«¿Por qué estás aquí?»: el legado de un misionero coreano en Mongolia

martes, 26 mayo 2026 misioneros   misión   testimonios   iglesias locales  

Foto MLK

De Marie-Lucile Kubacki

Ulaanbaatar (Agencia Fides) – Tres años después de su fallecimiento, ocurrido el 26 de mayo de 2023, la figura del padre Esteban Kim SeongHueon sigue muy presente en la memoria de la Iglesia en Mongolia.

Misionero coreano y vicario general de la Prefectura Apostólica de Ulaanbaatar, había hecho de su vida una respuesta a una pregunta que le acompañaba desde niño: «¿Por qué han venido aquí?».

Lo habíamos encontrado un mes antes de su muerte (véase Fides 26/5/2023). En una capilla situada bajo la catedral, dedicada a la Virgen de Fátima, de la que era especialmente devoto, nos habló de su camino espiritual y vocacional, especialmente del recuerdo de la tumba de un misionero francés enterrado en el pueblo donde había crecido.

Su parroquia de proveniencia fue fundada por misioneros, en la diócesis de Daejeon, en Corea del Sur. «Crecí preguntándome: “¿Por qué han venido aquí?”. Me lo preguntaba todavía más porque entonces sus países de origen me parecían mucho más interesantes que el país donde yo vivía…». Era una pregunta silenciosa, que nadie conocía, pero que poco a poco le llevó al seminario y al sacerdocio.
Durante sus estudios, el encuentro con un misionero coreano marcó un punto de inflexión: «No recuerdo exactamente lo que dijo en su intervención, pero sí sus últimas palabras: “Uno de vosotros irá al extranjero como misionero”». Aquella frase le atravesó por dentro. «Cuando le oí decir eso, pensé: “¿Y si fuera yo?”».

A partir de ahí empezó a mirar su vocación de otra manera. En cuarto curso, el obispo lo envió a Roma para estudiar: «Así terminé estudiando misionología mientras me preparaba para ser sacerdote de mi diócesis…».

De esa tensión nació una pregunta todavía más profunda: «¿Cuál era realmente mi identidad sacerdotal? ¿Cómo podía unir mi identidad de sacerdote diocesano con la de misionero, que entonces me parecía un traje demasiado grande para mí?». La respuesta fue tomando forma mirando al Evangelio: «Me pregunté: ¿los doce discípulos eran sacerdotes diocesanos o misioneros? ¿Y Jesús?». Contemplando sus vidas descubrió un rasgo común: «Eran los predecesores de esos sacerdotes diocesanos que nunca cierran la puerta, ni siquiera cuando están cansados, y dicen: “¡Dejad que la gente venga a mí!”». En esa imagen encontró una síntesis: «Porque precisamente esa es la espiritualidad del sacerdote diocesano: mantener la puerta abierta». Y en su interior «resonó un gran “sí”», porque comprendió que un sacerdote diocesano «también podía ser misionero».

Antes incluso de partir, decidió vivir así su vocación: «Como el coreano era la lengua que mejor conocía, decidí ser un misionero coreano en Corea, como si estuviera en el fin del mundo». Aquel cambio de perspectiva, contaba, le hizo «profundamente feliz».

Después llegó Mongolia. «Un día supe que el obispo buscaba a alguien dispuesto a ir a Mongolia». En ese momento volvió a su memoria uno de los misioneros franceses de su infancia, el primer párroco, al que solo conocía por un monumento: «Conocí a ese párroco a través de un monumento en el que estaba grabado su nombre». Entonces comprendió: «¿Por qué estoy aquí? Cada vez lo tengo más claro: por ese nombre grabado en el monumento. Un día yo también habré muerto, y quizá unos niños, al ver mi nombre, se preguntarán: “¿Por qué estaba aquí el padre Kim?”».

