La Pascua del arzobispo de Teherán: “aunque estoy lejos de vosotros, sé que en Cristo estamos realmente unidos”

lunes, 6 abril 2026 cardenales   paz   pascua   sacramentos   guerras   Áreas de crisis  

del Cardenal Dominique Joseph Mathieu OfmConv*

Roma (Agencia Fides) - Quiero compartir con vosotros mi experiencia pascual de este año, marcada por la percepción de la relatividad de la distancia, entre cercanía y lejanía.
Me encuentro lejos de vosotros, rebaño que se me ha confiado, separado por los acontecimientos de la guerra, en espera de poder reencontraros. Y, sin embargo, en la noche santa, celebré la Vigilia Pascual llevándoos a todos en el corazón: lejos de mi rebaño, pero precisamente por eso, de un modo misterioso, cercano a cada uno de vosotros.
Me encontré celebrando, por así decir, bajo la cúpula de la Basílica de San Pedro, en el signo de la Iglesia universal, en comunión visible con el Sucesor de Pedro y con toda la catolicidad. Cerca del Pastor de la Iglesia, y sin embargo lejos del rebaño que el Señor me ha confiado. Pero precisamente esta condición me es dada para aprender a vivir la distancia no como una separación infranqueable, sino como un puente que hace cercano en Cristo.
En la comunión de los santos y en la gracia de los sacramentos, sobre todo en la Eucaristía, estamos realmente unidos, incluso cuando no podemos estarlo visiblemente. Lo que a los ojos aparece como distancia, en la fe se convierte en comunión.
Celebramos la Vigilia Pascual después de la puesta del sol del sábado, cuando según la tradición bíblica comienza el nuevo día: un umbral entre la noche y la luz. Es una noche iluminada por una luz reflejada, como la de la luna, que recuerda a la Virgen María. Así como la luna refleja la luz del sol, ella remite a la fuente de toda vida: su Hijo, Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre.
El Evangelio según san Mateo nos conduce al amanecer del primer día de la semana. Las mujeres van al sepulcro donde había sido depositado el cuerpo del Señor. Los hombres habían hecho lo que les era posible, dando sepultura; las mujeres llevan lo que nace del corazón: compasión, fidelidad, amor perseverante incluso ante la muerte.
Y he aquí que hubo un gran terremoto. Un signo estremecedor que sacude la tierra y los corazones, que rompe el cierre del dolor y abre a la revelación de Dios. Un ángel del Señor desciende del cielo, rueda la piedra y se sienta sobre ella: lo que parecía definitivamente cerrado es abierto por la potencia divina. Los guardias, puestos a custodiar la muerte, quedan como muertos.
El ángel anuncia: «No tengáis miedo. Sé que buscáis a Jesús, el crucificado. No está aquí. Ha resucitado… os precede en Galilea; allí lo veréis». Y sella el anuncio: «Ya os lo he dicho». Es el cumplimiento de la esperanza: lo que se esperaba como acontecimiento final se manifiesta en la historia. Como dijo Marta de Betania: «Sé que resucitará en la resurrección, en el último día».
Esta resurrección “futura” debe unirse al misterio ya presente: la resurrección que actúa en la vida del creyente mediante la gracia. En Cristo resucitado, la vida nueva ya ha comenzado, aunque aún atraviese la prueba.
Las mujeres, dejando apresuradamente el sepulcro -memoria de muerte y oscuridad- pasan de la noche al día. Corren con temor y gran alegría: ya no es el miedo que paraliza, sino un temor santo que abre a la fe. Es la actitud de la vida nueva.
Y antes incluso de llegar a los discípulos, es Jesús mismo quien les sale al encuentro. Con las palabras «¡Salve!» se hace presente, vivo y verdadero. Ellas se acercan, abrazan sus pies y lo adoran: gesto concreto que atestigua la realidad de la Resurrección y funda la fe de la Iglesia. El Crucificado es el Resucitado: Aquel que parecía lejano se revela muy cercano, accesible en la fe y en los signos sacramentales.
Él, vencedor de la muerte, toma la iniciativa y envía: «Id a anunciar a mis hermanos que vayan a Galilea: allí me verán». Galilea es el lugar del inicio, de la llamada, de la vida concreta: allí espera los suyos el Resucitado.
Queridos todos, también para nosotros hay una “Galilea”: será el día en que, si Dios quiere, podamos reencontrarnos. Pero ya ahora, bajo esta cúpula que recuerda la unidad de la Iglesia y mientras estoy lejos de vosotros, sé que en Cristo estamos realmente unidos.
En Cristo, vivo y resucitado, cercanía y lejanía se transfiguran. Permanece solo Él, que nos une, nos custodia y nos guía, hasta que podamos ser nuevamente reunidos como un solo rebaño bajo un solo Pastor.
(Agencia Fides 6/4/2026)

* Arzobispo de Teheran-Ispahan


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