De una pionera francesa de la frontera estadounidense al Papa León XIV: el itinerario misionero de la hermana Lyn Osiek

sábado, 24 octubre 2026 misión   indígenas   institutos religiosos   religiosas   esclavitud   papa león xiv  

source: Conférence des évêques de France (CEF)

Por Marie-Lucile Kubacki

Saint Louis (Agencia Fides) – Pionera de la educación católica en la frontera estadounidense, Filipina Duchesne (1769-1852) llevó la Sociedad del Sagrado Corazón a Estados Unidos en 1818. Su trayectoria forma parte de la historia misionera que contribuyó a forjar el catolicismo estadounidense, marcado en sus orígenes por una fuerte influencia francesa. Una historia que encuentra hoy un eco en el camino del papa León XIV, desde Chicago hasta Perú y, después, Roma.
Fides ha entrevistado en Saint Louis a la hermana Carolyn Osiek, RSCJ, para profundizar en esta herencia, sus logros y sus capítulos más dolorosos, entre ellos la esclavitud. Especialista en el Nuevo Testamento y antigua archivera de la Provincia de Estados Unidos y Canadá de la Sociedad del Sagrado Corazón, fue profesora de Robert Francis Prevost en la Catholic Theological Union de Chicago. Su testimonio relaciona los desafíos afrontados por los misioneros del siglo XIX con la formación intercultural del primer papa norteamericano.

- ¿Cómo contribuyó Filipina Duchesne a la vida de la Iglesia en la frontera estadounidense, marcada por una gran diversidad cultural?

- Ante todo, formaba parte de un movimiento más amplio. A finales del siglo XIX, la mayoría de los misioneros católicos en el mundo eran franceses. Además, se había inspirado en los relatos de sacerdotes que regresaban de América del Norte, China y otros lugares. Al principio quería ir a China; después, a Canadá, y finalmente tuvo la oportunidad de viajar a América del Norte.
Llegó en 1818, y Misuri se convirtió en estado en 1821. Filipina no pensaba que fuera a Estados Unidos: creía que llegaría a la civilización colonial francesa del valle del Misisipi. Su principal interés eran los nativos americanos, pero ese deseo se vio frustrado porque no pudo pasar mucho tiempo con ellos.
En cuanto a la diversidad cultural, nunca llegó a sentirse cómoda con el inglés, lo que supuso un gran obstáculo. Durante sus primeros años en Misuri, el francés estaba siendo rápidamente sustituido por el inglés. Al valle del Misisipi llegaban personas procedentes del este de Estados Unidos, y ella no estaba preparada para tratar con ellas. Así, en lugar de hacer realidad su sueño de llegar a la frontera, donde encontraría a los nativos americanos, se encontró en una ciudad fronteriza en plena expansión, ocupándose de niños franceses y angloamericanos. Gestionar esa diversidad cultural fue extremadamente difícil para ella.

- ¿Cómo reaccionó?

- Siguió el modelo de la Sociedad del Sagrado Corazón, fundada hacía poco en Francia, basado en los internados femeninos europeos. El modelo distinguía entre religiosas de coro y hermanas coadjutoras. El obispo le había advertido de que no funcionaría en Misuri, pero ella mantuvo las costumbres francesas, aunque resultaron inadecuadas. En aquellos contextos coloniales había una necesidad urgente de sacerdotes y religiosos. Muchas comunidades se independizaron de sus fundaciones europeas, pero Filipina se negó a hacerlo. Podía esperar hasta seis meses para recibir una respuesta de Magdalena Sofía Barat, la superiora general en Francia, lo que provocaba una gran frustración al obispo. Mantener esos vínculos contribuyó a que nos convirtiéramos en una congregación internacional, presente hoy en 41 países.

- ¿Qué puede aportar hoy a la Iglesia en Estados Unidos su labor educativa, iniciada en St. Charles?

- Las religiosas participaron en la colonización y el desarrollo de nuevos territorios, sobre todo mediante escuelas y hospitales. Los hospitales no formaban parte de la misión de la Sociedad del Sagrado Corazón, que se desarrollaba a través de la educación.
El modelo europeo distinguía entre internados para las clases altas y escuelas gratuitas para los pobres. Filipina había crecido con esta distinción, aunque su familia pertenecía a la burguesía. Fundó ambos tipos de centros, pero hacía falta una solución intermedia. Las escuelas externas de pago, que también estaban surgiendo en Europa, representaban un nuevo desafío.
Su obra forma parte del importante y duradero legado de la educación católica en Estados Unidos y Canadá, del que con el tiempo surgieron grandes universidades. Creo que esta sigue siendo una contribución característica. Con un nuevo Papa y una nueva voz magisterial, el énfasis en la dignidad humana y en la doctrina social de la Iglesia es hoy más importante que nunca. Filipina participó en los comienzos de este compromiso.

- ¿Cómo interpretar su deseo de vivir con los pueblos indígenas a la luz de las heridas causadas por la historia colonial?

- Formó parte de esa historia, pero no tenía intención de causar heridas. Cuando llegó a Misuri, los nativos americanos ya habían sido desplazados en gran medida hacia el oeste, lejos de Saint Louis y St. Charles. Esto frustró su esperanza de trabajar entre ellos.
El desplazamiento forzoso de los nativos americanos es un elemento central de la historia estadounidense. Fueron expulsados de las tierras cultivables y trasladados a lugares donde podían ser confinados y evangelizados, siempre según la voluntad de los blancos.
Filipina llegó a la misión potawatomi de Sugar Creek, en Kansas, en 1841. En 1848, los potawatomi fueron expulsados de nuevo. Las Religiosas del Sagrado Corazón los siguieron hasta St. Mary's, antes de que finalmente se dispersaran. Asociamos a los potawatomi con Kansas, pero procedían de Indiana y de regiones mucho más al este.
Los jesuitas con los que colaboraba Filipina intentaban evangelizar y formar buenos católicos. Ella compartía ese objetivo con gran amor. A pesar de sus dificultades con los idiomas, estudió el potawatomi y llegó a copiar el padrenuestro entero en una carta a su hermano. Según los testigos presenciales, la llamaban «la mujer que reza siempre».
Cuando las religiosas llegaron en 1841, aproximadamente la mitad de la tribu ya era católica. Por tanto, su labor consistía menos en predicar a quienes no se habían convertido que en fomentar la formación espiritual. Vista desde hoy, es una historia con luces y sombras.

