Il Metropolita Ioannis Zizioulas celebra l'Eucaristia tra i ruderi della chiesa di San Giovanni Evangelista in Turchia, nel luogo in cui sorgeva l'ant
Atenas (Agencia Fides) – Ayer se cumplieron tres años del fallecimiento del gran teólogo ortodoxo Ioannis Zizioulas, metropolitano de Pérgamo, ocurrido el 2 de febrero de 2023 a los 92 años.
Zizioulas ha sido uno de los teólogos cristianos más originales y fecundos entre los siglos XX y XXI. Así lo consideraban, entre otros, grandes teólogos católicos como Yves Congar y Joseph Ratzinger -posteriormente Papa Benedicto XVI-, junto con el Papa Francisco.
La originalidad y la profundidad teológica de Ioannis Zizioulas nacían de una lectura penetrante y coherente de la Tradición de los Padres griegos de la Iglesia. De esa fuente extraía sus enseñanzas sobre la naturaleza sacramental de la Iglesia y también la centralidad que concedía a la escatología, es decir, a la mirada constante hacia las “realidades últimas”, hacia la salvación de cada persona y de toda la humanidad. Porque la Resurrección de Cristo no es solo un acontecimiento sepultado en el pasado, sino una meta prometida. Y la Iglesia nace y avanza en su camino no por el mero recuerdo de la muerte de Cristo, sino por el hecho de caminar hacia Cristo resucitado, “recordando el futuro”.
Precisamente, Remembering the future (“Recordar el futuro”, en la edición italiana publicada por Edizioni Dehoniane de Bolonia) ha sido el título del último libro publicado por Zizioulas, con un prefacio del Papa Francisco.
El 30 de enero de 2023, Ioannis Zizioulas tenía previsto pronunciar una homilía en la diócesis ortodoxa más grande de Atenas, la de Peristeri. Se trataba de una homilía que ofrecía una mirada original y provocadora sobre la situación de la Iglesia y del mundo en el tiempo presente, inspirándose en las enseñanzas de los santos teólogos Basilio, Juan Crisóstomo y Gregorio Nacianceno. Dos días antes, el 28 de enero, Zizioulas fue hospitalizado por Covid-19 y, el 2 de febrero, emprendió su camino hacia la morada eterna.
A continuación, se publica el texto íntegro inédito de aquella homilía que el gran teólogo nunca llegó a pronunciar.
(Nikos Tzoitis).
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El estudio de la obra de los tres grandes Padres de la Iglesia, San Basilio, San Gregorio el Teólogo y San Juan Crisóstomo, nos conduce a determinadas conclusiones sobre la situación de la Iglesia en el mundo.
No cabe duda de que estos tres grandes Padres, a quienes hoy honramos, influyeron profundamente en la cultura de su tiempo y más allá. En particular, marcaron la llamada cultura bizantina y la cultura de los pueblos mayoritariamente ortodoxos, aunque no únicamente.
Entre los efectos de esta influencia no se encuentra solo el respeto hacia la Iglesia y sus ministros, que en el pasado, y tal vez tampoco hoy, nunca se vio comprometido por la indignidad de individuos concretos. (Esto se debe a que, mediante una distinción muy cuidadosa, los ortodoxos han sabido separar siempre a la persona concreta de la realidad y de la persona a la que ella remite, de manera que el respeto hacia el Original no se vea perturbado por los defectos de quien lo refleja).
En el plano social, la Iglesia ha aportado un espíritu comunitario a la organización de la vida pública, reforzando así lo que hoy llamaríamos la “democracia” en su expresión auténtica. También ha creado una ética de tolerancia frente a las debilidades humanas, evitando toda forma de “examen sagrado” o de “caza de brujas”, y fomentando positivamente una ética de participación en el dolor y la alegría de los demás.
Todo esto sería impensable en nuestra cultura sin la profunda influencia de la Iglesia. Como lo demuestra hoy el hecho de que, en nuestras sociedades, todos estos valores están desapareciendo gradualmente, con la occidentalización progresiva.
La sociedad sigue su camino, siguiendo un rumbo que, al parecer, no puede ser interrumpido por los arrebatos de nuestras encendidas prédicas sociales. Lo más grave es que la propia Iglesia, sin darse cuenta, deja de ser la sal que conserva, aunque sea en forma de “pequeño resto”, el modo de ser que remite al Dios Trino, tal como nos enseñaron los Padres que hoy honramos.
Los signos de la alteración de la identidad de nuestra Iglesia son hoy, lamentablemente, numerosos. A modo de ejemplo, citaré tres.
a) El psicologismo, que corroe cada vez más nuestra Iglesia.
Nuestros fieles ya no van a la Iglesia como antes, para encontrarse con los demás, sino para “experimentar” más bien una sensación individual de contacto con lo “Divino”. Este tipo de religiosidad psicológica -puramente individual y subjetiva- hoy es promovida incluso por la misma Iglesia bajo la forma de una “contemplación” artificial: pequeñas iglesias semioscuras, preferencia por los monasterios, impulso de evitar la multitud en las celebraciones religiosas, etc. Esto ocurre incluso en el mismo Sacramento de la Confesión, que, en la Iglesia antigua, servía para restaurar nuestra relación con la sociedad y con la Comunidad de la Iglesia, y que hoy tiende a convertirse en un “centro de cura” de las heridas psíquicas del individuo. El psicoanálisis -constructo individualista por excelencia- ha penetrado también en la teología ortodoxa, transformando a la Iglesia en un “hospital” o en un centro de tratamiento de individuos, como si la Comunidad de la Iglesia no fuera suficiente para sanar al hombre, transformándolo de ser introvertido a ser social.
b) El moralismo amenaza con sacudir los cimientos mismos de la Iglesia.
