IMC - Francisco Marlo
Por Paolo Affatato
Roma (Agencia Fides) – Este año, el padre James Bhola Lengarin, superior general de los Misioneros de la Consolata, celebrará la Jornada Mundial de las Misiones (JMM) en un lugar de profundo valor simbólico: Etiopía, el país que san José Allamano, fundador de su instituto religioso, había señalado como “un gran sueño misionero”. «Celebraré la centésima Jornada Mundial de las Misiones en Etiopía, junto con nuestros misioneros y las comunidades locales», cuenta a la Agencia Fides. Se encontrará allí con motivo de la visita canónica, pero su presencia adquiere un significado que va más allá de los compromisos institucionales. «Etiopía tiene un valor especial», explica. «Allamano nunca consiguió ir personalmente, pero deseaba llegar al pueblo etíope y continuar la obra de evangelización iniciada por el cardenal Guglielmo Massaia. Celebrar allí el centenario de la JMM -afirma Lengarin- será para nosotros una ocasión para dar gracias por el camino recorrido, escuchar la realidad actual y renovar nuestro compromiso con la misión de cara al futuro».
El padre Lengarin, sacerdote keniano de 55 años, fue elegido superior general del Instituto Misiones de la Consolata (IMC) el 12 de junio de 2023, durante el XIV Capítulo General. Es el primer africano que dirige el Instituto. A lo largo de su trayectoria ha desempeñado diversas responsabilidades pastorales en Kenia, entre ellas en Radio Waumini, en Nairobi, y en el Santuario de la Consolata. También ha sido Administrador regional y, entre 2017 y 2023, vice superior general.
En tierra africana, precisamente en un país largamente anhelado por Allamano, el primer africano al frente de la Consolata celebra el centenario de la JMM en sintonía con el mensaje del Papa León XIV, «Uno en Cristo, unidos en la misión». Lengarin considera esta conmemoración «no como una simple efeméride, sino como una invitación a la comunión, la corresponsabilidad y un nuevo impulso misionero».
Para el padre Lengarin, los cien años de la Jornada Mundial de las Misiones reflejan una profunda transformación de la conciencia misionera de la Iglesia. «Hemos pasado –observa- de concebir la misión como un movimiento desde algunos países cristianos hacia tierras lejanas a una conciencia más profunda de que toda la Iglesia es misionera y cada bautizado es un discípulo misionero». El Concilio Vaticano II, el crecimiento de las Iglesias locales, el protagonismo de los laicos y el diálogo ecuménico e interreligioso han ido transformando la geografía de la misión. «Hoy ya no existen únicamente países que envían y países que reciben: todos dan y todos reciben». Por eso, el centenario «no es solo memoria, sino una llamada a inaugurar una nueva época misionera».
También ha cambiado el significado de la expresión ad gentes, señala. Ya no se refiere únicamente a ir a otro continente o dirigirse a pueblos no cristianos, sino a «salir de uno mismo, de la propia cultura y de las propias seguridades, para encontrarse con pueblos, contextos y personas donde el Evangelio no se conoce o ha dejado de percibirse como una buena noticia». La distancia, explica el superior general de la Consolata, puede ser geográfica, pero también «humana, cultural, religiosa o existencial». Esta perspectiva mantiene intacto el carisma del Instituto: dirigirse a los lugares más pobres, a las personas más vulnerables, a los migrantes y a aquellas realidades en las que la presencia de la Iglesia es más frágil.
De ahí nace también una nueva comprensión de las «periferias misioneras»: son «las zonas marcadas por las guerras, las rutas migratorias y los campos de refugiados, los pueblos indígenas y las minorías olvidadas, las comunidades afectadas por las crisis ambientales, pero también las grandes ciudades atravesadas por la soledad, las desigualdades y la pérdida de sentido». A ello se suma el «continente digital», donde muchos jóvenes «ya no encuentran un lenguaje eclesial que puedan comprender». En estos lugares, observa Lengarin, incluso cuando no es posible anunciar explícitamente el Evangelio, «este se testimonia mediante la presencia humilde, respetuosa y fiel de los misioneros».
La misión comienza, por tanto, con la escucha. «Hay que partir de escuchar, compartir la vida, servir sin discriminaciones y dejarse evangelizar también por las personas con las que nos encontramos», señala. Las obras de caridad, que acompañan la escucha en la vida de los misioneros, «no son una estrategia para llegar al anuncio ni un sustituto de este: son una manifestación del amor de Dios». Cuando nace la confianza y el otro pregunta por «la razón de nuestra esperanza –explica-, entonces es posible pronunciar con sencillez y fe el nombre de Jesús». El objetivo es generar «caminos de consuelo, justicia, paz y esperanza».
