del cardenal Giorgio Marengo, IMC
Publicamos la homilía pronunciada por el cardenal Giorgio Marengo durante la Misa Crismal celebrada el Martes Santo, 1 de abril, en la catedral de los Santos Pedro y Pablo en Ulaanbaatar.
Ulaanbaatar (Agencia Fides) – «Los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en él. Entonces comenzó a decir: “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír”» (Lc 4,21).
El orden sagrado existe para hacer posible ese “Hoy” del que habla el Evangelio. Gracias al ministerio ordenado, que prolonga en el tiempo y en el espacio los gestos y las palabras de Cristo, entramos en contacto con Él aquí y ahora: se trata de un encuentro real, mediado por signos visibles, que alcanza lo más profundo de nuestro ser.
Al acercarnos al Triduo Pascual, nos reunimos para dar gracias al Señor por este inmenso don concedido a su Iglesia; para contemplar, una y otra vez, el misterio de su deseo de asociar a su Persona a hombres de carne y hueso, reflejo suyo no por una supuesta superioridad, sino por pura gracia.
Por eso hablamos de “unción”: es un don que viene de lo alto, que penetra a quienes son llamados por Él y les permite realizar lo que por sí mismos ni siquiera podrían imaginar. En la tradición bíblica, la unción sella la elección de Dios y marca un nuevo comienzo: la persona u objeto ungido cambia de identidad, se convierte en algo nuevo.
Por esta razón, no es uno quien se propone para el sacerdocio, sino que es elegido. La persona descubre gradualmente que el Señor la llama a una intimidad especial con Él, para convertirla en instrumento suyo ante los demás. Solo entonces encuentra la fuerza para iniciar un camino de discernimiento, que puede durar años y que -si la vocación se confirma- exige una larga preparación, hasta llegar al día de la ordenación sacerdotal, cuando el óleo santo unge las manos del diácono como signo de su incorporación al orden sacerdotal.
Quienes son llamados al episcopado, también reciben esa unción sobre la cabeza, como narran las Escrituras, indicando la plenitud del sacerdocio. Este ministerio se comparte con los presbíteros y los diáconos que, unidos al orden de los obispos, se convierten en dispensadores de la gracia de Dios.
Se trata de un largo camino que culmina en un rito solemne.
Hoy, cada uno de los sacerdotes aquí presentes recuerda el día de su ordenación y, ante el pueblo de Dios, renueva los compromisos asumidos entonces. Dentro de poco tendrá lugar este gesto. Es, por tanto, un momento para dar gracias por este don: sin los sacerdotes, no tendríamos la plenitud del encuentro sacramental con Cristo vivo y resucitado.
Es cierto que también nosotros, sacerdotes, a veces cometemos errores; no siempre logramos vivir plenamente la vocación recibida. Somos frágiles, marcados por muchas heridas. Por ello, os pido que os unáis a nuestra acción de gracias con vuestra oración por nosotros: para que podamos levantarnos de nuestras caídas, que reconocemos con humildad, y volver a lanzarnos en los brazos del Resucitado, que nos quiere como prolongación de sus manos clavadas en la cruz: para partir el pan eucarístico, aliviar el sufrimiento, sellar el perdón sacramental y santificar la vida de todos.
Gracias de corazón, queridos hermanos sacerdotes, por ser reflejo del amor de Cristo aquí en Mongolia. Los compromisos que asumimos el día de nuestra ordenación no son ligeros, como se desprende de las promesas que renovaremos: celibato por el Reino, sobriedad, obediencia al obispo…
Para ser fieles, necesitamos vuestra comprensión y vuestras oraciones. Por eso, somos nosotros, los sacerdotes, quienes os decimos: ¡gracias! Gracias por vuestro apoyo, a pesar de nuestros límites; gracias por reconocer la presencia de Cristo en nosotros y por ir más allá, con vuestra bondad, de nuestras evidentes fragilidades; gracias por educar a vuestros hijos en el Evangelio, para que algunos puedan descubrir su vocación sacerdotal; gracias por vuestras oraciones y por la ayuda material que nunca nos hacéis faltar.
Que Cristo, único Sumo Sacerdote, os recompense por este amor y conceda a su Iglesia en Mongolia los sacerdotes que Él desea. Amén. (Agencia Fides 2/4/2026)
* Prefecto apostólico de Ulaanbaatar