El moralismo, que debe distinguirse claramente de la ética, se basa en la promoción de normas morales, siempre de acuerdo con lo que la sociedad considera “moral”. Así se ignora la realidad del pecado que gobierna nuestra naturaleza caída, y se introduce la distinción entre personas más o menos pecadoras, como si el pecado pudiera graduarse y cuantificarse. Surgen así quienes empuñan la piedra del anatema, listos para apedrear a los que consideran más pecadores que ellos. En esta escena de lapidación, Cristo está ausente (la Iglesia lo oculta), Él que diría: «El que esté sin pecado, que tire la primera piedra». En su lugar está la Iglesia, que como un nuevo Saulo antes de su conversión, guía o aparenta guiar la lapidación purificadora. El arrepentimiento y la contrición tienden a ser sustituidos por el farisaico «οὐκ εἰμί ὥσπερ οἱ λοιποί» (“no soy como los demás”). Mientras Cristo, Cabeza de la Iglesia, aunque sin pecado, se identifica en la cruz con los pecadores, su Cuerpo, la Iglesia, hoy evita esta identificación, incapaz de cargar la cruz de su Cabeza. Así, la eclesiología de Crisóstomo se invierte en la práctica: la Cabeza es crucificada, mientras que el Cuerpo rehúye ser crucificado. Cada separación del Cuerpo de la Cabeza, subraya Crisóstomo, significa la muerte del Cuerpo. La identidad de la Iglesia, tal como la concebían estos grandes Padres, está en peligro.
c) La identidad de la Iglesia amenazada por la fusión con la cultura tecnológica actual.
La tecnología constituye una amenaza para la identidad de la Iglesia porque introduce una forma peculiar y peligrosa de individualismo que elimina la comunión física entre las personas, promoviendo una comunicación liberada de la materia.
Especialmente con Internet y la televisión, el encuentro físico “ἐπί τό αὐτό”, que es la esencia misma de la Iglesia, se sustituye por un contacto “espiritual”, donde todos los símbolos materiales de la Iglesia, con los que se expresa el iconismo de las relaciones, son abolidos. Ya no es necesaria la reunión local del pueblo ni el abrazo físico de las imágenes o los ministros, porque la Divina Liturgia puede transmitirse -a veces incluso por decisión de la Iglesia- por televisión (y pronto, incluso la Confesión se celebrará por internet). Y no se diga que esto se hace para facilitar a los enfermos o a personas impedidas: lo que se ofrece a estas categorías no es la realidad de la función (que requiere presencia física y comunión del cuerpo), sino una imagen visual, es decir, una “realidad virtual”, una caricatura de la Santa Liturgia. Así, se brinda solo una satisfacción psicológica, con lo que la Iglesia altera la realidad ontológica de su identidad, porque la Liturgia es Synaksis “ἐπί τό αὐτό” y la Iglesia es Comunidad. Los “objetos sagrados” se entregan a los profanos con plena tranquilidad de conciencia. En nombre de la adaptación de la Iglesia a las necesidades del hombre contemporáneo, su identidad se ve alterada de manera rápida y peligrosa.
Estos tres puntos citados son los más importantes que hay que subrayar, especialmente en nuestros días. Los tres grandes Padres de la Iglesia de Cristo fueron maestros ecuménicos. Su importancia no se limita a la cultura griega, como suele destacarse en esta jornada. Su enseñanza se dirige a todo ser humano y concierne al modo de existir del hombre en general, como imagen del Dios Trino. Este modo de ser se encarna y se manifiesta de manera excelente en la Iglesia, y lo hace no con lo que enseña, sino con lo que es, con su propia identidad. Por eso es tan importante que la identidad de la Iglesia no se distorsione ni se altere. El peligro de tal alteración es grave hoy. Los puntos señalados son indicativos; podrían añadirse muchos otros. Pero estos tres bastan para despertar nuestras conciencias, sobre todo las de quienes tienen la responsabilidad de guiar la Iglesia y educar al pueblo, ejerciendo la máxima expresión de diaconía y no de despotismo. No necesitamos nada más, si lo que queremos es preservar la identidad de la Iglesia tal como la concibieron los Padres, para cumplir con nuestro deber ante Dios y ante los hombres, y también ante estos tres grandes Padres de la Iglesia de Cristo, que hoy honramos.
Estos tres grandes Padres de la Iglesia antigua, que hoy veneramos solemnemente, redactaron las Divinas Liturgias. Esto no es casual. En la Divina Eucaristía se expresa de manera más plena la identidad de la Iglesia. Allí, la Iglesia se revela y se realiza como Cuerpo de Cristo, imagen de la Santísima Trinidad, anticipación del Reino de Dios. Allí, el hombre vive su relación con el Dios Trino en Cristo, con los demás hombres y con la Creación material. De esta relación obtiene inspiración y guía para su vida. Bastaría analizar la Divina Liturgia de San Basilio o de San Crisóstomo para transmitir hoy la esencia del legado de estos Padres a la Iglesia y al hombre de todas las épocas, incluida la nuestra.
(Agencia Fides 3/2/2026).
Il Metropolita Ioannis Zizioulas celebra l'Eucaristia tra i ruderi della chiesa di San Giovanni Evangelista in Turchia, nel luogo in cui sorgeva l'ant