Cosas antiguas y cosas nuevas. El arzobispo Simon Poh narra la hermosa aventura de las “Biblias orales de Malasia”

lunes, 15 junio 2026



por Marie-Lucile Kubacki

Kuching (Agencia Fides) – Simon Peter Poh Hoon Seng, arzobispo de Kuching, en la Malasia oriental, es una de las voces más autorizadas y escuchadas en las Iglesias de Asia en cuestiones de misión, inculturación y diálogo interreligioso.
Procedente de un contexto budista-taoísta y convertido al catolicismo en la adolescencia gracias a su experiencia en una escuela animada por misioneros, ha pasado más de veinte años en estrecho contacto con las comunidades indígenas de Borneo, cuyas lenguas habla. Como presidente de la Oficina para la Evangelización de la Federación de Conferencias Episcopales de Asia (FABC), promueve hoy a nivel continental una visión de la misión que custodia las culturas locales, valora las “religiones cercanas” y promueve el “susurro del Evangelio” en el corazón de las relaciones cotidianas.

- Arzobispo Simon Poh, su arquidiócesis de Kuching se encuentra en el corazón de la “Malasia indígena”. ¿Cuáles son las características específicas de esta realidad eclesial?
- Malasia presenta dos realidades regionales distintas. Una parte se encuentra en la península continental, altamente desarrollada y de mayoría musulmana, donde están grandes ciudades como Kuala Lumpur, Penang y Johor Bahru. Al otro lado del mar de China Meridional, en la isla de Borneo, se encuentran Sabah y Sarawak, regiones poco pobladas. En el estado de Sarawak, donde vivo, la mitad de la población es indígena y la mayoría es cristiana. En la arquidiócesis de Kuching, donde he servido, tenemos doce parroquias, siete de ellas rurales, y cerca de 300 estaciones de misión con capillas católicas. Los sacerdotes solo pueden visitar y celebrar la misa una vez al mes, mientras que los responsables locales de la oración asumen la guía espiritual y pastoral en sus respectivos pueblos. Son comunidades cristianas muy vivas, pero que, debido a la globalización, afrontan el desafío del éxodo rural hacia las grandes ciudades, dejando a los mayores en las aldeas.

- Usted insiste mucho en la inculturación. En concreto, ¿cómo han protegido los misioneros las culturas locales?
- Contrariamente a ciertos estereotipos, los misioneros de Mill Hill procedentes del Reino Unido que llegaron a Sarawak no destruyeron la cultura local. En mi experiencia pastoral como joven sacerdote en los años ochenta, tuve el privilegio de trabajar junto a los últimos misioneros ancianos.
Aprendían las lenguas, estudiaban la cultura agrícola y los rituales. Los libros de oración para la liturgia dominical y las bendiciones fueron elaborados progresivamente en las lenguas locales. Al traducir la Biblia, las oraciones y los textos litúrgicos a las lenguas indígenas, en particular los tres dialectos bidayuh, la lengua iban y muchas otras, permitieron a estos pueblos celebrar la fe en su propia lengua. La lengua es el alma de un pueblo: al situarla en el centro de la liturgia contribuyeron a preservar la identidad de las comunidades. También integraron elementos de la vida tradicional: oraciones antes de limpiar el campo, antes de la siembra, para la lluvia, la cosecha, la bendición de herramientas y semillas, o durante la construcción de una casa. Sin usar el término “inculturación”, ya la practicaban. Así, la fe no borró la cultura, sino que la elevó, destacando la hospitalidad, el sentido de lo sagrado y la centralidad de la familia. Y la cultura dio a la fe católica una expresión local como parte de la vida cotidiana.

