Cristianos en Argelia, “grano de incienso” en la “escuela del desierto”. La carta del obispo de Laghouat tras la visita del Papa

miércoles, 20 mayo 2026

Laghouat (Agencia Fides) - Hace un mes el papa León XIV realizó una visita histórica a Argelia, donde se encontró con un pueblo atravesado por un profundo sentido religioso. En Annaba celebró la misa en la basílica de San Agustín, tras visitar visiblemente emocionado el sitio arqueológico de la antigua Hipona, la ciudad en la que fue obispo san Agustín, autor de “Las Confesiones” y “La Ciudad de Dios”. En su homilía, el Pontífice dirigió un fuerte llamado a los cristianos del país: «En esta tierra, queridos cristianos de Argelia, permanezcan como un signo humilde y fiel del amor de Cristo… Su presencia en el país hace pensar en el incienso: un grano encendido que difunde su perfume porque da gloria al Señor y lleva alegría y consuelo a muchos hermanos y hermanas». Esa imagen del incienso, «pequeño elemento precioso», símbolo de una presencia discreta pero persistente, se convirtió en el eje del mensaje del Papa en el que animaba a difundir su «suave fragancia» a través de la alabanza, la bendición y la súplica.

El llamamiento no ha caído en saco roto. En la diócesis de Laghouat-Ghardaïa, el obispo Diego Sarrió Cucarella, misionero español de los Padres Blancos y expresidente del Pontificio Instituto de Estudios Árabes e Islamología (PISAI), del 2017 al 2024, ha publicado su primera carta pastoral en la que reflexiona sobre la invitación del Papa León XIV, y evoca el desierto argelino como lugar en el que también vibra el testimonio de los bautizados en el nombre de Cristo.

«En lo que respecta al tema del desierto, este nace ante todo de la experiencia concreta de nuestra Iglesia local. En el sur de Argelia el desierto no es solo una realidad geográfica: es una escuela espiritual y humana», confía el obispo a la Agencia Fides. Y añade: «El desierto nos recuerda nuestra fragilidad, la necesidad de los demás y la necesidad de Dios. Nos enseña la sobriedad, lo esencial, la paciencia y una fraternidad concreta». El otro elemento decisivo es la visita del Papa. «He querido publicar esta carta precisamente ahora porque la visita del Santo Padre ha sido para nosotros una gracia y una luz», afirma el obispo, señalando que sus palabras han ayudado a la comunidad a releer «más profundamente nuestra vocación de pequeña Iglesia presente en medio de un pueblo mayoritariamente musulmán». Añade que la visita también ha tenido un significado relevante para la sociedad argelina, «que ha percibido en los gestos y palabras del Pontífice un respeto sincero por la historia, la identidad religiosa y la dignidad del pueblo. Sus llamados a la paz, la fraternidad y el diálogo han encontrado eco en un país todavía marcado por la memoria de conflictos pasados» prosigue. «Esperamos además que el clima de confianza y respeto mutuo, reforzado por esta visita, pueda favorecer con el tiempo una evolución positiva de algunos aspectos administrativos y jurídicos que afectan la vida de la Iglesia católica en el país, siempre en el espíritu del diálogo y del bien común», añade.

Uno de los frutos más valiosos ha sido, según el obispo, la visibilización de ese “diálogo de la vida” que se vive cotidianamente: relaciones de amistad, hospitalidad recíproca, cercanía humana y respeto entre cristianos y musulmanes.

«La visita no ha cambiado nuestra misión, pero la ha confirmado e iluminado», confía aún el obispo a la Agencia Fides. Uno de los frutos más valiosos ha sido precisamente el de dar visibilidad a ese «diálogo de la vida» que en Argelia se vive cada día «de manera sencilla y discreta: relaciones de amistad, hospitalidad recíproca, cercanía humana y respeto mutuo entre cristianos y musulmanes».

La imagen del «grano de incienso», en particular, expresa con sencillez y profundidad lo que esta presencia eclesial está llamada a vivir: «una presencia discreta, fraterna, orante, que no busca el protagonismo sino la fidelidad evangélica», observa el obispo.

