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Ashgabat (Agencia Fides) – “Al comienzo de este increíble recorrido, siento sobre todo alegría, pero también un fuerte sentido de responsabilidad. Cada nuevo encargo, especialmente uno como el de superior de la misión, comporta una cierta inquietud y la pregunta de si se estará a la altura de lo que se ha confiado”, dice a la Agencia Fides el padre Paweł Janusz Kubiak, misionero polaco de los Oblatos de María Inmaculada (OMI), recientemente nombrado por la Santa Sede nuevo superior de la Missio sui iuris en Turkmenistán.
Y añade: “Miro esta nueva misión sobre todo a través de la lente de la confianza en Dios. Mi camino sacerdotal me ha demostrado varias veces que Dios guía al hombre de manera diferente a como él mismo habría planeado. En otro tiempo quería convertirme en capellán en una cárcel y trabajar en Polonia, mientras que Dios me condujo primero a Ucrania, después al Cáucaso septentrional en Rusia y a Crimea, y posteriormente a Turkmenistán”. “Hoy —prosigue— puedo decir que la Voluntad de Dios sabe sorprender y conducir al hombre a lugares en los que antes ni siquiera había pensado. Por eso acepto con confianza este nuevo encargo. Soy consciente de la responsabilidad, pero siento también alegría por poder seguir sirviendo a la Iglesia y al Pueblo de Dios”.
La Iglesia en Turkmenistán es una comunidad muy pequeña, de unos 300 fieles; es una comunidad joven y se encuentra en una fase en la que todavía está construyendo sus propias estructuras. “En todo el país somos pocos y por eso cada persona, cada familia, que pasa a formar parte de nuestra comunidad es para nosotros muy importante”, observa. En estas circunstancias, la presencia y el testimonio de vida adquieren un significado particular: “No disponemos de grandes estructuras ni de un gran número de sacerdotes. Por eso es aún más importante estar con las personas, encontrarlas, dialogar con ellas, escucharlas y mostrar con la propia vida qué es y qué significa tener fe». El padre Kubiak dice estar feliz de ver «personas que se preparan para los sacramentos, participan en la Eucaristía y desean conocer y amar cada vez más a Cristo. Esta es la Iglesia, que necesita tiempo, paciencia y, sobre todo, una presencia constante y fiel”.
Pero ¿cómo transcurre la vida de un católico o de un sacerdote en una realidad tan remota? “Nuestra vida cotidiana es muy sencilla, pero al mismo tiempo exigente. Están la oración, la Eucaristía, la confesión, la catequesis y la preparación de los fieles para los sacramentos. También dedicamos mucho tiempo a las conversaciones y a los encuentros con los fieles”, explica. “En Turkmenistán —señala— la pastoral no puede limitarse solo a lo que sucede en la capilla. Es muy importante estar presentes entre la gente. A veces basta simplemente con sentarse, hablar, escuchar los problemas de alguien. También de este modo anunciamos el Evangelio”.
Una segunda parte, muy importante, es la ayuda a los necesitados: “Gracias a la actividad de Cáritas podemos distribuir alimentos, medicamentos u otras ayudas a quienes se encuentran en situaciones difíciles. También hemos habilitado un lugar donde las personas sin hogar pueden bañarse y lavar su ropa”, cuenta. “Para mí este vínculo es muy importante: el anuncio de la Buena Nueva va de la mano con la ayuda concreta a las personas. El cristianismo no puede ser solo palabras. Si podemos ayudar a alguien, queremos hacerlo”.
El sacerdote percibe “la gran responsabilidad por toda la misión” pero, observa, “no querría mirar este ministerio exclusivamente a través de la lente de grandes planes o nuevos proyectos. Para mí es fundamental continuar lo que ya ha sido iniciado por los Oblatos de María Inmaculada, que han trabajado aquí durante casi 30 años, acompañando pacientemente el desarrollo de la joven Iglesia en Turkmenistán”, continuando con la pastoral y prosiguiendo la actividad de Cáritas. “Sobre todo, no estoy solo: trabajaré junto a mis hermanos, el padre Diego y el padre Adrian. Esta es una misión de toda la Iglesia y una responsabilidad común. Simplemente queremos estar presentes, servir a las personas y hacer aquello para lo que Dios nos envía”, concluye.
La pequeña comunidad católica del país centroasiático mira con confianza también algunos pasos concretos dados en los últimos años. En 2025, el traslado de la sede principal de la misión permitió disponer de una capilla más grande y preparar un espacio separado para las actividades de Cáritas, donde se distribuyen alimentos, medicamentos y otras ayudas para las personas sin hogar. Hoy hay tres sacerdotes católicos presentes en todo Turkmenistán; la misión, confiada a los Oblatos de María Inmaculada, sigue siendo una realidad pequeñísima en un país inmenso y caracterizado por grandes distancias. La desproporción entre la entidad de la comunidad y la extensión del territorio hace particularmente significativa la tarea de los misioneros: una presencia cotidiana, hecha de oración, escucha, testimonio y cercanía concreta a las personas.
La presencia católica en Turkmenistán es relativamente reciente. Después de la independencia del país de la Unión Soviética, en 1997 el papa Juan Pablo II instituyó la Missio sui iuris de Turkmenistán, confiándola a los misioneros Oblatos de María Inmaculada (OMI). Durante los primeros trece años, la presencia de los misioneros fue admitida únicamente en el ámbito de la representación diplomática de la Santa Sede: los católicos se reunían en domicilios particulares y la misa se celebraba en el territorio de la Nunciatura Apostólica en Ashgabat. En 2010, el Gobierno turkmeno reconoció oficialmente la presencia de la Iglesia católica, abriendo una nueva fase de su vida pública. Hoy, casi treinta años después de su institución, la Missio sui iuris sigue siendo una realidad pequeña pero estable.
(PA) (Agencia Fides 28/8/2026)