- Usted ha participado activamente en proyectos de Biblia oral y en audio. ¿Cómo surgió esta experiencia?
- Estas comunidades indígenas tienen una fuerte tradición oral, con numerosas historias transmitidas de generación en generación. Muchos ancianos, hoy de sesenta o setenta años, nunca aprendieron realmente a leer. Y son precisamente estos abuelos quienes se hicieron católicos y transmitieron la fe a sus nietos. Ellos participaron durante décadas en las celebraciones dominicales de la Palabra, escuchando cada semana el Evangelio. Nos dimos cuenta de que la Palabra de Dios, cuando permanece solo en forma escrita en la Biblia, no los alcanza realmente. Por eso pusimos en marcha el proyecto de la Biblia en audio, colaborando con diversos grupos cristianos (como Faith Comes By Hearing Inc., en Estados Unidos) para grabar y poner a disposición las Escrituras, especialmente los Evangelios, en formato audio.
Las Biblias en audio en los dialectos bidayuh y en la lengua iban permiten ahora a estos fieles escuchar la Escritura proclamada en su “lengua del corazón”, es decir, la lengua materna del pueblo, con imágenes, ritmos e inflexiones familiares. Esto lo cambia todo: la Biblia ya no es un texto lejano escuchado solo en la iglesia el domingo. El Evangelio se convierte en una voz que habla desde dentro de su cultura, hasta el punto de que pueden decir: “Ahora conozco a mi Dios. Es Jesús quien me habla en mi lengua del corazón”.
Es un proyecto en el que mis sacerdotes y yo hemos estado personalmente implicados, tanto en la traducción como en las grabaciones. Trabajamos a partir de los textos bíblicos existentes, procurando ser fieles a la Palabra y respetar el estilo narrativo propio de los pueblos indígenas. También fue necesario encontrar voces creíbles de las propias comunidades para leer los textos: voces conocidas y de confianza. Cuando los ancianos escuchan la Palabra proclamada por alguien de su propio pueblo, en su dialecto, se sienten profundamente tocados y reconocen que Jesús vive entre ellos.

- ¿Cómo ocurre todo esto?
- Aquí vemos una convergencia muy fecunda entre exégesis, catequesis y accesibilidad pastoral. No se trata de una solución “de segunda clase” para quienes no saben leer; al contrario, es un modo extremadamente eficaz de transmitir la riqueza de la Escritura en contextos marcados por la tradición oral, la baja alfabetización o la secularización.
Los grupos bíblicos pueden reunirse en torno a un dispositivo de audio o un teléfono, escuchar un pasaje, guardar silencio y luego compartir espontáneamente lo que han comprendido. Para muchos, escuchar la Palabra en su lengua del corazón abre una comprensión y una oración más profundas que un texto en otra lengua como el inglés o el malayo.
Al mismo tiempo, estas Biblias orales protegen la lengua y contribuyen a la transmisión y conservación de la cultura. Cada vez que la comunidad se reúne para orar con la Biblia en audio, hace viva su lengua; muestra a los jóvenes que merece ser hablada y que puede transmitir la Palabra de Dios.
En un contexto en el que los hijos y nietos adoptan lenguas consideradas más “útiles”, como el inglés, el malayo, el mandarín, este es un mensaje muy fuerte: la lengua indígena no es solo para la conversación cotidiana, sino que puede expresar la fe, la teología y la oración litúrgica. Esto fortalece la identidad y la dignidad de los pueblos indígenas. Hoy damos gracias a la intuición de los primeros misioneros, que ya comprendieron que, para que el Evangelio eche raíces, debe abrazar la lengua y la cultura de los pueblos.

