ASIA/KAZAJISTÁN - La Iglesia habla cada vez más kazajo. El padre Jocher: “El futuro de la comunidad reside en los kazajos que buscan a Cristo”

martes, 21 julio 2026 evangelización   inculturación  

SJM

de Paolo Affatato

Astana (Agencia Fides) – La Iglesia católica en Kazajistán está experimentando una profunda transformación. Ya no es solo la Iglesia de los ex deportados polacos, alemanes o ucranianos, sino una comunidad que mira cada vez más al pueblo kazajo y su idioma. Mientras una comisión de obispos trabaja en la traducción del Misal y los textos litúrgicos al kazajo, crece el número de ciudadanos de etnia y cultura kazaja que desean conocer el Evangelio y recibir el Bautismo. Así lo cuenta a la Agencia Fides el padre Gabriel Jocher, sacerdote austriaco de 37 años de la Congregación de los Siervos de Jesús y María (SJM) y director nacional de las Obras Misionales Pontificias (OMP) en Kazajistán. La comunidad católica en Kazajistán representa una minoría en un país de unos 20 millones de habitantes, donde el islam es la religión mayoritaria y la Iglesia Ortodoxa es la segunda comunidad cristiana más grande. Se estima que hay aproximadamente 120.000 católicos, organizados en la archidiócesis Metropolitana de la Santísima Virgen María en Astaná, las diócesis de Karaganda y Almaty, y la Administración Apostólica de Atyrau.

La presencia católica tiene sus raíces principalmente en las deportaciones de polacos, alemanes, ucranianos y lituanos durante el período soviético, cuando miles de creyentes fueron trasladados a campos de trabajo y asentamientos en Kazajistán. Tras la independencia del país y el restablecimiento de las estructuras eclesiásticas en la década de 1990, la Iglesia católica desarrolló gradualmente una dimensión misionera. Hoy en día, si bien las comunidades históricas de antiguos deportados están disminuyendo debido a su regreso a sus países de origen, la atención pastoral a la población kazaja está creciendo y aumenta el número de personas que, a pesar de provenir de familias musulmanas o no religiosas, se convierten espontáneamente al Evangelio y desean emprender el camino del catecumenado.

“Hace veinte años, los misioneros estaban aquí principalmente para acompañar a los antiguos colonos católicos. Hoy, el futuro de la Iglesia es diferente porque la pastoral se centra cada vez más en la comunidad kazaja —señala el padre Jocher—. Ahora, el idioma que solemos usar en la liturgia, la catequesis y la pastoral sigue siendo el ruso —explica—. El problema es que aún no existe una traducción católica oficial de la Biblia ni de los libros litúrgicos. Los protestantes ya tienen su propia versión, mientras que nosotros seguimos trabajando en ella”. Por eso, la Iglesia local considera la traducción de los textos litúrgicos una prioridad misionera: “Sería muy importante para el pueblo kazajo poder celebrar la Misa y rezar en su propio idioma”, observa el padre Gabriel. “Es un proceso de inculturación que lleva tiempo. Una comisión especial está trabajando en ello. Necesitamos encontrar las palabras adecuadas, los términos teológicos más apropiados. Pero, cuando este trabajo esté terminado, creo que mucha gente se sentirá aún más interpelada y feliz de participar en la vida de la Iglesia”, dice el misionero.

Ya se han dado los primeros pasos: “Todos los días en nuestra catedral rezamos el Rosario en ruso y kazajo”. “Durante la Misa, cantamos algunos himnos en kazajo. Además, en el Seminario Mayor de Karaganda, celebramos experimentalmente la liturgia en kazajo una vez por semana. Todas las lecturas, oraciones y la homilía son en kazajo, mientras que las palabras de la consagración permanecen en latín”. La formación de los futuros sacerdotes también refleja esta perspectiva: “Estamos enseñando a los seminaristas en kazajo”, explica el director de las OMS. “Estamos convencidos de que este es el camino para el futuro de la Iglesia en el país”.

El cambio también afecta la propia fisonomía de las comunidades católicas. “En el campo, los cristianos son en su mayoría descendientes de antiguos deportados de la era de Stalin”, recuerda el padre Jocher. “Eran alemanes, polacos, ucranianos y personas de otras nacionalidades, trasladados a la fuerza a los gulags de Kazajistán. Tras la disolución de la Unión Soviética, muchos regresaron a sus países de origen, a Alemania o Polonia. Así, muchas parroquias rurales se fueron vaciando poco a poco”. Pero a medida que este legado histórico se desvanecía, surgía un nuevo fenómeno: “En las grandes ciudades vemos a diario a kazajos sin antecedentes cristianos, a menudo de familias musulmanas o ateas, que entran espontáneamente en nuestras iglesias”. “Solo preguntan: ‘¿Qué es este lugar? ¿Qué hacen aquí?’. Así podemos invitarlos a conocer el Evangelio y la Iglesia”.

