Diocesi di Ruteng
Ruteng (Agencia Fides) – “Un terremoto puede hacer que muchísimas cosas se derrumben en pocos segundos. Casas, lugares de culto, escuelas; incluso nuestro sentido de seguridad se vuelve de repente frágil. Y, sin embargo, en medio de la devastación causada por el terremoto que azotó Flores el 15 de agosto, he asistido al nacimiento de una solidaridad sorprendente: las personas comenzaron a ayudarse unas a otras con generosidad y sin escatimarse. Muchas personas comenzaron a enviar alimentos, distribuir medicinas y ofrecer su tiempo como voluntarios. Agencias gubernamentales, trabajadores sanitarios, organizaciones humanitarias y las comunidades católicas locales se movilizaron a través de sus respectivas redes. En medio de las infraestructuras físicas dañadas, otro tipo de infraestructura ya estaba en funcionamiento: una red de bondad”. Es la reflexión que comparte con la Agencia Fides Siprianus Hormat, obispo de Ruteng, en la isla indonesia de Flores. La diócesis de Ruteng es una de las más afectadas por el seísmo y registra graves daños. En todo el territorio de la isla están activos los centros operativos de Cáritas, que coordina la ayuda humanitaria en las cuatro diócesis de la isla: la archidiócesis de Ende y las diócesis de Maumere, Ruteng y Labuan Bajo.
El balance de muertos en todo el territorio de Flores ha alcanzado oficialmente las 100 víctimas, de las cuales 48 son mujeres y niños. Los heridos superan los 1.600, muchos de ellos con graves traumatismos causados por el derrumbe de las estructuras, mientras que el número de desplazados, personas obligadas a abandonar sus hogares, ha superado los 180.000, alojados en campamentos improvisados, estadios y plazas de las ciudades. Los temblores han dañado unas 74.000 viviendas, de las cuales 23.000 se han derrumbado completamente o han quedado inhabitables. A esto se suma la destrucción de infraestructuras: más de 319 escuelas y 124 centros sanitarios están fuera de servicio. La serie sísmica, que ha registrado más de 2.000 réplicas, alimenta el miedo entre la población, mientras las agencias humanitarias alertan de la escasez de bienes de primera necesidad (agua potable, servicios higiénico-sanitarios adecuados, mantas y lonas impermeables para protegerse). Un problema que sigue siendo preocupante afecta a las comunidades aisladas en las montañas, dado que los equipos de rescate y de protección civil se ven fuertemente ralentizados por los desprendimientos y las interrupciones de las carreteras. Varias comunidades indígenas de las zonas montañosas de los distritos de Manggarai, East Manggarai y Sikka todavía no han recibido de forma estable la ayuda y permanecen sin electricidad, servicios básicos y asistencia humanitaria.
El obispo continúa: “Normalmente pensamos en la resiliencia en términos de edificios antisísmicos, carreteras, electricidad y hospitales. Y, sin embargo, las comunidades poseen también una infraestructura que no está hecha de cemento: confianza, hábitos de ayuda mutua y la capacidad de conectar las necesidades con los recursos. Esta fuerza se denomina “capital social”. Su significado es sencillo: hombres y mujeres se aseguran de que sus vecinos tengan alimentos; las personas prestan sus vehículos y los voluntarios llegan a lugares de difícil acceso. Estudios realizados en el pasado revelan que la diferencia en la velocidad de recuperación entre las comunidades afectadas por desastres no reside tanto en la magnitud de los daños o en la cantidad de ayuda recibida, sino que depende de la solidez de las redes sociales existentes antes del desastre. La resiliencia, en otras palabras, se construye antes. La caridad no es solo un bonito sustantivo, sino que es un verbo: levantar, sostener, sanar, escuchar, conectar y acompañar”.
El prelado recuerda que “las buenas intenciones por sí solas no bastan: la bondad también requiere organización. La ayuda debe llegar a quienes la necesitan, las necesidades deben ser claramente identificadas y los recursos deben destinarse a quienes se encuentran en situación de necesidad”. En este escenario, Siprianus Hormat se ha implicado personalmente y ha recorrido incansablemente el territorio de la diócesis, visitando campamentos, comunidades periféricas y hospitales: “Esta experiencia –señala– ha redefinido mi manera de entender el ministerio episcopal. Un obispo, como responsable de una comunidad, debe tomar decisiones y conectar las necesidades con los recursos. No es un héroe solitario, y hay algo que no puede delegar: la presencia. Fui a encontrarme con las personas afectadas por el terremoto. Hay momentos en los que la presencia no puede ser sustituida por una llamada telefónica; momentos en los que las personas que sufren no necesitan un discurso, sino simplemente la disponibilidad de un pastor para estar presente”, señala.
“Después de varias visitas, recibí mensajes de personas que expresaban su gratitud por mi presencia. No había hecho nada extraordinario. Simplemente había estado allí, para ofrecer una palabra de consuelo y consolación, para decir y mostrar que Dios no nos abandona. Vivimos en una época en la que la presencia puede ser fácilmente sustituida por un mensaje de empatía. Y, sin embargo, el sufrimiento humano no puede ser plenamente comprendido a través de una pantalla. La presencia no consiste principalmente en ser vistos por quien sufre, sino en estar dispuestos a ver a quien sufre”.
Todo, después, debe reconducirse a la fe: “Nos encomendamos al Señor. El misterio del sufrimiento –señala– es sencillamente demasiado profundo para reducirlo a explicaciones fáciles. No tengo una respuesta al porqué una persona sobrevive mientras otra no consigue salir de los escombros. La pregunta que me llevo es: “¿para qué sirve esta vida que me ha sido dada?”. Estar ahí es una responsabilidad. Y esta responsabilidad nos concierne a todos: cada uno de nosotros tiene algo que ofrecer: nuestras capacidades, nuestro tiempo, nuestra autoridad, o simplemente dos manos dispuestas a trabajar y unirse a la oración. Todo ello adquiere un significado social cuando se convierte en un medio para sostener la vida del prójimo”.
“Como nos enseña la doctrina social de la Iglesia, la solidaridad no es un vago sentimiento de compasión, sino un compromiso firme y perseverante por el bien común, porque todos somos responsables unos de otros”, recuerda. Y observa: “Cuando fui ordenado obispo, elegí como lema Omnia in Caritate: hacerlo todo en la caridad. Encontré este espíritu también más allá de los confines de la Iglesia: entre voluntarios, trabajadores sanitarios, funcionarios gubernamentales y miembros de las Fuerzas Armadas”.
Mirando hacia el futuro, el obispo concluye: “Después de la emergencia, el tiempo de la recuperación será mucho más largo que el tiempo durante el cual un desastre permanece en el centro de la atención mediática. Hay que reconstruir las casas, afrontar y sanar los traumas, restablecer los medios de subsistencia. Aquí el capital social afronta su próxima prueba: la red de solidaridad no puede basarse solo en la espontaneidad, sino que debe estar guiada mediante una buena gobernanza. Flores necesita casas más sólidas, escuelas más seguras y una mejor gestión de los desastres. Y personas que no soporten ver a los demás sufrir solos”.
(PA) (Agencia Fides, 25/8/2026)