- Esta atención a la tierra y a la cultura también se expresa en un proyecto inspirado en Laudato si’. ¿En qué consiste?
- En la cultura indígena, tierra e identidad están estrechamente unidas. Sin embargo, la globalización empuja a los jóvenes, formados en escuelas misioneras y luego en escuelas públicas, a dejar los pueblos para buscar trabajo en las ciudades. En las aldeas quedan solo los abuelos, agricultores con un profundo conocimiento de la tierra: saben dónde encontrar alimentos, qué plantas son medicinales, cómo leer las estaciones y viven de la cosecha. Pero sus nietos, nacidos en la ciudad, ya no conocen la tierra de los antepasados. Hemos puesto en marcha un proyecto de resiliencia, inspirado en Laudato si’ del papa Francisco, que consiste en hacer que estos jóvenes vuelvan a tocar y reconectar con la tierra de sus abuelos: pasar unos días en el pueblo, plantar árboles frutales, compartir la vida cotidiana y escuchar los relatos de los mayores.
El objetivo es doble: transmitir la sabiduría de la tierra antes de que se pierda y evitar que los terrenos sean vendidos por generaciones que ya no están vinculadas a la tierra ancestral. Cuando la tierra del pueblo desaparece, la comunidad se desintegra, la cultura se derrumba y con ella también la Iglesia local.
Nuestro deseo es que, gracias a esta reconexión, los jóvenes vuelvan a cultivar la tierra con herramientas modernas y nuevos métodos agrícolas.

- Su historia personal está marcada por este encuentro entre culturas y fe. ¿Cómo llegó al bautismo?
- Vengo de un contexto budista-taoísta. Mis padres asistían a escuelas misioneras, y yo también, con los Hermanos irlandeses. Fue allí, de niño, donde escuché por primera vez hablar de un “Padre celestial” que no vemos pero que nos ama. Recuerdo la imagen de un joven que desciende por una colina en busca de una oveja: esa imagen me acompañó durante años, hasta que comprendí que se trataba de Jesús, el Buen Pastor que busca a la oveja perdida.
Se podría decir que también en mi caso el Evangelio fue “susurrado” más que proclamado con fuerza. Fue a través del catecismo, del testimonio y del cuidado de los maestros, de la vida escolar con los Hermanos de las Escuelas Cristianas. Poco a poco, la semilla sembrada en mi corazón a los siete años creció. A los dieciséis pedí el bautismo, con la bendición de mis padres. Mi madre había llegado a la fe gracias a una compañera de trabajo que le había testimoniado su fe en la amistad cotidiana: también a ella le había “susurrado” la Buena Nueva. Así, toda nuestra familia fue bautizada en 1979. Esta experiencia me hace muy sensible a una forma de misión basada en la cercanía, la educación, la calidad de las relaciones, la amistad y un testimonio discreto más que en grandes discursos.

- En su trabajo en la FABC ha promovido expresiones como “religiones cercanas” y “susurrar el Evangelio”. ¿Qué quiere decir con ello?
- En Asia, donde existen muchas religiones, se hablaba habitualmente de “otras religiones” o “religiones no cristianas”. Sin embargo, viviendo en Malasia entre vecinos hindúes, budistas, musulmanes, sijs y taoístas, tuve otra experiencia. Recuerdo que mi madre, cuando regresábamos al pueblo, dejaba las llaves de casa a nuestro vecino indio. Después de la escuela, íbamos a las casas unos de otros y nos ayudábamos mutuamente. De esta experiencia nació, con motivo del 50 aniversario de la FABC, la expresión “religiones cercanas”. Esto cambia la manera de mirar las religiones y abre el diálogo a través de la amistad. De ahí surge también otra forma de anunciar a Jesús: no imponiendo ni discutiendo para convencer, sino “susurrando el Evangelio” una persona a la vez, dentro de relaciones auténticas. Cuando un amigo o colega sufre, el simple gesto de estar cerca y decir: “Voy a rezar a Jesús por ti” ya es un acto misionero. Así me fue “susurrado” el Evangelio a mí y a mis padres. En Asia, donde los cristianos son minoría, este es el modo en que la Iglesia puede anunciar la historia de Jesús: viviendo como buenos vecinos, en amistad, respeto, diálogo y servicio. Creo que esta experiencia asiática de las “religiones cercanas” y del “susurro del Evangelio” puede aportar una contribución significativa a la misión de la Iglesia universal.
(Agencia Fides 12/6/2026)


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