Diocese of Karaganda
Por Paolo Affatato
Karaganda (Agencia Fides) – «La misión no consiste en organizar cada vez más actividades. A veces se concreta en algo tan sencillo como que un sacerdote recorra muchos kilómetros para celebrar la Eucaristía, hablar con la gente, escucharla y, sencillamente, estar a su lado. La missio ad gentes significa, ante todo, salir al encuentro de quienes todavía no han conocido a Cristo, de quienes no saben nada de Él o de quienes, quizá, han visto cómo su fe se enfriaba o se apagaba con el paso del tiempo». Así se expresa con la Agencia Fides Piotr Pytlovany, que será ordenado obispo de la diócesis de Karaganda el 10 de octubre, en la catedral de Nuestra Señora de Fátima, Madre de Todos los Pueblos, en la ciudad kazaja.
La circunscripción fue erigida como Administración Apostólica en 1991 y elevada a diócesis en 1999 por el Papa Juan Pablo II. Su territorio abarca las regiones del este de Kazajistán y se extiende por unos 711.000 kilómetros cuadrados, más del doble de la superficie de Italia. La comunidad católica cuenta con unos 8.500 fieles, atendidos por alrededor de veinte sacerdotes y una treintena de religiosas, que animan unas veinte parroquias.
Nacido en Polonia, Piotr Pytlovany fue ordenado sacerdote en 1994 y al año siguiente se trasladó a Kazajistán como misionero fidei donum. Desde entonces ha estado al frente de distintas parroquias y, entre 2011 y 2018, dirigió como rector el Seminario Mayor Interdiocesano de Karaganda. Antes de su nombramiento episcopal, era párroco de la catedral de Astaná y portavoz oficial de la Conferencia Episcopal de Asia Central.
En vísperas de su ordenación, la Agencia Fides le ha planteado varias preguntas sobre su ministerio, los desafíos de la evangelización y el futuro de la Iglesia en Kazajistán.
-¿Cómo recibió la llamada a ponerse al frente de la diócesis de Karaganda? ¿Qué le gustaría continuar del ministerio de su predecesor y cómo influirán sus años de servicio misionero en Kazajistán en su manera de ejercer el episcopado?
-Entiendo la llamada al ministerio episcopal, ante todo, como una llamada de Dios y una nueva responsabilidad ante la Iglesia. No es un honor ni un cargo: tiene que ver con las personas, las comunidades y el futuro de la Iglesia que se me ha confiado. Llevo más de treinta años viviendo y trabajando en Kazajistán, por lo que este país se ha convertido en mi hogar. He podido conocer la Iglesia no solo en las grandes ciudades, sino también en pequeñas comunidades rurales, a menudo muy alejadas unas de otras. Esta experiencia me ha enseñado algo sencillo: la Iglesia en la tierra no se sostiene gracias a sus estructuras, sino a la fe de personas concretas.
Quisiera dar continuidad a todo lo bueno y fecundo que han realizado mis predecesores: la atención a las pequeñas comunidades, la formación de sacerdotes y laicos, el cuidado de las vocaciones, las familias, los jóvenes, los enfermos y quienes sufren. También considero importante que la Iglesia esté cerca de las personas en la vida pública. Por eso, entre mis prioridades figuran la colaboración con las autoridades civiles en cuestiones que contribuyan al bien común y el desarrollo de iniciativas sociales conjuntas con representantes de otras comunidades cristianas y de otras religiones.
Al mismo tiempo, me gustaría que fuéramos cada vez más una Iglesia que sale al encuentro de la gente, en lugar de limitarse a esperar a que las personas acudan a ella. Considero que ese es el paso natural que debe dar el camino que yo mismo he intentado recorrer durante todos estos años.
-¿Cómo mantener la unidad de una comunidad católica integrada por fieles de distintas culturas y lenguas?
-Creo que la diversidad no es un problema para la Iglesia en Kazajistán, sino un don. La historia de este país ha reunido a personas de distintas nacionalidades, lenguas y culturas. Esa riqueza forma parte de nuestra realidad y demuestra, al mismo tiempo, que la Iglesia católica es verdaderamente universal.
Naturalmente, hay que respetar la lengua, las tradiciones y la historia de cada comunidad. Pero también es importante que todos sientan que no somos grupos separados de polacos, alemanes, ucranianos, rusos o kazajos, sino una sola Iglesia, reunida en torno a Jesucristo. El origen nacional nunca debe convertirse en una barrera entre nosotros.
Creo que en Kazajistán se comprende de manera especialmente clara el significado de la palabra «católico»: universal. La Iglesia católica no pertenece a una sola nación; en ella hay sitio para todos. Eso no significa que debamos renunciar a nuestras raíces culturales. Al contrario, estas pueden enriquecer a toda la comunidad.
Me gustaría que mi ministerio contribuyera a fortalecer la unidad entre sacerdotes, personas consagradas y fieles laicos, así como entre las distintas generaciones y pueblos.
