Diócesi Sonsón Rionegro
Por Laura Gómez Ruiz
Sonsón-Rionegro (Agencia Fides) – Para llegar a algunas de las comunidades del Vicariato Apostólico de Mitú, en la Amazonia colombiana, hay que recorrer ríos, atravesar la selva y afrontar grandes distancias en un territorio con escasas vías de comunicación. En este departamento del Vaupés, una de las regiones más extensas y complejas de Colombia, conviven numerosos pueblos indígenas que conservan sus propias lenguas, tradiciones y formas de organización, en una realidad en la que las distancias también condicionan el acompañamiento pastoral de las comunidades. La presencia, la escucha y el compartir la vida cotidiana adquieren así un significado particular como formas de evangelización. Es en esta realidad donde 54 misioneros de la Diócesis de Sonsón-Rionegro vivieron, en junio pasado, una experiencia de misión compartida con una Iglesia hermana.
No fueron solamente para llevar actividades pastorales. «Podíamos haber pensado que íbamos a realizar una misión. Con el paso de los días comprendimos que, en realidad, íbamos a vivir un encuentro», explica a Fides el padre Renzo Baltazar Martínez Ramírez, Delegado Episcopal de Pastoral Misionera y director de las Obras Misionales Pontificias de la Diócesis de Sonsón-Rionegro, en Antioquia, Colombia.
La Diócesis de Sonsón-Rionegro ha sido la primera de su provincia eclesiástica en realizar una misión presencial en el Vicariato Apostólico de Mitú, en el marco del hermanamiento entre ambas Iglesias. En esta primera experiencia participaron 54 misioneros -sacerdotes, religiosas y laicos- que fueron enviados a comunidades pertenecientes a las parroquias de la Catedral María Inmaculada, Nuestra Señora de Fátima, San Pablo Apóstol y la cuasi-parroquia Santa Laura Montoya. Durante esos días realizaron visitas a las familias, encuentros con niños y jóvenes, acompañamiento a personas enfermas, celebraciones, catequesis y espacios de escucha comunitaria.
El objetivo no era solo organizar una semana de actividades pastorales, sino comenzar a dar forma concreta a una relación entre Iglesias que buscaban conocerse, compartir sus experiencias y asumir juntas la responsabilidad misionera.
El fruto de aquellos días no se mide solamente por las actividades realizadas. Para el padre Renzo «Cuando uno piensa que va a hacer una misión, corre el riesgo de preguntarse primero qué va a llevar. Cuando entiende que va a encontrarse con una Iglesia hermana, la primera pregunta cambia: ¿qué venimos a recibir?».
La misión como intercambio de dones
Mitú está en una región amazónica marcada por la diversidad cultural y por las dificultades que imponen las distancias y la geografía. La presencia de la Iglesia en este territorio tiene más de un siglo de historia misionera y se ha desarrollado en estrecho contacto con las comunidades indígenas.
El hermanamiento entre Iglesias particulares busca precisamente que esta relación no se limite a intervenciones puntuales, sino que se traduzca en un camino de conocimiento mutuo, colaboración y corresponsabilidad misionera.
Para quienes han llegado desde Antioquia, esa realidad ha planteado una pregunta que ha terminado convirtiéndose en una de las claves de la experiencia: «¿Quién evangeliza a quién?» «Podemos llegar a una comunidad pensando que somos nosotros quienes llevamos el Evangelio. Pero el Evangelio ya ha llegado antes que nosotros. Dios ya estaba allí», afirma el sacerdote. La pregunta no es retórica. Supone reconocer, explica, que el misionero también necesita ser evangelizado: «Necesita dejarse sorprender. Necesita reconocer que hay formas de vivir la fe que pueden interpelarlo».
El encuentro permitió así superar una visión de la cooperación misionera entendida únicamente como ayuda. Una Iglesia «Puede necesitar misioneros y, a la vez, ser ella misma una maestra de misión. Puede recibir ayuda y ofrecer esperanza. Puede pedir recursos y entregar testimonio», señala el padre Renzo.
