencia «de reconsiderar la eficacia de la comunicación eclesial, también a nivel de la Santa Sede, en una clave más claramente misionera».
El pequeño rebaño y el grano de incienso
En el magisterio misionero de su primer año de pontificado, León XIV ha descrito con igual realismo las condiciones y los contextos concretos en los que se desarrolla la obra apostólica de las comunidades eclesiales, sin triunfalismos ni victimismos. Ha repetido que «Incluso cuando se reconoce minoritaria, la Iglesia está llamada a vivir sin complejos, como pequeño rebaño portador de esperanza para todos, recordando que el fin de la misión no es su propia supervivencia, sino la comunicación del amor con el que Dios ama al mundo» (Carta a los Cardenales, 12 de abril de 2026).
Entre las imágenes más sugerentes elegidas por el Sucesor de Pedro para describir la misión confiada a la Iglesia, destaca la que dirigió a la pequeña Iglesia de Argelia: «Su presencia en el país hace pensar en el incienso: un grano incandescente, que difunde su fragancia porque da gloria al Señor y alegría y consuelo a muchos hermanos y hermanas. Este incienso es un elemento pequeño y precioso, que no ocupa el centro de la atención, pero invita a elevar nuestros corazones hacia Dios, animándonos mutuamente a perseverar en las dificultades del tiempo presente» (Homilía en la Basílica de San Agustín, Annaba, 14 de abril de 2026).
(Agencia Fides 7/5/2026)