-¿Qué significa hoy la missio ad gentes en una diócesis tan extensa como Karaganda, donde los católicos son una pequeña minoría?
Para mí, la missio ad gentes significa, ante todo, salir al encuentro de las personas: de quienes todavía no han conocido a Cristo, de quienes no saben nada de Él o de quienes, quizá, han visto cómo su fe se enfriaba o se apagaba con el paso del tiempo.
En una diócesis tan extensa como Karaganda, también significa estar dispuestos a acudir allí donde apenas hay católicos, a veces solo un puñado de creyentes. Desde una perspectiva puramente humana, alguien podría preguntarse si merece la pena mantener una presencia para tan pocas personas. Desde la perspectiva del Evangelio, la respuesta es evidente: sí, porque cada persona tiene un valor infinito a los ojos de Dios. Si en un lugar hay siquiera un creyente que necesita la presencia de la Iglesia, eso basta para justificarla.
La misión no consiste en organizar cada vez más actividades. A veces se concreta en algo tan sencillo como que un sacerdote recorra muchos kilómetros para celebrar la Eucaristía, hablar con la gente, escucharla y, sencillamente, estar a su lado.
Hoy, la ‘missio ad gentes’ implica también que la Iglesia esté presente en la cultura, la educación, la acción social y el mundo de los jóvenes. Debemos estar allí donde vive la gente.
-En una sociedad postsoviética y muy secularizada, ¿cuáles es la forma más eficaz de anunciar el Evangelio a quienes nunca lo han escuchado o lo han olvidado?
-Creo que, ante todo, cuenta el testimonio de la propia vida. Puede que a las personas no les interesen nuestros argumentos religiosos, pero sí perciben la sinceridad. Por eso, no podemos anunciar el Evangelio solo con palabras.
La gente tiene que ver que la fe en Cristo transforma realmente a una persona: su manera de mirar a los demás, de construir relaciones, de vivir en familia y de afrontar el sufrimiento.
También hace falta paciencia. La historia del siglo XX ha dejado en muchas personas cierta distancia respecto a las instituciones religiosas. Un solo sermón no va a cambiar las cosas: hacen falta tiempo, relaciones auténticas y confianza.
Por eso son tan importantes las pequeñas comunidades, el trato personal, la catequesis de adultos y la atención pastoral a las familias y los jóvenes. Y, sobre todo, el encuentro personal.
A veces, la evangelización comienza con una pregunta muy sencilla: «¿Cómo puedo ayudarte?». Más adelante, la persona quizá pregunte: «¿Por qué lo haces?». Entonces surge la oportunidad de hablarle de Cristo.
-Muchas parroquias históricas de Kazajistán nacieron de la fe de polacos, alemanes y ucranianos deportados. ¿Cómo pasar de una Iglesia que conserva la memoria a otra que se abre al mundo?
-La memoria es muy importante para nosotros. No debemos olvidar a quienes conservaron su fe en circunstancias extremadamente difíciles y la transmitieron a las generaciones posteriores. Gracias a ellos, la Iglesia pudo sobrevivir a momentos muy duros. Su testimonio forma parte de nuestro patrimonio.
En muchos sentidos, la Iglesia de Karaganda nació del sufrimiento, la fidelidad y el valor de estas personas.
Pero la memoria no debe encerrarnos en el pasado. Tenemos que mirar hacia delante y preguntarnos a quién estamos llamados a transmitir hoy la fe: a los jóvenes de Kazajistán, a las familias, a quienes viven en las ciudades y a quienes no tienen ninguna raíz cristiana.
Por eso, quisiera ver una Iglesia que conserve su memoria y, al mismo tiempo, mire al futuro. El legado de los deportados no debe quedar reducido al recuerdo de una época pasada. Puede y debe inspirarnos para emprender una nueva evangelización.
Su ejemplo demuestra que la fe puede conservarse incluso en las circunstancias más difíciles. Ahora nos corresponde a nosotros transmitir ese don.
-En Kazajistán, la presencia de la Iglesia católica está estrechamente vinculada a la acción social. ¿Cómo puede la caridad convertirse en una forma de evangelización y de diálogo con quienes no comparten la fe católica?
-La caridad y las obras de misericordia son, en general, un lenguaje que todos comprenden. Cuando ayudamos a un enfermo, a una persona que lucha contra una adicción, a un niño o a alguien que atraviesa dificultades, no empezamos preguntándonos cuál es su nacionalidad o qué religión profesa. Simplemente vemos a una persona. Este es un testimonio muy importante del Evangelio.
El amor cristiano no puede detenerse en las fronteras de la Iglesia. La atención a la persona humana debe ser incondicional.
Además, la acción social crea espacios de encuentro. Podemos colaborar para ayudar a alguien aunque tengamos convicciones religiosas diferentes. A través de ese servicio compartido nacen relaciones humanas y confianza, y sobre esa confianza puede construirse un diálogo auténtico.
