San Lorentz School
Por Paolo Affatato
Korneewka (Agencia Fides) – En una pequeña localidad del norte de Kazajistán, una escuela sigue apostando por el futuro. Se trata de la Escuela San Lorenzo de Korneewka, un proyecto educativo que nació hace treinta años por iniciativa de un sacerdote alemán y que ha crecido hasta convertirse en un referente para más de doscientos alumnos. Allí, la educación también es una forma de ofrecer a niños y adolescentes la posibilidad de imaginar una vida diferente, descubrir sus talentos y convertirse en personas capaces de asumir responsabilidades en la familia y en la sociedad.
Quien cuenta esta experiencia a la Agencia Fides es el padre Leopold Kropfreiter, sacerdote de la comunidad de los Siervos de Jesús y María (SJM) y director del centro desde 2018. Llegó a Kazajistán en 2008 y, tras sus primeros años de servicio pastoral y su experiencia como director nacional de las Obras Misionales Pontificias, conoce bien los desafíos de un territorio extenso, marcado por las distancias y las transformaciones sociales. La escuela se encuentra en una localidad de unos 2.500 habitantes, en la región septentrional del país, a unos 120 kilómetros de Petropávlovsk. En un entorno rural, garantizar una educación de calidad significa proporcionar a los jóvenes herramientas para construir su futuro, incluso cuando las perspectivas en la zona son limitadas.
La Escuela San Lorenzo nació por iniciativa de católicos y, aunque se inspira en una visión cristiana de la educación, es un centro privado concertado con el Estado kazajo, que reconoce su programa educativo. «No podemos llamarla escuela católica», explica el padre Leopold Kropfreiter, «pero tratamos de transmitir una visión cristiana del ser humano a través de la educación, la ética y la formación integral de la persona». Esta identidad está abierta al encuentro: entre los alumnos y el personal hay católicos, ortodoxos, protestantes y musulmanes de distintas nacionalidades.
La historia de San Lorenzo comenzó en 1996, como relata el padre Leopold a Fides: «Tras la disolución de la Unión Soviética y la reorganización del país, el padre Lorenz Gawol, sacerdote alemán que había llegado a Kazajistán en 1991, tuvo que tomar una decisión. En la región vivían numerosas familias de origen alemán, muchas de ellas católicas. El sacerdote había contribuido a la vida de la comunidad y a la fundación de parroquias, pero en los años noventa muchos alemanes regresaron a Alemania. ¿Debía quedarse o marcharse? La respuesta fue madurando al fijarse en los niños y jóvenes que permanecían en la zona».
«Una posibilidad era regresar también él a Alemania; otra, tratar de ayudar al país y a los niños y jóvenes de la zona a recibir una buena educación, pero también una sólida formación moral y una especie de educación cristiana». Esta segunda opción dio origen a la escuela, que abrió sus puertas en septiembre de 1996 con apenas once niños. En pocos años, el número de alumnos superó los doscientos, con edades comprendidas entre los cinco y los dieciocho años.
Educación y oportunidades para los jóvenes
San Lorenzo está integrada en el sistema educativo kazajo y presta especial atención a la formación del carácter, la responsabilidad y el crecimiento personal. Al currículo oficial se suman actividades deportivas, artísticas, musicales y artesanales, dentro de un proyecto que incluye también una escuela infantil y un internado para los alumnos procedentes de localidades lejanas.
«Uno de los rasgos distintivos -cuenta el padre Leopold- es la enseñanza de idiomas. El alemán ocupa un lugar central desde la fundación del centro, también por los vínculos históricos de la región con la población de origen alemán. Desde 2009, la escuela participa en el programa DSD, que permite a los alumnos prepararse para los exámenes del Diploma de Lengua Alemana, con certificaciones reconocidas en Alemania y Austria. Es una oportunidad concreta para continuar los estudios en el extranjero y ampliar las perspectivas profesionales».
«Las familias envían a sus hijos a esta escuela porque valoran lo que ofrece», observa el sacerdote. «En primer lugar, creo que porque es muy económica, ya que también es un proyecto social. Y, después, por la calidad de la enseñanza». Los resultados se reflejan en los jóvenes que han podido continuar su formación en Europa: según el director, actualmente entre 25 y 30 antiguos alumnos estudian en Alemania y Austria.
Pero el valor de estas oportunidades no se limita a la posibilidad de marcharse al extranjero. Para el padre Leopold, «el resultado más importante es que los chicos puedan descubrir capacidades y posibilidades que, de otro modo, correrían el riesgo de permanecer ocultas. La formación abre horizontes, refuerza la autoestima y ayuda a elegir el propio camino con mayor libertad».
