Kinshasa (Agencia Fides) – En el quinto aniversario del asesinato del embajador italiano en Kinshasa, Luca Attanasio, del carabinero Vittorio Iacovacci y de Mustafa Milabo, conductor del Programa Mundial de Alimentos (PMA) – hechos que aún permanecen rodeados de misterio (véase Fides 23/2/2021) –, la situación en el este de la República Democrática del Congo (RDC) se encuentra hoy más grave que nunca.
«Nuestra situación se vuelve cada vez más catastrófica en el Norte y Sur de Kivu. El ejército ruandés ocupante, junto con su administración en las zonas controladas, saquea sin límites: aplica múltiples impuestos, se apropia de las ganancias de las empresas paraestatales que cruzan diariamente la frontera hacia Ruanda y recauda seguros de manera forzada. Además, somete a la población a golpes y humillaciones por motivos triviales, simplemente para intimidar y generar miedo. El M23/AFC, respaldado por Ruanda, consolida cada día más su control administrativo en ambas provincias. En pocas palabras, vivimos una humillación constante. Sin embargo, el coraje y la resiliencia de la población siguen vivos. En cuanto a mí, continúo cumpliendo mi labor de concienciación lo mejor que puedo, manteniendo un perfil bajo. Sus oraciones son realmente muy valiosas».
Así lo expresa, con voz angustiada pero sin resignación, un veterano de la sociedad civil del Sur de Kivu. Tras el fracaso de todos los acuerdos firmados solemnemente en Washington y Doha (véase Fides 27/6/2025 y 19/8/2025), se hace cada vez más evidente que el verdadero objetivo de la mediación era apropiarse de las riquezas mineras estratégicas del este de la RDC, arrebatándolas a China y Rusia. Mientras tanto, el diálogo promovido por los obispos y otros líderes religiosos se ha estancado frente a la resistencia del Presidente del país, y la guerra y la opresión continúan sobre el terreno.
Aunque el ejército ruandés ocupante y los movimientos rebeldes de fachada M23/AFC (Alianza del Río Congo) dejaron la ciudad de Uvira (véase Fides 23/12/2025), permanecen en los alrededores, y los combates continúan en las colinas y montañas cercanas. Miles de desplazados congoleños viven en la miseria en Burundi esperando regresar a sus hogares, pero la frontera permanece cerrada.
El riesgo es que la RDC continúe siendo escenario de guerras por poder entre grandes potencias mundiales –principalmente Estados Unidos y China– a través de bandas armadas y rebeliones locales. Desde un punto de vista humano, la única solución sería que el Congo invadiera Ruanda para desestabilizar el poder que, desde hace años, fomenta guerras y masacres en el este del país y obligarlo a retirar sus tropas. Sin embargo, esto requeriría gobernantes realmente comprometidos con el destino de sus hermanos y hermanas del este, algo que no parece realista. Además, sería necesario contar con un ejército cohesionado, bien pagado y disciplinado, capaz de actuar con convicción y fuerza numérica. Pero los cuadros directivos están demasiado infiltrados como para no alinearse con las fuerzas ruandesas, y se conoce el alto costo humano que una operación así implicaría, no solo entre los soldados, sino también entre mujeres y niños.
¿Y entonces? La pregunta vuelve a dirigirse a la comunidad internacional: ¿sigue teniendo sentido su intervención?, ¿los valores que sustentan la Carta de las Naciones Unidas se han convertido en papel mojado?, o ¿acaso la Unión Europea se ha alineado con la política triunfante de Trump, basada en obtener beneficios mientras finge promover la paz? El 13 de febrero del año pasado, el Parlamento Europeo solicitó casi por unanimidad a los Estados miembros suspender el tratado sobre minerales estratégicos firmado con Ruanda un año antes, en plena guerra de agresión. Sin embargo, los líderes respondieron con timidez y desoyeron la decisión del Parlamento. Desde entonces, salvo algunas declaraciones aisladas, ha prevalecido una actitud de resignación general.
¿Quién pagará el precio de tanto sufrimiento? El silencio de las Iglesias locales resulta, en este contexto, ensordecedor.
(Agencia Fides 23/2/2026)