- ¿Cómo veía a los pueblos indígenas? ¿Tenía una perspectiva antropológica?

- Creo que su visión estaba idealizada. En Francia, en 1806, describió una visión: se había soñado a sí misma rodeada de niños de piel oscura. Esto revela sus expectativas románticas sobre lo maravillosa que sería aquella experiencia.
En Sugar Creek, las condiciones de vida eran duras, tanto para los indígenas como para las religiosas. Sin embargo, a ella le gustaba vivir en condiciones de privación material: formaba parte de lo que esperaba.

- ¿Y Lucile Mathevon, la superiora de Sugar Creek?

- Le he dedicado una breve biografía. Era francesa y llegó en 1822 junto con Anna Murphy, que después se trasladó a Luisiana. Lucile fue superiora en St. Charles durante varios años, antes de dirigir la misión potawatomi, donde pasó el resto de su vida: 35 años en condiciones de extrema privación.
Toda la atención se centra en Filipina, que solo pasó allí un año. Otras religiosas llegaron y se marcharon; Lucile se quedó. Su dedicación fue heroica. Conservamos sus relatos manuscritos del viaje y de los primeros años de la misión. Práctica, enérgica y buena narradora, también era una organizadora muy capaz.

- He sabido que vuestra congregación ha investigado su propia historia y sus vínculos con la esclavitud. ¿Qué puede contarme de este trabajo de investigación histórica y de memoria, en Saint Louis y en otros lugares? ¿Con qué espíritu se llevó a cabo y qué se ha hecho?

- Empezamos a trabajar en ello en 2016. El 23 de septiembre de 2018 organizamos un acto importante en Grand Coteau, Luisiana, al que acudieron unos cincuenta descendientes de personas que habían sido esclavizadas por nuestra congregación. En nuestra página web hay un vídeo de unos doce minutos que recorre todo el proceso.
Era algo que realmente queríamos hacer. El acto fue organizado íntegramente por un comité de descendientes, no por nosotras, porque queríamos que se desarrollara como ellos deseaban. Una religiosa de California, genealogista por afición, sigue manteniendo el contacto con los descendientes. Incluso llega a presentarlos entre sí cuando no sabían que eran parientes.
También concedemos una beca a un estudiante afroamericano en Grand Coteau. Estas son, por ahora, las principales iniciativas.

- ¿Qué recuerda especialmente de aquel día?

- El encuentro tuvo lugar en Luisiana porque la situación era distinta de la de Misuri, donde creo que solo podemos documentar la existencia de siete personas esclavizadas. En Grand Coteau, en cambio, había una plantación con familias esclavizadas.
Después de la emancipación, en 1865, algunos de aquellos apellidos reaparecen en los libros de contabilidad como trabajadores remunerados, señal de que las familias se habían quedado. Al principio, todos se mostraban cautelosos.
En la iglesia parroquial, nuestra provincial leyó un mensaje de bienvenida y disculpa. Descubrimos que lo que más importaba a los descendientes era que se reconociera la contribución de sus antepasados: sin ellos, no habríamos podido hacer lo que hicimos.
Después nos dirigimos en procesión al cementerio parroquial, donde habíamos erigido un monumento con los nombres de las personas esclavizadas que creemos que están enterradas allí. El cementerio del convento estaba reservado a las religiosas. Los registros parroquiales resultaron muy valiosos para identificar a padres, padrinos y madrinas, así como las sepulturas.
Ante el monumento hubo oraciones y cantos. Después compartimos una cena en la escuela y celebramos una ceremonia en su capilla.

- ¿Cómo puede contribuir la formación teológica del Papa León XIV a comprender sus prioridades?

- La Catholic Theological Union, donde estudió, nació en 1968 como un experimento. Algunas órdenes religiosas masculinas cerraron sus seminarios situados en zonas rurales y trasladaron la formación a un entorno urbano. Después del Concilio Vaticano II, la ciudad se consideraba el lugar donde comprometerse con la vida de la Iglesia y con su pueblo, juntos y no de forma aislada.
La Sociedad del Verbo Divino llevó allí a estudiantes de todo el mundo. La internacionalidad, la comprensión intercultural y la misión ocupaban un lugar central. Los profesores se enfrentaban a una cuestión teológica fundamental: si Dios está presente en toda la sociedad y en toda la humanidad, ¿por qué vamos a predicar el Evangelio? ¿Qué podemos aportar de más?
Los agustinos estaban profundamente comprometidos con su misión en Perú, donde Bob ejerció su ministerio como joven sacerdote. Desde el principio demostró capacidad para vivir en otras culturas y encarnar en ellas su misión. Creo que esta fue una parte importante de su formación.
¿Es estadounidense o peruano? No hay una respuesta tajante, y creo que eso es positivo. Cuando visité su parroquia en Trujillo, Perú, lo vi trabajar. Ya mostraba aquella flexibilidad y capacidad de escucha que, en mi opinión, siguen siendo algunas de sus cualidades más características.
(Agencia Fides 24/10/2026)


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