Desde esta perspectiva se entiende también el diálogo interreligioso. Para Lengarin, «forma parte de la misión, porque evangelizar no significa “conquistar”, sino dar testimonio de Cristo con respeto y verdad». «Dialogar no significa renunciar a la propia identidad, sino vivirla sin miedo, reconociendo las semillas de bien que el Espíritu suscita en las personas y en las distintas tradiciones religiosas», recuerda. En la labor misionera de los religiosos de la Consolata, este diálogo se concreta en la colaboración por la paz, la educación, la atención a los enfermos, la defensa de la dignidad humana y la amistad con personas de otras religiones. «El diálogo de la vida –subraya- a menudo precede al diálogo teológico y le da credibilidad».
La misión, observa, «es cada vez más circular». Las Iglesias de antigua tradición cristiana reciben hoy misioneros de África, Asia y América Latina. «Esto nos obliga a superar la idea de que algunas Iglesias son siempre maestras y otras, siempre destinatarias», señala. «Los misioneros procedentes del Sur global aportan una fe joven, nuevas sensibilidades pastorales y una riqueza cultural que también puede transformar a las Iglesias que los acogen. Lo importante -afirma Lengarin- no es de dónde venimos, sino a quiénes somos enviados y cómo podemos servir juntos».
Esta reciprocidad implica también a los laicos. La corresponsabilidad, observa el superior general, «no nace simplemente de la necesidad de contar con más voluntarios, sino del Bautismo». «Los laicos –precisa- no son solo colaboradores del clero o de los religiosos, sino protagonistas de la misión en la familia, el trabajo, la cultura, la política y la economía. Por eso es necesario implicarlos en el discernimiento y en las decisiones, en la formación espiritual y misionera, y reconocer los dones de mujeres, hombres y jóvenes. Hay que pensar, decidir y actuar juntos».
El camino misionero pasa, finalmente, por la comunión. Al recordar el mensaje del Papa León XIV para el centenario de la JMM, Lengarin insiste en que «la primera responsabilidad de la Iglesia es mantener viva la unidad espiritual y fraterna»: «La comunión es fuente y fruto de la misión». Cuando prevalecen los conflictos, las polarizaciones y la desconfianza, el testimonio pierde fuerza. En particular, en las comunidades internacionales de la Consolata, «la unidad no significa uniformidad: nace de la oración común, la Eucaristía, la escucha paciente, la corrección fraterna y la disposición a conocer lenguas, sensibilidades y formas de vida diferentes. Las diferencias culturales, cuando se acogen como un don, pueden convertirse en un testimonio profético: personas distintas pueden formar una sola familia en Cristo y una sola comunidad misionera».
¿De dónde procede, entonces, la fuerza para seguir poniéndose en camino? «El amor es la sustancia de la misión», responde Lengarin, remitiéndose de nuevo al mensaje del Papa para la JMM. «La fuente cotidiana es la unión con Cristo, en la Palabra, la Eucaristía, la oración y la fraternidad. En la espiritualidad de la Consolata, la Eucaristía es fuente y culmen de la evangelización. Pero la fuerza también procede de los pobres, en quienes Cristo se hace presente, y de la presencia silenciosa de María Consolata». «En los momentos difíciles –observa-, vuelve a hacerse presente una certeza fundamental: no somos nosotros quienes salvamos al mundo. El misionero está llamado a permanecer junto a las personas con fidelidad, dejando que el amor de Dios llegue a ellas a través de pequeños gestos concretos y perseverantes».
A los jóvenes, con motivo del centenario de la JMM, Lengarin les dirige una invitación sencilla y firme: «¡Levántate!». «Levántate de la indiferencia, del miedo a equivocarte y de la idea de que tu vida debe construirse únicamente para ti mismo». La misión no comienza cuando uno parte hacia otro continente, sino cuando se deja tocar por la vida de Cristo. «No tengáis miedo -dice a los jóvenes- de plantear a Dios preguntas grandes y de dejaros interpelar. El mundo necesita vuestro valor, vuestra creatividad y vuestra capacidad para construir vínculos». Y quienes no sientan una especial inquietud misionera pueden empezar por la cercanía: «El encuentro abre caminos que no habíamos previsto».
El primer africano al frente de la Consolata llega a Etiopía convencido de que la misión sigue siendo, ante todo, un movimiento de salida de uno mismo para acercarse al prójimo. Esa tierra, soñada por el fundador, se convierte hoy también en el lugar desde el que contemplar una misión que ha cambiado a lo largo de un siglo, pero que conserva su esencia: el don del Evangelio de Cristo al mundo.
En la actualidad, el Instituto de los Misioneros de la Consolata cuenta con 948 misioneros, presentes en cuatro continentes y 33 países: 613 en África, 203 en Europa, 125 en América y 7 en Asia. Entre ellos hay 680 sacerdotes, 26 hermanos, 15 obispos y 228 profesos estudiantes.
(Agencia Fides 13/10/2026)