Por eso, a veces una buena acción realizada juntos puede decir mucho más sobre el cristianismo, y hacerlo con mayor claridad, que una discusión filosófica o un discurso abstracto sobre la religión.
-¿Cuáles son los problemas sociales más urgentes a los que se enfrenta hoy la diócesis de Karaganda y cómo intenta responder la Iglesia de manera concreta?
-Uno de los desafíos más graves es la situación de las familias, especialmente las que atraviesan crisis, viven en la pobreza o han perdido sus vínculos familiares. También me preocupan otros problemas importantes, como las adicciones, la soledad y las dificultades que sufren las personas mayores.
La situación de los jóvenes también me importa mucho, sobre todo en las pequeñas localidades y las zonas rurales, donde no siempre ven un futuro para sí mismos.
Naturalmente, la Iglesia no puede resolver todos los problemas sociales, ni esa es su misión. Pero puede estar presente: ayudar, crear espacios de encuentro, realizar obras de misericordia y colaborar en esta tarea con todas las personas de buena voluntad.
Para nosotros hay un principio fundamental: la dignidad de cada persona. No ayudamos a alguien porque sea católico, sino porque es un ser humano. Creo que ese debe ser el fundamento de toda la acción social de la Iglesia.
-Muchos jóvenes abandonan las zonas rurales e incluso el país en busca de un futuro mejor. ¿Cómo puede la Iglesia apoyar a las nuevas generaciones y ayudarlas a encontrar motivos para tener esperanza y quedarse?
Un joven no necesita únicamente un trabajo y perspectivas económicas. También necesita sentir que su vida tiene sentido, que es útil y que puede ayudar a los demás.
La Iglesia puede ser un lugar donde los jóvenes descubran sus capacidades, aprendan a asumir responsabilidades y disciernan su vocación. Necesitan formación, pero también espacios en los que puedan asumir responsabilidades, desarrollar iniciativas propias y aprender a servir a los demás. No podemos limitarnos a decirles: «Quedaos aquí». Es mejor preguntarnos: «¿Qué podemos hacer para que podáis vivir aquí con dignidad, crecer, desarrollar vuestro potencial y descubrir vuestra vocación?». Naturalmente, la Iglesia no puede sustituir las políticas económicas ni las decisiones del Gobierno. Pero sí puede ayudar a los jóvenes a reconocer el valor de sus vidas y a encontrar esperanza, para que vean el futuro como algo más que una carrera profesional o el éxito material. La esperanza cristiana no depende de las circunstancias, porque su fuente es Cristo.
-¿Cómo se puede fomentar una cultura del encuentro en una sociedad donde conviven católicos, musulmanes y cristianos ortodoxos? ¿Pueden las iniciativas sociales convertirse en un espacio de diálogo interreligioso en Kazajistán?
-Creo que la acción social puede ser, efectivamente, un espacio de encuentro muy importante. Cuando colaboramos para ayudar a quienes atraviesan dificultades, nuestras diferencias no desaparecen, pero dejan de ser un obstáculo para hacer el bien.
El diálogo interreligioso no debería limitarse a las conferencias oficiales. También tiene que formar parte de la vida cotidiana: cuidar juntos de los pobres, las familias, los niños, los ancianos y quienes han quedado al margen de la sociedad.
Kazajistán ocupa una posición especial en este sentido. Aquí conviven personas de distintas religiones y culturas, y tenemos la oportunidad de encontrarnos en el día a día y construir relaciones humanas.
Por eso, las iniciativas sociales pueden convertirse en una especie de laboratorio para el diálogo. A través de ellas aprendemos a respetarnos y a colaborar por el bien común, sin renunciar a nuestra fe ni a nuestra identidad.
-¿Cómo valora la actitud de las autoridades kazajas en relación con la libertad religiosa, la actividad misionera y la evangelización?
-Kazajistán tiene un contexto histórico, social y jurídico particular. Por eso, las relaciones entre el Estado y las comunidades religiosas requieren diálogo, respeto mutuo y un buen conocimiento de la legislación vigente.
Por mi experiencia, es fundamental mantener un diálogo sereno y constructivo con las autoridades. La Iglesia no pretende sustituir al Estado ni dedicarse a la actividad política. Su misión es cumplir su cometido religioso y social y ponerse al servicio de la persona humana.
Para nosotros es importante contar con libertad para anunciar el Evangelio, desarrollar actividades pastorales y educativas, llevar adelante obras de caridad y atender a los fieles.
Al mismo tiempo, estoy convencido de que el diálogo sigue siendo el mejor camino. Cuando hay confianza y respeto mutuos, es posible abordar con serenidad las cuestiones difíciles y buscar soluciones que promuevan el bien común y la dignidad humana.
Kazajistán tiene una experiencia singular de convivencia entre pueblos y religiones diferentes. Creo que la Iglesia católica puede seguir contribuyendo a construir una sociedad basada en el respeto, la paz, la solidaridad y la comprensión mutua.
(Agencia Fides 10/10/2026)