Nemi (Agencia Fides) – La formación permanente de los obispos como tiempo de comunión, renovación espiritual y conversión personal y pastoral. Esta ha sido la perspectiva propuesta por el arzobispo Samuele Sangalli en la homilía pronunciada el 19 de septiembre, memoria de san Jenaro, obispo y mártir, con motivo de la clausura del Curso de formación permanente promovido por el Dicasterio para la Evangelización, a través de la Sección para la Primera Evangelización y las Nuevas Iglesias Particulares, que había comenzado el domingo 13 de diciembre en el Centro «Ad Gentes» de Nemi, en la zona de los Castelli Romani.
El Curso ha representado una nueva iniciativa «experimental» dentro de las actividades promovidas por el Dicasterio misionero. En las sesiones de trabajo han participado 21 obispos, todos ellos procedentes de países africanos de lengua inglesa, que recibieron la ordenación episcopal entre 1999 y 2022.
Al dirigirse a los participantes, el secretario adjunto del Dicasterio misionero ha recordado ante todo las palabras del apóstol Pablo en la Primera Carta a los Corintios: «Y así como hemos llevado la imagen del hombre terreno, llevaremos también la imagen del hombre celestial» (1 Cor 15,49). Estas palabras, ha explicado, se refieren ciertamente a «la misteriosa transformación que tendrá lugar en el momento de nuestra muerte», pero muestran también una realidad que ya está actuando en la vida de los bautizados.
«Sabemos que, desde el momento de nuestro Bautismo, por la fuerza del Espíritu Santo, ya está actuando en nosotros esa obra de configuración de nuestra humanidad a la de Cristo: una transformación que requiere la adhesión de todo nuestro ser; una conversión que abarca toda nuestra vida como cristianos y como ministros del Evangelio», ha afirmado Sangalli.
También forman parte de este camino las jornadas de encuentro reservadas a los obispos: momentos de fraternidad, profundización y renovación interior promovidos por el Dicasterio y que, ha señalado el arzobispo, han sido acogidos «con gran entusiasmo por los episcopados a los que fueron propuestas». La esperanza es que estas iniciativas, que permiten hacer visible la dimensión «católica/universal de la comunión episcopal», se consoliden y se conviertan en una cita habitual junto a la Sede de Pedro, como sucede ya con el Curso de formación destinado a los obispos de reciente nombramiento.
El itinerario formativo, ha continuado el arzobispo Sangalli, ayuda a los pastores «a dejar madurar en nosotros y en nuestro ministerio episcopal la semilla» de la Palabra de Dios. A este respecto, el secretario adjunto del Dicasterio misionero ha citado la Constitución conciliar Dei Verbum: «Dios, que habló en el pasado, sigue conversando siempre con la esposa de su Hijo amado; y el Espíritu Santo, por quien la voz viva del Evangelio resuena en la Iglesia y, por medio de ella, en el mundo, va introduciendo a los creyentes en la verdad plena y hace que habite en ellos abundantemente la palabra de Cristo».
La imagen de la semilla, evocada en la parábola evangélica proclamada en la liturgia del día, ha guiado el núcleo de la meditación. El arzobispo Sangalli ha propuesto a los obispos una extensa página de san Carlos de Foucauld, a quien ha presentado como «el místico explorador de la vida cotidiana de Cristo». En el texto, el santo francés contempla la acción incansable de Dios, que siembra el Evangelio en los corazones incluso cuando parecen distraídos, mal dispuestos, ingratos u hostiles.
«¡Qué bueno eres, Dios mío, que no solo te dignas darnos la palabra de vida y los ejemplos que nos muestran el camino, sino que te preocupas incluso de mostrarnos los obstáculos que podrían impedirnos sacar provecho de ellos! (...) ¡Qué bueno eres, tú que tanto te afanas por nosotros, que vas y vienes, que hablas durante todo el día, que siembras sin cesar la semilla del Evangelio y, ¡ay!, con tanta frecuencia la siembras en almas distraídas, en almas mal dispuestas, ingratas, a veces hostiles!».
De ahí la invitación a no seleccionar a los destinatarios del anuncio, sino a compartir la propia lógica de Jesús, que siembra sin escatimar. «Prediquemos el Evangelio a toda criatura como hizo Jesús, tanto si está bien dispuesta como si está mal dispuesta; sembremos la semilla de nuestras oraciones, de nuestro buen ejemplo, de nuestras buenas obras y, si Dios quiere, de nuestras palabras, en toda alma humana; Dios hará que germine a su debido tiempo, si esta es receptiva; es obra suya y de ellos; la nuestra consiste en sembrar, como Él lo hace, el santo Evangelio en cada ser humano, hablando o guardando silencio, según Dios nos pida».
La misma página de Foucauld recuerda también la responsabilidad de quienes reciben la semilla de la Palabra. «Y cuando el divino Sembrador deja caer su semilla sobre nosotros, acojámosla y seamos para ella tierra buena: no seamos “ligeros”, dejando que el diablo nos arrebate la semilla; no seamos “inconstantes”, recibiendo la palabra y haciendo grandes propósitos de perfección, para después abandonarlos ante la primera dificultad que encontremos al ponerlos en práctica (...); no estemos “apegados a las cosas terrenas”, descuidando llevar a cabo nuestros propósitos de perfección».
Cada circunstancia de la existencia, ha recordado el arzobispo citando de nuevo al santo, puede convertirse en una semilla confiada a la libertad del hombre: «Esta semilla divina cae sobre nosotros a cada hora; (...) a cada minuto, a cada segundo, Él la arroja en cada alma humana. Cada buena inspiración, cada buen deseo, cada buen pensamiento, ese buen ejemplo que hemos recibido, ese buen libro que hemos leído, esa buena palabra que hemos escuchado, esa alma hermosa que hemos entrevisto, esta prueba, esta enfermedad, este acontecimiento, este consuelo, este sufrimiento: en definitiva, todo lo que nos sucede en la vida, todo lo que sigue a cada instante, es buena semilla arrojada por el tierno Sembrador para dar fruto en nuestro terreno y producir en nosotros frutos de vida eterna: “Todo contribuye al bien de los que aman a Dios” (Rom 8,28)».
Al término de la homilía, Sangalli ha confiado el camino de los obispos a la confianza en María y en san Jenaro. «Que el Señor nos ayude, pues, a hacer fructificar, según su voluntad, la semilla que ha sembrado en nosotros durante estos días». Y ha concluido con las palabras del Salmo 55: «Esto sé: que Dios está por mí. En Dios, cuya palabra alabo, en Dios confío, no temeré».
El Curso de formación para obispos celebrado en Nemi ha sido organizado con el apoyo de la Fundación Pontificia «Ayuda a la Iglesia que Sufre». En la tarde del viernes 18 de septiembre, la doctora Regina Lynch, presidenta ejecutiva de «Ayuda a la Iglesia que Sufre», con responsabilidad sobre las regiones de África Oriental, ha participado en la sesión de trabajo y ha presentado a los participantes las actividades de la Fundación.
(MLK) (Agencia Fides 21/9/2026)