“Atráeme”, y eso será suficiente. La misión según Teresa de Lisieux

sábado, 1 octubre 2022

por Gianni Valente
El primer día de octubre, mes que por tradición está dedicado a la recaudación de ayudas para las obras misioneras, celebramos la memoria litúrgica de Santa Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz (1873-1897). Ella hace casi 95 años, el 14 de diciembre de 1927, fue proclamada copatrona de las misiones por el Papa Pío XI, junto con San Francisco Javier.
Teresa, que murió de tuberculosis con sólo 24 años, había pasado casi toda su breve y frágil vida entre los muros del Carmelo de Lisieux. Aparentemente tan lejos de las dificultades y problemas de lo que entonces se llamaba "tierras de misión".
Con el paso del tiempo, la elección del Papa Pío XI se manifiesta cada vez más claramente como una sugerencia profética y fecunda para quienes están llamados a contribuir a la misión de anunciar el Evangelio de Cristo, la razón de ser de la Iglesia. Una obra que, por su propia naturaleza, es incomparable con cualquier forma de propaganda cultural o religiosa.
“Quisiera ser misionera, no sólo por unos años, quisiera haberlo sido desde la creación del mundo, y serlo hasta la consumación de los siglos”, escribía Teresa en su diario. Luego optó por entrar en un monasterio de clausura, revelando con su propia vida la inconsistencia de ciertas oposiciones entre “vida activa” y “vida contemplativa”.
Para Teresa, el horizonte y la razón última de toda preocupación apostólica, sea cual sea la forma en que se exprese, es salvar almas. La ofrende de sí misma parece grande y generosa. Pero entonces se da cuenta de que está lejos de poder cumplirla. Cuando, en el monasterio, se le confía la tarea de sostener el crecimiento espiritual de las novicias, se da cuenta de que la tarea de “penetrar en el santuario de las almas” es “superior a mis fuerzas”. También escribe que “hacer el bien a las almas, sin la ayuda de Dios, es tan imposible como hacer brillar el sol por la noche”.
Teresa se esfuerza primero por descubrir el motivo de sus limitaciones, creyendo que eso le permitirá encontrar soluciones. Pero luego se da cuenta de que si Jesús la llama para favorecer la salvación de las almas, sólo Jesús mismo puede obrar su obra de salvación en ella y a través de ella. Descubre que la propia obra apostólica es la obra de Cristo, que manifiesta la realidad más íntima del misterio de Dios, su misericordia que perdona y sana.
La fuente del trabajo misionero no es la disposición y el fervor apostólico de los seres humanos, sino la obra divina del Dios misericordioso, que quiere salvar a sus criaturas. Los que siguen a Jesús sólo pueden pedir, rogar… (Continúa)


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