En Mongolia, donde fundó la parroquia de Santa María Asunta en el distrito de Khan-Uul, el padre Esteban vivió en una Iglesia pobre y joven. «En Mongolia todavía estamos empezando». Y, sin embargo, observaba: «En todo el mundo el ultraliberalismo y el consumismo se están convirtiendo en un desafío para todos los cristianos». La pobreza de la Iglesia mongola no le parecía un límite, sino una riqueza evangélica: «Somos pobres, y precisamente esa es nuestra riqueza». Mirando a San Francisco de Asís, daba la vuelta a la perspectiva: «San Francisco de Asís era rico y tuvo que despojarse de todos sus bienes para seguir a Jesús. El “san Francisco” de Ulaanbaatar nació pobre y no tiene nada de lo que desprenderse para seguir a Jesús». Si uno reconoce «la riqueza de la pobreza», descubriendo que Dios le ha hecho «el regalo de no tener que renunciar a nada para seguirle», entonces «el “san Francisco” de Ulaanbaatar puede ser feliz».

Pero también era consciente de la ambigüedad de cualquier discurso sobre la pobreza: «También debemos ser conscientes de lo indecente que resulta exaltar los beneficios de la pobreza delante de los pobres, si no compartimos su condición». Por eso insistía en que era «un verdadero desafío para los misioneros»: «Debemos ser aquello que predicamos». «Lo que podemos ofrecer a las personas es también una manera de convivir con el sufrimiento. No evitándolo, porque existe, aunque no nos guste ni lo busquemos, sino encontrando un modo de atravesarlo siguiendo las huellas y los pasos de Jesús».

Cuando hablaba de su vida, volvía muchas veces, sonriendo, a aquel periodo en el que «decidí dar un paso atrás en la misión y retirarme durante cuatro años a una ger en el campo». Allí, en la típica tienda mongola utilizada como vivienda, descubrió «la alegría de una vida sencilla». Recogía estiércol de caballo para la estufa, iba a buscar agua y compartía la vida cotidiana de los pastores. Comparando «los dos estilos de vida -el de la frenética ciudad, donde hay mil cosas que comprar, y el de la sencillez del campo- uno me pareció claramente mejor que el otro».

De esa experiencia nacía también una de sus imágenes más fuertes: «En las ger, en el campo e incluso en Ulaanbaatar no hay agua corriente, y hay que ir a buscarla… La gente sabe lo que significa encontrar agua fresca. Por eso debemos estar presentes, para que puedan encontrar pozos de agua fresca en nuestras iglesias». Estamos allí, decía, «para hablar del Reino de Dios y de la salvación», para ofrecer «la Buena Noticia que les hará libres. ¿Libres de qué? De la esclavitud del pecado y del sentimiento de culpa». Esa liberación es «muy concreta, casi física: es como dejar en el suelo cubos de agua pesada». «No seguimos a Jesús para ofrecer una vida llena de éxitos, sino una vida plena, verdaderamente plena, que nos llene por dentro de esa agua viva».

Esa es la verdadera felicidad que esperaba que un día los cristianos mongoles pudieran reconocer: «Llegará el día en que los cristianos mongoles tengan suficiente experiencia para comparar los estilos de vida que tienen ante sí, y quizá entonces pronuncien ese “ah” misionero del que hablaba antes: “Ah… prefiero este tipo de felicidad”». «El punto de inflexión llegará. ¿Cuándo? No lo sé. Pero un día reconocerán dónde está la verdadera felicidad y dirán: “Esto es lo que he buscado toda mi vida”. Y nosotros estaremos allí para recibirlos, con la puerta de par en par. En realidad, ya estamos allí».

La huella que Esteban Kim dejó en Mongolia sigue viva sobre todo entre los jóvenes, hoy ya adultos, que recuerdan su dedicación a la pastoral juvenil, su cercanía y su enorme pasión por la vida. En 2024, la diócesis de Daejeon, junto con el Korea Catholic Times, realizó una película divulgativa titulada “Wind of the Prairie – The Last Lecture of a Mongolian Missionary”, que ayudó a dar a conocer más ampliamente su figura. En 2025, el Korea Catholic Times publicó además un nuevo documental titulado “Who Is a Priest?”, coproducido con la Korean Prado Priests Association, que recorre su vida y su misión en Mongolia.

Mientras la Prefectura Apostólica de Ulaanbaatar se prepara, como cada año, para celebrar la misa sobre su tumba el 26 de mayo, la pregunta que atravesó toda la vida del padre Esteban sigue resonando, dirigida a cada uno: «¿Por qué estás aquí?». «Los misioneros anuncian el Evangelio de muchas maneras, pero la más poderosa es el testimonio de la propia vida: “¿Por qué estás aquí?”. Es una pregunta muy fuerte».
(Agencia Fides 26/5/2026)


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