ASIA/MYANMAR - En un país herido por la guerra, los niños están llamados a ser “misioneros de esperanza”

martes, 20 octubre 2026

Por Paolo Affatato

Yangon (Agencia Fides) – En medio del sufrimiento y las dificultades, «también tú puedes convertirte hoy en misionero de esperanza». Este ha sido el llamamiento dirigido a los más de 1.650 niños y adolescentes reunidos por las Obras Misionales Pontificias en Myanmar en la iglesia católica de la Asunción, en Twantay, en la archidiócesis de Yangon, el 18 de octubre de 2026, para celebrar la Jornada Mundial de las Misiones.

El cardenal Charles Maung Bo, arzobispo de Yangon, ha presidido la celebración eucarística y animado a los jóvenes presentes a «convertirse en misioneros, compartiendo el amor de Jesús en su vida cotidiana».

La evangelización, ha recordado el cardenal, «no es una tarea reservada a los sacerdotes, las religiosas, los obispos o los adultos. También los niños pueden ser misioneros allí donde viven, estudian y se encuentran con otras personas, especialmente con sus compañeros». «No tenéis que esperar a ser adultos para convertiros en misioneros. Podéis serlo ya hoy», les ha dicho.

Al comentar el pasaje bíblico «Levántate y resplandece, porque llega tu luz» (Is 60,1), el cardenal ha animado a los niños a ser «luces de Cristo mediante pequeños gestos de bondad, como acoger a los compañeros que están solos, compartir la comida con quienes pasan necesidad, ayudar a los demás y estar al lado de los niños que sufren acoso o exclusión».

El arzobispo de Yangon ha subrayado que «las personas pueden encontrarse con el amor de Jesús tanto a través de las palabras como del testimonio», y les ha recordado que «no estáis solos en esta tarea, porque Jesús ha prometido: yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo».

El camino misionero, ha añadido, «comienza en los hogares, las escuelas, las parroquias y las comunidades: sirviendo a la propia familia, acogiendo a los demás, compartiendo con los pobres, rezando por quienes sufren y promoviendo la paz y la amistad entre personas de distintos orígenes y religiones». En particular, empieza «con la cercanía a los niños y adolescentes afectados por los conflictos, el hambre, los desplazamientos, las enfermedades y otras dificultades en Myanmar».

El llamamiento pone el foco en una de las heridas más dolorosas del conflicto que asola Myanmar. Según informes de organismos internacionales, como UNICEF Myanmar y la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de las Naciones Unidas (OCHA), más de cinco millones de menores necesitan ayuda urgente y protección humanitaria para sobrevivir. Más de 1,1 millones de niños se han visto obligados a abandonar sus hogares a causa de los enfrentamientos armados y han buscado refugio en campamentos improvisados o en la selva. Los menores representan aproximadamente el 30 % de los 3,7 millones de desplazados internos registrados actualmente en el país.

La emergencia educativa es especialmente grave: se calcula que unos siete millones de niños están fuera del sistema escolar. Numerosas escuelas han sufrido daños y cientos de centros han sido bombardeados u ocupados por grupos armados, que los utilizan como bases militares.

También son alarmantes las condiciones sanitarias y nutricionales. Más de 40.000 niños birmanos padecen desnutrición aguda grave y no pueden acceder a tratamientos, mientras que un millón de recién nacidos no ha recibido las vacunas básicas.

Además, según han revelado recientes investigaciones periodísticas, tras cinco años de conflicto está aumentando el fenómeno de los niños soldados, reclutados por milicias étnicas o por la junta militar. Niños y adolescentes reciben formación para pilotar drones de reconocimiento y manejar armas, y sufren traumas derivados de su participación directa en los combates, a menudo en primera línea.

En un contexto de grave colapso de las estructuras estatales, la Iglesia católica en Myanmar constituye una de las redes de apoyo que siguen activas sobre el terreno. En distintos barrios y zonas de conflicto, congregaciones religiosas femeninas gestionan centros de día y casas de acogida donde reciben a niños de todas las religiones que, de otro modo, correrían el riesgo de acabar en la calle. Les proporcionan alimentos, protección y apoyo escolar para ayudarles a superar los traumas de la guerra.

En las diócesis más afectadas por el conflicto y la inestabilidad, como las de los estados de Kachin y Kayah, los complejos parroquiales se han convertido en campamentos permanentes para desplazados. Allí, sacerdotes y catequistas locales se ocupan tanto de distribuir ayuda alimentaria como de garantizar que los niños puedan acceder a clases informales de alfabetización.

Ante la precariedad de esta situación, el padre James Kyaw Lin Htun, director de las Obras Misionales Pontificias en la archidiócesis de Yangon, ha recordado a los más pequeños «la responsabilidad misionera de amar, servir y rezar por los demás», especialmente por los pobres y quienes sufren. Asimismo, los ha animado a participar activamente en la misión de la Iglesia: «llevar el amor de Dios, la paz y la esperanza a un mundo herido».
(Agencia Fides 20/10/2026)


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