Según el misionero, se trata de personas en búsqueda: “Ahora tenemos un grupo significativo de kazajos, originarios del islam, que se han convertido al catolicismo”, afirma. “No siempre sabemos qué los atrae. Quizás sean personas que buscan el sentido de la vida. El Evangelio les llega al corazón”. Su camino no está exento de dificultades: “En algunas familias hay desconfianza y desacuerdos”, explica. “Muchos creen que la identidad kazaja y el islam son inseparables. Piensan que cambiar de religión significa renunciar a su cultura. Nosotros, sin embargo, les explicamos que se puede ser plenamente kazajo y plenamente cristiano”. Y muchos catecúmenos reivindican esta libertad: “Les dicen a sus familias: ‘Es mi decisión personal, quiero seguir este camino’. Así comienzan el camino de preparación para los sacramentos, que dura aproximadamente un año”.

Cada Pascua, la Iglesia ve nuevos frutos: “En la parroquia donde sirvo ahora, en Astaná, este año celebramos cuatro bautizos de adultos; el año pasado fueron doce. Ahora mismo, diez personas más están en el catecumenado”. A veces, el primer encuentro con Cristo surge simplemente del silencio de una iglesia porque “una persona viene pidiendo información”, dice el padre Gabriel. “Les decimos: ‘Vaya a la Capilla de la Ascensión, siéntese y ore a Dios’. Entonces el Espíritu Santo obra. Después de ese momento, muchos muestran interés en la fe cristiana”.

La misión también implica crear espacios de encuentro en una sociedad donde la evangelización directa se enfrenta a limitaciones normativas. “Como misioneros solo podemos operar en las zonas para las que estamos registrados”, explica. “Por eso, construir relaciones es fundamental. Organizamos conciertos en iglesias que también incluyen a musulmanes, actividades culturales e iniciativas sociales. Las monjas cuidan a niños enfermos y discapacitados. Nuestra escuela se ha convertido en un lugar privilegiado para el encuentro con la población local”.

El padre Gabriel lleva viviendo en Kazajistán unos dos años y medio. Su congregación dirige una escuela en Korneevka, al norte del país, desde hace veinticinco años. La escuela “Sankt Lorenz” de Korneevka es un reconocido proyecto educativo gestionado por misioneros de la congregación SJM en colaboración con las Hermanas Franciscanas Austriacas de Vöcklabruck. Cabe destacar que el edificio principal que alberga la escuela fue originalmente la sede local del Partido Comunista durante la época soviética. Los religiosos de la Congregación de las Siervas de Jesús y María y las Hermanas Franciscanas Austriacas se hicieron cargo de la escuela en el año 2000. “Es una escuela pública administrada por nosotros. Incluye jardín de infancia, primaria y secundaria, con unos doscientos alumnos. Todos aprenden alemán y pueden obtener un certificado que les permite continuar sus estudios en Alemania o Austria. En una zona rural, donde el desempleo y el alcoholismo son comunes, esta escuela ofrece a los niños una oportunidad real de construir un futuro diferente”, cuenta el sacerdote.

Kazajistán, sin embargo, presenta enormes desafíos pastorales. “Las distancias son inmensas”, afirma. “Para llegar a una de las misiones, recorro 250 kilómetros. La parroquia más cercana a nuestra escuela está a unos 600 kilómetros. Gran parte de nuestro ministerio se realiza en coche”. A pesar de ello, los misioneros se esfuerzan para que las comunidades más aisladas no se sientan solas. “Al menos una vez al mes, visitamos a familias que viven en las zonas más remotas, celebramos misa, escuchamos confesiones y compartimos nuestras vidas con ellas. Una de las fortalezas de la Iglesia en Kazajistán es precisamente este sentido de familia, este apoyo mutuo”. Como director nacional de las Obras Misionales Pontificias, el padre Gabriel recorre todo el país cada año: “Con dos monjas, organizamos un tiempo de animación misionera en las parroquias más alejadas. Nos quedamos dos o tres días con adultos y niños. Cada año, emprendemos tres o cuatro viajes misioneros importantes, y procuramos tener representantes de las Obras Misionales Pontificias en cada diócesis, precisamente porque las distancias son enormes”.

Entre los proyectos apoyados por las Obras Misionales Pontificias (OMP) se encuentran los campamentos de verano dedicados este año a Fulton Sheen, exdirector nacional de las OMP en Estados Unidos; el apoyo a un hogar para niños huérfanos en la diócesis de Almaty; y la construcción de una capilla en Burabay, conocida como la “Suiza de Kazajistán”, un destino turístico en el norte del país. “También queremos estar presentes en los destinos vacacionales”, concluye el padre Gabriel. “Una pequeña capilla, una casa de huéspedes, como la que queremos construir en Burabay, un lugar de oración, pueden convertirse en una oportunidad para el encuentro con muchas personas. Esto también, hoy en día, es evangelización para nosotros”.
(Agencia Fides, 22/7/2026)


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