La carta se abre precisamente con este símbolo. Retomando la imagen del grano de incienso, el obispo afirma que la Iglesia no se define según categorías de poder, influencia o éxito, sino según la lógica evangélica de la ofrenda, la discreción y la fecundidad escondida. Por ello, la carta adopta ante todo un tono contemplativo. El obispo no propone un programa de recetas fáciles, sino más bien una meditación espiritual sobre la forma que está llamada a asumir el testimonio cristiano en esta tierra, articulada en torno a tres dimensiones: una presencia humilde en medio del pueblo argelino, una vida que se entrega silenciosamente y una orientación constante hacia Dios, del cual únicamente puede nacer una verdadera fraternidad.

El desierto, escribe el obispo, no es «solamente una realidad geográfica, sino una verdadera escuela espiritual». La larga cita del Papa recogida en la carta aclara este punto con fuerza: «En el desierto no se sobrevive solo. Los rigores de la naturaleza devuelven a su justa medida toda pretensión de autosuficiencia y recuerdan a cada uno que necesitamos los unos de los otros y que necesitamos a Dios».

La reflexión del obispo asume esta frase como una auténtica hermenéutica del presente. En el desierto caen las ilusiones de autosuficiencia, y precisamente por eso la Iglesia puede redescubrir su rostro más auténtico: una comunidad relacional e interdependiente bajo la mirada de Dios, porque el desierto es el lugar en el que Dios habla al corazón de su pueblo. Es lugar de prueba y, al mismo tiempo, de purificación, donde el mismo Cristo se retira antes de la misión. «Así, el desierto no nos empobrece: nos recentra. No nos encierra: nos abre a lo esencial», prosigue mons. Diego Sarrió Cucarella. El desierto adquiere también rasgos muy concretos: el obispo recuerda el drama de los migrantes que atraviesan el Sahara, subrayando que este, como el Mediterráneo, no debe convertirse nunca en un lugar donde la esperanza se apaga o la vida humana es olvidada.

En este contexto, Charles de Foucauld aparece como figura central de esta «escuela del desierto». De él el obispo destaca sobre todo el estilo: «Lo que impacta de su camino no es ante todo lo que hizo, sino el modo en que eligió vivir. No vino con proyectos visibles o ambiciones humanas. Eligió simplemente habitar este país, compartir la vida de quienes le rodeaban y permanecer ante Dios en una fidelidad humilde y cotidiana». A ello añade la meditación del «hermano universal» sobre Lucas 8,16: «Toda nuestra existencia, todo nuestro ser debe gritar el Evangelio desde los tejados; toda nuestra persona debe respirar a Jesús». No se trata de desgastarse en un activismo misionero, sino antes que nada de dejarse habitar por Cristo. «Ser como un grano de incienso significa aceptar no estar en el centro», subraya el obispo.

Después viene la dimensión de la ofrenda: «el incienso difunde su perfume solo consumiéndose», lo cual se convierte en metáfora de la fidelidad en las cosas simples y repetitivas, de la paciencia en las relaciones, de la perseverancia en las dificultades y del don de sí sin reconocimiento. Más que una teología general de la minoría, mons. Cucarella propone una teología de la relación y la sencillez, de la autenticidad de la vida cristiana, que configura un estilo concreto de vida eclesial: pequeño pero no encerrado en sí mismo, frágil pero no temeroso, contemplativo pero no desencarnado, fraterno sin ambiciones de conquista. Una Iglesia que acepta su pequeñez no como un fracaso, sino como el espacio donde Dios puede actuar con mayor libertad. En este sentido, ‘como un grano de incienso’ adquiere una gran profundidad, mostrando que, en una época a menudo obsesionada con la visibilidad y las cifras, la fecundidad cristiana puede tener el rostro sencillo de una presencia que reza, sirve, acompaña y, a través de los gestos cotidianos, deja en el aire el delicado perfume del Evangelio.
(ML) (Agencia Fides 20/5/2026)


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