Por eso, junto a la pregunta «¿qué podemos hacer por Mitú?», apareció otra: «¿Qué puede enseñarnos Mitú?». Para el sacerdote, cuando ambas preguntas se encuentran, la cooperación empieza a convertirse en comunión.
Escuchar antes de hablar
Una de las primeras lecciones de la misión fue aprender a escuchar: la historia de las comunidades, a quienes trabajan pastoralmente en el Vicariato, a sacerdotes, religiosos, agentes de pastoral y líderes, y también a los pueblos indígenas. «Escuchar no significa simplemente recoger información. Escuchar es reconocer que Dios puede hablarnos a través del otro», explica.
Entre las experiencias que permanecen en la memoria de los misioneros está el encuentro con la ‘maloca’, la casa grande que, según el pueblo indígena y su tradición, puede ser lugar de encuentro comunitario, celebración y transmisión de saberes. Compartir allí los alimentos llevó a los visitantes a descubrir el valor de la mesa como lugar de encuentro y comunidad y, desde su propia experiencia cristiana, a relacionarlo con la ‘mesa de la Eucaristía’.
En este contexto adquirió un significado especial la palabra «eucaristizar», con la que el padre Renzo expresa la llamada a trasladar a la vida cotidiana aquello que se celebra en la Eucaristía: hacer de la propia existencia un don para los demás. «La Eucaristía nos reúne, pero también nos pone en camino. Nos hace uno para enviarnos hacia otros», explica el sacerdote. El lema elegido para la misión, «Con Jesús, remamos juntos hacia la vida plena», expresa precisamente esta idea. Remar exige coordinación, paciencia, esfuerzo y una dirección compartida. «No remamos simplemente porque tenemos un proyecto pastoral. Remamos porque Él nos reúne y nos envía», afirma.
La experiencia en la Amazonia y el horizonte “ordinario” de la misión
La misión no terminó con el regreso a Antioquia. La experiencia llevó a los misioneros a mirar de nuevo su propia Iglesia. «Después de mirar las distancias de Mitú, tuvimos que mirar nuestras propias distancias», reconoce el padre Renzo. ¿A quiénes tienen cerca y todavía no han encontrado? ¿Quiénes viven en las periferias de las parroquias? ¿Qué personas están físicamente cerca, pero pastoralmente lejos? «El que sale hacia lejos aprende a mirar de otra manera lo que tiene cerca», afirma.
Para el sacerdote, el desafío consiste ahora en que las preguntas surgidas durante la misión no queden limitadas a una reflexión personal, sino que ayuden a revisar la manera en que la diócesis vive su propia tarea evangelizadora.
Esta experiencia ha tenido un significado particular para la Diócesis de Sonsón-Rionegro, que ha asumido para el período 2026-2030 un horizonte pastoral centrado en una Iglesia sinodal, en comunión, participación y misión. El encuentro con Mitú permitió llevar estas palabras al terreno concreto: caminar con otra Iglesia, escucharla, compartir los propios dones y reconocer también lo que ella puede ofrecer. Por eso, para el padre Renzo, «regresar no significa terminar. El desafío es que la misión no quede convertida en un recuerdo, sino que se transforme en un proceso capaz de generar frutos» en la comunidad que envió a los misioneros.
Un camino que continúa
La experiencia de Mitú se inscribe en un proceso más amplio de cooperación misionera entre Iglesias particulares de Colombia. Para Sonsón-Rionegro, el siguiente momento de este camino será el Congreso Centenario DOMUND, que la Diócesis celebrará del 16 al 18 de octubre de 2026 en La Ceja del Tambo, bajo el lema «Uno en Cristo, unidos en la misión».
Después de Mitú, estas palabras tienen para los misioneros un significado concreto. La unidad entre Iglesias no se construye solamente con documentos o proyectos, sino caminando juntos, escuchándose y reconociendo que cada Iglesia tiene algo que recibir y algo que ofrecer. «Fuimos pensando que llevábamos algo. Regresamos descubriendo que habíamos recibido mucho», concluye el padre Renzo.
(Agencia Fides 12/10/2026)