Un testimonio cristiano abierto a todos
La dimensión misionera de la escuela se manifiesta en la vida cotidiana. El profesorado está integrado por laicos de distintas confesiones: católicos, ortodoxos, protestantes y musulmanes. Los alumnos, a su vez, proceden de familias y tradiciones diversas. «La escuela se convierte así en un espacio concreto de encuentro, donde el testimonio cristiano se transmite a través de la acogida, la calidad de la educación y la convivencia», explica.
«Lo más importante es que no me vean solo como el director de la escuela. Me llaman “Padre”», cuenta Leopold. «Los alumnos reconocen y definen el centro como “la escuela del pastor”, y lo es porque su proyecto educativo se fundamenta en una visión cristiana del ser humano».
«A lo largo del año -relata el director- celebramos juntos distintas fiestas cristianas, desde San Martín hasta la Navidad. La fiesta de San Martín incluye una procesión a caballo, mientras que la representación navideña, con la escena de la Natividad, implica a toda la comunidad escolar y goza también de gran aprecio en el pueblo. Son momentos que permiten conocer las tradiciones y los símbolos de la fe cristiana sin que los alumnos de otras religiones tengan que renunciar a su propia identidad».
El padre Leopold recuerda el testimonio de una antigua alumna musulmana que se trasladó a Austria: «Cuando su novio católico le dijo que, por ser musulmana, quizá la habían tratado con hostilidad en aquella escuela cristiana de Kazajistán, ella respondió contándole una experiencia completamente distinta. Había participado con alegría en las celebraciones navideñas e incluso había interpretado a María en la representación de la noche de Navidad. La joven defendió con firmeza la educación que había recibido en nuestra escuela y explicó su espíritu de acogida e interculturalidad».
Para el director, episodios como este muestran que una escuela inspirada en el Evangelio puede ser un espacio de diálogo y respeto mutuo: «Tenemos la posibilidad de entrar en contacto con personas que no son cristianas, dialogar con ellas y quizá hablarles de Jesús. O darles un buen ejemplo, un ejemplo cristiano, que es muy importante».
«En este contexto, el testimonio misionero consiste en hacer visible una concepción de la persona que reconoce en cada uno su dignidad, su libertad y su capacidad de crecer. La educación se convierte así en un espacio de encuentro entre la fe y la vida, donde la fe cristiana puede darse a conocer a través de relaciones concretas» reitera.
Preparar el futuro también a través de la tecnología
La Escuela San Lorenzo mira al futuro también desde la innovación. En 2026, en el marco de un programa destinado a extender la enseñanza de la informática a las zonas rurales de Kazajistán, el centro puso en marcha cursos de competencias digitales, adquirió ordenadores y organizó seminarios de formación sobre inteligencia artificial. El padre Leopold cuenta con entusiasmo que «los alumnos se están iniciando en la programación y están experimentando con la creación de aplicaciones y videojuegos mediante herramientas de inteligencia artificial».
El proyecto tiene especial relevancia en una pequeña localidad, donde el acceso a las nuevas tecnologías puede contribuir a reducir la brecha con los núcleos urbanos. Proporcionar competencias digitales a los jóvenes significa prepararlos para un mundo laboral y del conocimiento en rápida transformación y ayudarlos a no quedar excluidos de las oportunidades del futuro.
Korneewka, sin embargo, sufre el traslado progresivo de los jóvenes a otras localidades. «Muchas familias se marchan porque no encuentran suficientes perspectivas, y el número de niños en edad escolar tiende a disminuir», reconoce el padre Leopold. La continuidad de la escuela dependerá también de su capacidad para mantener vivo el proyecto y garantizar la presencia de alumnos.
El centro cuenta con el apoyo de las comunidades de los Siervos de Jesús y María y de las religiosas franciscanas de Vöcklabruck, junto con organizaciones eclesiales y misioneras como Ayuda a la Iglesia Necesitada y las Obras Misionales Pontificias. El proyecto se sostiene gracias a las donaciones y al trabajo de una comunidad educativa en la que religiosos y laicos comparten la responsabilidad de la formación.
El padre Leopold espera que puedan surgir experiencias similares en otros lugares de Kazajistán, «como en la capital, Astaná, o en otras ciudades, donde una escuela de este tipo podría convertirse en un espacio de diálogo intercultural e interreligioso». «La Escuela San Lorenzo –explica-, pese a sus dimensiones modestas y a las dificultades del entorno rural, demuestra que un proyecto educativo puede influir en la vida de las personas y ofrecer un testimonio cristiano abierto a la sociedad».
La institución sigue sembrando futuro en la estepa a través de los idiomas, la cultura, la tecnología, la formación humana y el encuentro entre tradiciones diferentes: una labor misionera que ayuda a los jóvenes kazajos a imaginar y construir su porvenir.
(Agencia Fides 14/10/2026)